Bailarina: la historia de una mujer cualquiera

De renuncias y sueños rotos, de lágrimas, de frustraciones y de silencios que penden como notas de música en el pentagrama de lo infinito de toda una vida. También de amor incondicional y luminoso por los demás sin moneda de cambio y sin justicia poética, de todo eso hablan estas líneas.

 

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Acabo de ser madre y me he salido del mundo de manera brusca y a la vez hipnótica, como una canción de My Bloody Valentine que transcurre con la fuerza atroz de un huracán que arrasa con todo pero suspendida en acordes de música celestial, capaz de elevarte a la estratosfera del amor y del dolor a partes iguales.

Duele, te transforma, te abruma de fuerza y de miedo a la vez. La maternidad te regala unos prismáticos graduados con cierta empatía que te inundan de tristeza por no haber visto antes tantas cosas. Sigo hablando de mi madre.

 

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Mi madre ha sido madre cuatro veces. Renunció a sueños de costurera y bailarina. Ahora cose para sus nietos y baila al son de los anuncios de la televisión. Hemos pensado alzarle un monolito en el mejor sitio de la casa, pero nunca lo hemos hecho.

Es graciosa, detallista, inteligente, sensible y fuerte a la vez, una cocinera diez, buena madre y buena esposa, vecina valedera. Pero no fue costurera, ni le pagaron por hacer los trajes más bonitos de las funciones de cada final de curso de todas sus hijas.

Quién sabe a lo que podría haber llegado si su labor hubiera visto la luz de puertas para fuera; quizá una gran bailarina de danzas populares, o maestra de confección en la Escuela de Artes, o psicóloga, que sin tener el gusto de conocer a Freud, Piaget o a los conductistas y psicoanalistas, tiene el don de mirar a los ojos y saber en qué nivel emocional te encuentras.

 

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En mis escasas horas de sueño quizá pueda volver a soñar pero no con campos de concentración de mujeres frustradas, ni con montañas de ilusiones desmoronados en el cosmos laboral, ni con dictadores que determinan nuestro presente y nuestro futuro.

Soñaré con mujeres que salen de las sombras de la historia, abuelas con monolitos en sus casa que cuidan ahora de sus nietos. Fantasearé con no tener que elegir entre trabajar fuera de casa y ser madre. Porque la renuncia nos rompe por dentro, porque el sistema nos hace sentir culpables al elegir ya que al escoger un camino estamos abandonando otros. Caminos que nos completan, que se nutren unos a otros y que sin alguno de ellos, nuestro corazón corre el riesgo de secarse a trozos.

Soñaré con mi hijo preguntando por estas líneas porque no entiende nada, porque esta lucha ya no tiene sentido para él y para su mundo. Y sobre todo soñaré con mi madre vestida con el traje regional, bailando en un teatro repleto de gente, libre, feliz y eterna.

 

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Por Silvia García

Todas las fotografías, obra de Marck Olich

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