Réquiem por Alberto Corazón. Te veo con los ojos abiertos y cerrados

Fue un platito de fruta al desayuno, un cigarro con mucho humo azul, bigote desflecado de pescadero en la alucinación del alba, camisa por fuera del pantalón, los periódicos como mirada táctil, los dedos pronto manchados de tinta y ceras, el lápiz como el mejor amigo del hombre honesto.

Por Diego Medrano

 

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El diseñador, fotógrafo, escultor y pintor español Alberto Corazón (1942 - 2021)

 

Escultor, pintor, diseñador, Premio Nacional, académico de Bellas Artes de San Fernando… construyó este país desde el anonimato. Mucho de lo que vemos es Alberto Corazón sin saberlo: Renfe, Feve, Mapfre, Circulo de Bellas Artes, Casa del Libro, Tesoro Público, Caja Madrid… hasta los libros de texto con los que estudio toda España, acostumbrados a forrarse hasta llegar él con sus diseños locos para Anaya, antes curtido en Ciencia Nueva, nido de rojos, con mucho afán por romper palabras, geometría nueva, una discoteca para jóvenes con ganas y furia por salir adelante en serio.


Siempre tuvo las mayúsculas fundamentales: el Diseño se alimenta del entorno y la Creación plástica de la memoria. Así el primero debe ser útil, trenzar el mundo simbólico con la cotidianidad más básica y elemental, esa “usabilidad” de la que hablaba sin pausa, jamás insertado en la sociedad del espectáculo, anónimo, justo, preocupado por otra mayúscula que somos todos, la Comunidad. Una disciplina que vivía del encargo, en tiempos cuando éste era “escaso, pequeño y mezquino”, lo que llevaba a lo insólito de poéticas en completa desolación: “Yo no puedo ser más exigente que mis clientes”. Tras haber construido España veía el imperio de la mediocridad actual (novela, arte, teatro, etc) y se metía para atrás, como el caracol, harto de tipos sin autoexigencia, locos por lucirse, lo apestoso del postureo desde cualquier ángulo de luz, lo ridículo de la foto.

 

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Alberto Corazón. El diseño español llora la partida de uno de sus más grandes referentes


Fue más feliz que un tonto con un lápiz, como llevaba a gala, y supo lavar una España gris y fascista, primeras ediciones en Ciencia Nueva, donde lo ponía todo en aquel catálogo para rojos incendiarios con unas metas palpitantes: “Un libro no podía hacer nada en aquellos años y nosotros, en cada título, sentíamos que botábamos al mar otro submarino”. Eso es la Cultura. Su abuelo se lo dijo al poco de tener los ojos despiertos, siempre atónitos: “Preocúpate de no cansarte en lo tuyo y de no engañar a nadie”. Esta lágrima, este borrón, es un regalo a su memoria. Supo contaminarse del ritual mágico de las artes gráficas, la alegría linotipista, las cejas altas y peludas de los tipógrafos, las manos llenas de música de los impresores… la cultura era ciudadanía. Saber leer era aprender a convivir y pedir otro mundo para todos. Revolucionó Cercanías/Renfe con esa “C”, que es una rueda rota y girada, sin protagonismo, donde la simetría/asimetría es como siempre la orquesta entera del conjunto. Mejora tu entorno, escucha, discrimina el grueso de los estímulos, mastica, y todo te llevará al reconocimiento inmediato, la limpieza del símbolo, los alrededores y el centro, lo instantáneo del grafismo como aprendizaje donde la propuesta básica debe ir orlada de registro, sí, pero mucho más de inmediata recordación.


Lo reconocible es asociable y lo asociativo es la mejor forma de lucha revolucionaria. Construyó identidades para todos, un país que estaba por hacer, sabiendo siempre que los neandethales van a su bola y son los cromagnones los que se unen para mejorar su tribu. Mapfre, el teléfono Duomo, el periódico El País… diseño siempre como entorno, creación plástica siempre como memoria. Un diseño en bloc de carpintero, con elementos baratos y siempre dos tablas: Oportunidades/ Limitaciones. Así se convirtió en el máximo diseñador generalista, una especie en extinción que muere con él, diseño gráfico e industrial, diseño de productos, etc. Fue nuestro Leonardo da Vinci, aquel que quiso estudiar para inventor y los jesuitas no le dejaron, aquel que se encorajinó en la facultad cuando Fraga le dio una bofetada a un bedel por no haberle llenado el vaso con agua, aquel a quien José Luis Sampedro enseñó lo crucial del arte de vivir sin que nada se pierda como, si se quiere, perdonen la broma, Acumulación Primitiva de Capitales. Todo lo que no se da se pierde, y no hay otra.

 

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Algunos diseños de Alberto Corazón
Alberto Corazón
Alberto Corazón


Alberto Corazón, creador de logotipos para una ciudad que los martiriza, ajeno a la autoría, orate de la conciencia, diseño y pintura porque la vida no basta, el referente simbólico/sígnico como problema básico de comunicación, sí, pero mucho más de identidad y pertenencia. Se lo agradecían paletos recién llegados a la capital: “No hemos entendido nada salvo su plano del tren”. La emoción de estar ahí, en el pueblo, desde la Antropología y la Sociología, mirada fresca y nueva, mirada limpia, una camisa resistente frente a lo intransigente del cinturón y un bigote que es erizo e indica, muy salvaje, la dirección a tomar. Grande entre los grandes, desconocido para la mayoría. Tuvo claro que este país se jodió (“¿Y cuándo se jodió el Perú?”, empezaba Vargas Llosa su libro) con la Expo del 92, inauguración oficial de la corrupción como modo de operar y ese movimiento centrípeto de comunidades que ya no van todas a una, Fuenteovejuna, sino que luchan entre sí por llevarse el premio gordo. Las dos Españas.


El tesoro es la vida. Si vas hacia Itaca, que tu camino sea largo. La juventud es la memoria inconsciente, el trazo automático, jugar a ser niño frente a una hoja en blanco. El diseño como belleza de lo cotidiano: no bello sino útil. Aquel Julio Cortázar, perdido en París, que sabía que una mesa no era una mesa, ni una madre una madre, y que en la palabra mesa y la palabra madre empezaba un itinerario interminable repleto de apariciones y sustos; aquel Cortázar que sentía junto al Sena como los afiches, los carteles, los objetos… le hablaban y vestían. Corazón fue una fábrica de Cortázares al por mayor.

Trabajador de los signos en pos del oasis absoluto: una sociedad libre y abierta. Aquí no sobra nadie. Vio siempre en la publicidad lo contrario que el diseño: ruido, ocurrencia, oportunismo, engaño; lo segundo eran silencio y reflexión. Construyó el imperio Once, para los invidentes, que hasta entonces eran Los Ciegos con un cupón de beneficencia y casi un trastero en la calle Preciados. Leer, escribir, la hoguera/estufa de papel y lapicero, el incendio mano/cerebro en un mismo espacio, el gintónic ocasional y compartido, la obra de arte como asunto inexplicable y el diseño ciudadano como mano tendida para hacerte, lector, la vida feliz, práctica, barata, única.

 

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Alberto Corazón en su estudio


Revolucionó toda la papelería institucional, quitando todo aquello de “Ruego a vuestra vuecencia… y que Dios le guarde muchos años” por membretes sobrios, cero palabras, ninguna religión, los mismos derechos y deberes para todos. Felipe González vio lo que hizo con el MOPU y las carreteras, y lo copió para todos sus ministerios. Un rojo que jamás quiso ser derechas. Aquel movido por la insatisfacción, donde la creación artística es siempre fracaso y, como quiso Leopoldo María Panero, forzar la vida es todo.

Alberto Corazón nos enseñó a convivir y vivió al margen de autosuficiencia y engolamiento (“Sé que no voy a hacer lo que quiero hacer”) porque los grandes son así, siempre pueden un poco más. La experiencia creativa como luz interior, donde los límites del lenguaje son los tu propio mundo, como él había aprendido en Wittgenstein leído por las taberna en libros baratos coronados por cercos de cerveza. Hay vivos que no se mueren a raíz de la herencia dejada. Ajeno a los electrodomésticos incomprensibles (“Los manuales de instrucción son para los cobardes”) nos enseñó un mundo para ser más listos. Explicó cómo el diseño americano nunca es funcional (coches con aletas) sino simbólico (cuenta la atención) mientras el inglés o alemán no pide otra cosa (muestra: cualquier maquinilla de afeitar). Elevó el negro (hasta entonces fúnebre) a etiqueta en las grandes bebidas o empresas (“Etiqueta negra”). Grande, inolvidable, estimulante. Vemos a Alberto Corazón con los ojos cerrados y abiertos, bloc y trabajo, sonrisa traviesa, los jóvenes que cuando son tal –como quiso Picasso- duran toda la vida. Gracias, maestro. Gracias. Usted trajo otro cielo para la misma tierra y ya no hizo falta mirar arriba para ver los colores.

Por Diego Medrano

Diego Medrano Fernández (n. Oviedo; 1978) es un crítico de arte, novelista, poeta y ensayista español.

 

 

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