Antonio y Paquita, sobre el amor y los laberintos

Un relato de Alberto Barco sobre cómo el amor se pierde en el laberinto del Alzheimer y en el laberinto judicial y policial.

Alberto Barco Antonio y Paquita 2

 

1:00 AM. Suena el teléfono. Llaman del Colegio, de la guardia de violencia de género. Cuando, como hoy, toca asistir a los hombres, la llamamos de violentos, para abreviar. Me dan un nombre y una comisaría, y me dicen que vaya inmediatamente. Se me hace extraño, porque lo normal es que no tengas que ir hasta la mañana siguiente. En este tipo de delitos sabes que el tipo que te ha tocado en suerte va a dormir en el calabozo sí o sí. Prisa, ninguna, que por la mañana están más tranquilos.

La M 30 está vacía; apenas cinco coches en todo el trayecto. El túnel de Pio XII está cortado, así que salgo por Plaza Castilla. Control de alcoholemia. Dos coches de policía y dos coches parados, una furgoneta y un turismo. Los agentes toman los datos a los conductores. Supongo que han dado positivo. Cuando llego al que está en el control, bajo la ventanilla y saludo; me mira y me dice que circule, que no interrumpa el tráfico. Como si fuera hora punta, no te jode.

En la comisaría, que tiene el mismo mobiliario de hospital desde los años 70, los policías son bastante amables, como ocurre casi siempre que vas del turno de oficio. Me dicen que espere un momento y me hacen pasar al segundo de tres cubículos separados por mamparas. Me dan los datos del detenido, y, sorprendido, veo que el hombre cumple 89 años el día antes de mi cumpleaños. Oigo el llanto de una mujer por el pasillo, mientras otra intenta consolarla. La agente que me atiende me informa que mi cliente padece demencia senil, que ha discutido hoy con su mujer, se les ha ido un poco de las manos y han acabado cayéndose los dos al suelo. El incidente, llamémoslo así, ha sido esta tarde, pero acaban de traerle del hospital.

Al poco aparece D. Antonio, mi defendido, ayudado por dos policías, porque al hombre le cuesta andar hasta con el bastón. En principio tiene buen aspecto: bien afeitado, enjuto y tieso como un militar, y parece correctamente vestido. Pero cuando se sienta a mi lado, veo que los puños y el cuello de la camisa están bastante raídos, y que le faltan dos botones. Educadamente, con acento del sur, pide, por favor, que le devuelvan su cinturón, que se le caen los pantalones y no es cuestión de que acabe "enseñando las vergüenzas a estas tres señoritas tan guapas”. Los pantalones son como cuatro tallas más grandes que la suya y, cuando se sienta a mi lado, huele a sudor rancio y a orines. Me dejan solo con él. Solo relativamente, porque los agentes están al otro lado de la mampara. Le digo que soy su abogado y pregunto qué ha pasado. Me contesta que ha tenido una pequeña discusión con su mujer porque le ha quitado 2.000 pesetas y le había encerrado en casa y no le dejaba salir a comprar tabaco. Ella, Paquita se llama, le ha empujado y él se ha caído al suelo. La agente le dice que no, que se han caído los dos, y que su mujer también ha estado en el hospital. Pero él dice que no es cierto, que lo sabría, que cada vez que oye esa palabra se le ponen los pelos de punta. La agente le dice que su mujer está bien y que no quiere denunciarle. Él me pregunta que por qué le va a denunciar, si ha sido una discusión como las que tienen muchos días.

Cuando acabamos de hablar, vuelve la agente que lleva el atestado, y le informa de sus derechos. Que puede declarar ahora, pero que dormirá en el calabozo y que mañana tendremos el juicio. A él no le importa pasar la noche en comisaría, pero pregunta que si no puede quedarse allí, en la sala de denuncias con ellos, con los policías, “para poder hablar con alguien un rato, que se aburre mucho”. Le dicen que no. Me cuenta que tiene cuatro hermanas y dos hermanos, que el mayor también era abogado, pero que no recuerda si sigue vivo. Que, por favor, llame a su hermana y le diga que está allí. No tengo intención de hacerlo, y menos a estas horas, pero le pregunto por el nombre y el número de teléfono. No recuerda ni una cosa ni la otra. La policía, subinspectora, si no me equivoco, le enseña su declaración y le dice amablemente que si quiere que se la lea. El dice :”¿Qué paliza, no? Dígame dónde firmo.” Cuando lo hace, vuelven los dos agentes y le ayudan a levantarse, aunque él insiste en que prefiere quedarse allí “que se está más animado y puede charlar con ellos”. Todos sonreímos con indulgencia y, mientras a él, que sigue sujetándose los pantalones y pidiendo su cinturón, se lo llevan a calabozos, nos despedimos.

 

2.00 AM. La noche sigue siendo templada y calma. Cuando paso por el control de alcoholemia, la furgoneta sigue allí, pero parece que no han parado a más vehículos. Otra vez la M 30 y una emisora en la que sólo suena música. Me doy cuenta de que Antonio no me ha hablado de sus hijos, no sé si porque no los tiene o porque ya no los recuerda. Quizás otra noche, en ese laberinto sin puertas en el que vive, su mujer vuelva a quitarle 2000 pesetas y no le deje bajar a por tabaco. Quizás entonces no tengan tanta suerte como han tenido hoy.

Llegando a casa, unos cuantos jóvenes, chicos y chicas, hablan y ríen por la avenida, camino de la residencia universitaria. En la acera contraria, un par de niños de 10 o 12 años y piel morena van montados en la misma bicicleta. Siendo la hora que es, es muy posible que dentro de unos años los vea en una comisaría, o en algún sitio peor, otra noche como ésta, pero ese no es mi problema ahora.

No, mi problema ahora va a ser cómo dormir con este puño en el pecho y estas putas ganas de llorar que no se me quitan.

 

Alberto Barco es abogado penalista