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Música

Leonor Watling y la sencilla sofisticación

Tiene una voz oscura, que le sirve para cantar lo mismo en una iglesia que en un burdel, en una plazoleta iniciática con devotos emporrados sentados en el suelo, en un sucio bar de copas o en un teatro lleno de gente fina bajo lámparas de mil lágrimas.

Texto por Manuel Vicent El País 

 

Leonor Watling Portada

 

Puede ser sofisticada y, a la vez, un poco canalla. En cualquier caso, cuando el concierto va a empezar, alguien en la oscuridad anuncia: con todos ustedes Leonor Watling y el grupo Marlango. El cono de luz la ilumina junto al piano de Alejandro Pelayo, y Leonor Watling, alta, muy bella y carnal, con los labios casi pegados al micrófono comienza a susurrar con una languidez reptiliana una queja en inglés, o en castellano, que ella misma ha escrito en un cuaderno durante los descansos de los rodajes o en los momentos en que se siente más sola y desconsolada. Canta blues y un pop elegante. El nombre de Marlango lo tomó Leonor Watling de una canción que su admirado Tom Waits dedicó a un amor de 14 años, una adolescente mexicana llamada Suzie Montelongo, un apellido que mal pronunciado en inglés se convirtió eufónicamente en Marlango. Hay errores que son diamantes.

 

Leonor Watling Marlango

 

Un día, en uno de sus conciertos, mientras Leonor Watling con una melancolía muy gutural iba narrando algún desgarro interior: Qué quieres de mi, qué quieres que yo haga, y el público muy entregado la aplaudía, yo recordaba aquel verano en que escribí la historia de amor de una muchacha que se movía por detrás de la barra de una cantina del puerto en un pueblo del mediterráneo, sin saber los estragos que en los marineros anclados en el mostrador causaba la inocencia provocativa de su cuerpo. Un ricachón la adoraba, la requería obsesivamente con toda clase de promesas, pero ella estaba enamorada de un joven profesor de literatura solo porque le contaba historias de héroes del pasado. Bigas Luna quiso llevar esta historia al cine. Como cualquier escritor, también yo había puesto rostro, cuerpo, gestos y miradas a aquella chica limpia y voluptuosa con la imaginación, mientras Bigas Luna, por su parte, llegado el caso, buscaría a la actriz que encarnara a la protagonista de ese relato, Son de Mar.

 

Leonor Watling espalda

 

Un día el director me dijo que la había encontrado. Es este aspecto era muy fiable. Ya había descubierto a Penélope Cruz, a Javier Bardem y a Jordi Mollá en Jamón Jamón, de una sola tacada. Leonor Watling había hecho pequeños papeles en televisión y en cine, incluso había optado a un Goya, pero la revelación se produjo cuando Bigas la invitó a su masía de Torredembarra, en Tarragona, y durante una cena la grabó un poco a traición ante unas gambas rayadas con su cámara digital. Ella se ruborizó. Fue ese rubor natural el que decidió la elección. Luego Bigas trató de convencerla de que haría de sus senos desnudos todo un mar, y la envolvió en la propia fiesta de vivir los placeres en la que este director era un maestro. Cuando conocí personalmente a Leonor Watling, supe que era la Martina de la novela que había imaginado. Claro, eras tú, le dije.

 

 

Poco después la tomó Almodóvar para someterla al tormento de interpretar a una chica en coma, en la película Hable con ella, en la cual la actriz debía permanecer inmóvil durante varios minutos interminables sin tragar aire ni mover los párpados mientras la cámara se cernía en un largo primer plano sobre su rostro. Luego llegaron más papeles, más éxitos, con la seguridad por parte de los directores de que es una actriz que nunca falla, pero aquí se trata de saber en qué consiste su aura más allá de la pantalla, qué la hace una mujer singular.

 

 

Nació en Madrid en 1975, se crió entre hermanos mayores, con posters y música estridente en las habitaciones, y de muy pequeña percibió que la religión era una ficción aleatoria, puesto que su madre era una anglicana inglesa y se llevaba muy bien con su marido católico gaditano, y aunque iba al colegio de monjas Madre de Dios, siempre supo que eso de la fe es una cuestión privada, sin intermediarios. Quiso ser bailarina, pero una lesión de rodilla la apartó de esta su primera vocación. La vida la ha llevado a vivir entre músicos, primero con su compañero sentimental, el pianista compositor Alejandro Pelayo, que después se ha convertido en compañero profesional en Marlango, y ahora la historia de su corazón la vive con su marido, el cantante y autor uruguayo Jorge Drexler, de la que han nacido dos hijos, Luca y Lea.

 

Leonor Watling marlango en las palmas 2016

Leonor Watling y Alejandro Pelayo son Marlango

 

Lo que define a Leonor Watling es ese toque de distinción británico de no darle demasiada importancia a las cosas que comparte con la sensación de que lleva dentro un caballo de fuego a la española. Se mueve con soltura entre hombres con un feminismo real, pero le agota el laberinto de las mujeres, exigir mucho sin exigir, decir una cosa y pensar que el compañero va a entender que estás diciendo otra. Puede ser ligera o intensa, de cara lavada o con unas suaves ojeras de madre con hijos de andar por casa. También puede mostrar un lado oscuro, como su voz, ligeramente gótica, que se expresa en ese anillo en forma de calavera engarzada en el dedo del amor. "Me gusta, no sé por qué", dice. entre músicos, primero con su compañero sentimental, el pianista compositor Alejandro Pelayo, que después se ha convertido en compañero profesional en Marlango, y ahora la historia de su corazón la vive con su marido, el cantante y autor uruguayo Jorge Drexler, de la que han nacido dos hijos, Luca y Lea.

Marlango actuará el viernes 07 de julio en la novena jornada de nuestro Festival de música y artes Cultura Inquieta, en Getafe (Madrid). Aquí tenéis información más detallada sobre su esperado concierto.

 

Marlango web

Texto por Manuel Vicent | El País

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