Juan Falcón, entre la naturaleza lírica y la materia feroz

Resulta apasionante la carrera artística de Juan Falcón (Oviedo, 1985). En cierta ocasión Juan Luis Panero le dijo a Pere Gimferrer una frase que es toda una poética o forma de vida creativa: "A ti te gusta encerrarte en la plaza cada vez con un toro diferente mientras que yo siempre lo hago con el mismo".

Por Diego Medrano, El vigía de los colores

 

juan falcon cultura inquieta

 

Todos los poemas de Juan Luis Panero fueron horma, siempre el mismo, con las variaciones temáticas oportunas, mientras que Gimferrer quiso siempre ser varios poetas en uno, a la manera de Pessoa, Alberti o Neruda. ¿El colmo del éxito? Que te digan: "Esto no lo has escrito tú".

Juan Falcón empieza en los bares, bajo el magisterio de su tío de nombre homónimo, asistente de Eduardo Arroyo y Valerio Adami en el París de todas las rebeldías, y así el joven creador experimenta con la noche, los músicos, los sueños, el surrealismo, siempre en unas coordenadas muy literarias y veloces de impresionismo/cubismo a pie de noche donde la misma se disfruta a cucharadas. Primeras exposiciones en bares, mucho instrumento, mucho músico y gato loco, muchos planos en el cuadro, mucha geometría del deseo, planos y contraplanos, historias que son acertijos, muchos trozos de una intensidad donde la calle se muerde a bocados sin engorde, porque la belleza es tener siempre hambrientos los ojos, fugitivos los labios, centinelas del azar en los colores imposibles (fucsias, naranjas, azules) del delito.

 

juan falcon

 

Harto de la caricatura nocturna, de la exageración a lo Grosz o las disonancias cabareteras de Lautrec, refrigera, por así decir, en un simbolismo de cuadros sin personajes, pozos y agua, vestidos y rocas, para luego desembocar toda esta línea en una dicotomía entre lo matérico y lo digital ("Era_átomos").

Sus dos maestros reconocidos son: Fernando Castro Flórez y Juan Martín Prada. Los máterico/digital evoluciona, se encoge, y entra en un japonesismo raro, cuadros pequeños, juegos con acuarelas, bajo el nombre de "Jardines verticales", donde exquisitez y armonía, plantas solitarias y líricas, parecen trasladarnos a un mundo alto y refinado del "wabi-sabi", del "feng-shui", del "kintsugi", donde lo roto explica lo nuevo, donde la resiliencia es ciencia del pasado y del presente, donde lo incompleto es canon de paciencia, concentración, minucia o arteterapia; la célebre "juntura de oro" del arte oriental/ancestral por medio de la cual la cicatriz se torna polvo mágico y uno se limpia, repara y cura gracias a hacer caso al dictado de las plantas y no al lobo que nos come por dentro y saca los colmillos por arriba. Plantas que son poemas. El dilema de la quietud y la movilidad. Una ontología, una supervivencia, donde el minimalismo del alma es otro visor para la gran hambre interior sin palabras.

 

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Finalmente, el vídeo digital con reflexiones sobre instagram o redes sociales, sin perder el eslabón anterior, la relación entre naturaleza y maleza actual cibernética, con grandes improntas como la de Walt Whitman copan sus últimos afanes. De aquí a las calaveras, pintor de la muerte, mundo negro goyesco/solanesco, tal vez donde se estrella el hombre-máquina anterior ajeno a cualquier alma y cuya plenitud parece ser una orgía de cabeza y ninguna memoria, mente saltamontes, picoteo, dedos que deciden mientras la mente ocia, del peor humanismo de los imaginados. Varios artistas en uno, sin perder los debates propios de su tiempo, donde el creador desarrolla muchas voces y ningún idioma en una obra donde todo es concebido como mosaico.

Lo dijo un día Juan José Millás: "Lo que pensamos obra menor suele ser la puerta hacia otra mayor que no teníamos pensado". Pintor de la noche y lo humano (primera etapa), al que el símbolo aislado de todo entorno humano comienza a dar un significado objetual y perverso (segunda etapa), para así acabar entre lo digital y matérico en extraño diálogo (tercera etapa), salvación última de la naturaleza simple y aparentemente quieta (cuarta etapa) o en esa muerte/calavera como fisicidad clásica y al mismo tiempo radical (quinta etapa). Los nuevos tiempos de la Covid-19 solo tienen un mensaje: no se puede ser uno por entero y, quien deja de correr, acaba sepulto, blanco y frío bajo loseta de mármol. "Contengo multitudes", prescribió Whitman. La fecundidad no tiene otros aliados mejores. Crecen los artistas a los que ninguna gran obsesión contagia.

 

Por Diego Medrano, El vigía de los colores

Diego Medrano Fernández (n. Oviedo; 1978) es un novelista, poeta y ensayista español. Es colaborador de Cultura Inquieta, donde podemos disfutar de su críticas y ensayos de arte. 

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