Sobre Federico García Lorca. Por Roy Galán

Admiramos sus textos y su compromiso -tan necesario- de hacer de este, un mundo mejor. Estamos con este guerrero: Roy Galán.

 
federico garcia lorca
 
Dicen que al morir nuestras células brillan.
 
Igual que las supernovas en el espacio.
 
Como una señal cósmica en morse.
 
Que avisa en la hora del regreso.
 
Hace más de ochenta años que el cuerpo de Federico García Lorca, brilló.
 
Que le detuvo el Gobierno Civil y "le metió dos balas en el culo por maricón".
 
Debajo de un olivo.
 
Y una madre sin rizos en las manos.
 
Y un padre sin espejo.
 
Y un novio sin cartas.
 
Y un país sin poeta.
 
La guerra abrió la puerta a la impunidad.
 
Proporcionó el arrojo suficiente a los cobardes.
 
Para vengarse de todo aquello que les provocaba envidia.
 
Porque para que España pudiera quedarse a oscuras.
 
Primero tuvo que quedarse insatisfecha su alma.
 
La poesía es el clítoris humedecido del alma.
 
Y lo que nos hicieron contigo, Federico, fue una ablación.
 
Pero también con todos aquellos poetas que jamás escribieron un poema.
 
Hombres y mujeres humildes y analfabetos.
 
Cuya mejor verso fue defender la libertad.
 
Con sus vidas.
 
Salpicando al futuro.
 
Decías, Federico, que no eras "un hombre, ni un poeta, ni una hoja, sino un pulso herido que presiente el más allá".
 
Porque solo el que es moribundo es capaz de amar.
 
Porque solo el que es capaz de amar puede ser tierra entre los profetas.
 
Porque la conciencia necesita del pulso débil para transformar lo que le rodea.
 
Porque uno no puede escribir lleno de vida.
 
Se escribe lleno de muerte para que la gota colme el vaso y empiece a vaciarse.
 
Tú eras un modo de sentir, Federico.
 
Y nosotros somos hijos e hijas de tu sensibilidad.
 
Como si todo tu ser hubiera estallado en cientos de miles de motas de un azul profundo.
 
Y se hubieran ido a alojar a los vientres de nuestras abuelas, que dieron a luz a nuestras madres y que nos alumbraron a nosotros.
 
A escritores y actrices y músicos y lectores y revolucionarias.
 
¿No te das cuentas de que andamos enamoradas de un muerto, Federico?
 
Que ya solo podemos recordarte.
 
Que pasamos páginas como nudillos en una pared de piedra.
 
Dentro de poco no quedará nadie que haya estado contigo de cuerpo presente.
 
Se va marchando de este planeta tu carne coetánea, Federico.
 
Como costras sin gravedad.
 
Que dejan la piel blanca.
 
Pero nos quedarán tus versos.
 
Y tus versos, Federico.
 
Nos han de llevar a esa fosa.
 
Te hemos de encontrar, Federico.
 
Porque debajo de las babosas negras que recorren tus huesos.
 
Algo reluciente ha de quedar.
 
Pienso que me hubiera gustado salvarte.
 
Haber pasado mil veces mi lengua por tu esfínter.
 
Y que al entrar las balas.
 
Se hubieran corroído con mi saliva.
 
Que mi amor y tu placer te hubieran mantenido con vida.
 
No pudo ser.
 
Hay algo que me dijiste una vez, Federico.
 
Estaba yo tumbado descalzo en el sillón.
 
Descalzo y melancólico como una trenza sin final.
 
"Desechad tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan sólo ahora la hemos de gozar".
 
Gracias.
 
Porque somos muchos y muchas los que urdimos la vida para que sea amable.
 
Porque son tan pocos días.
 
Y porque te prometo que voy a gozar.
 
Porque cada vez que lo haga.
 
Aquellos que ya no están.
 
Brillarán.
 
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