'Igual que la tormenta', un relato vertiginoso de Adolfo Gilaberte

Adolfo Gilaberte es escritor, profesor y coordinador de la sede de la Escuela de Escritores en Getafe. Máster en Narrativa por la Escuela de Escritores de Madrid. Sus relatos tienen un pulso excepcional. Nos ha cedido un cuento inédito, Después de la tormenta, para el solaz de todos nosotros. Abróchense los cinturones y disfruten el vértigo.

 

edvard munch
Mujer en el mirador (Detalle) | Edvard Munch, 1924

 

Después de la tormenta
Por Adolfo Gilaberte

 

Ya han salido todos y te preguntas que dónde está, te dices que por qué no ves su pelo negro. El mismo que tantas veces has probado, de broma, me como tu pelo, y él ríe siempre. Titubeas unos segundos, de los que quizá luego te arrepientas, te decides a cruzar la calle –la tormenta es lo de menos ahora–, y traspasas la puerta abierta como si entrases a un pasadizo secreto. La sensación es que una mano se retuerce dentro de tu abdomen, una mano sin vello ni ramificaciones verdosas. Se mueve en tu interior igual que una rata blanca, algo vivo que lucha por salir afuera y respirar ese aire casi limpio. Una gran bocanada que libere al fin toda la impaciencia. Aún no te permites el pánico.


Su nombre resuena en las paredes. Lo llamas otra vez. El eco se prolonga en la distancia, es absorbido por el fondo del pasillo y su oscuridad. Vuelves a decirlo y el nombre recorre el mismo trayecto que el anterior: una flecha que persigue y se clava en otra flecha. El olor más persistente ahí adentro es la humedad. Pero no es un olor que te parezca reciente: es una humedad viscosa que ya viene de lejos. Así lo crees. De algún modo te recuerda a ese día, el de su nacimiento: el pelo negro sobre la almohada del hospital, limpio de sangre y vísceras, los puños diminutos manoteando el aire, casi golpeándolo para reducirlo a algo reconocible. Hugo. Bienvenido, dijiste. Continúas a tientas por ese corredor en sombras, aunque tus pupilas ya reconocen paredes y han descubierto una puerta cerrada. Giras el pomo y la abres. Pero la puerta no cede, coges el pomo con las dos manos y tiras de él: «¿Estás ahí, puedes oírme?». Sin embargo eres tú quien escucha el tintineo de unas llaves, no sabes dónde, en algún lugar de ese laberinto. ¿Por qué no encienden las luces? ¿Por qué nadie viene a explicarte lo que ocurre? El tintineo se aleja, se pierde por los pasillos. Y echas a correr, sin saber adónde te diriges, persigues ese sonido como si tú misma fueras la flecha. La mano de tu interior ha conseguido rasgar una pequeña porción de piel, escarba desde dentro. Y eso no ayuda a que tu respiración se estabilice. Jadeos, palabras inconexas, ninguna lágrima en las mejillas. Corres a izquierda y luego a derecha. Te detienes, aguzas el oído, ya no oyes nada, ¿de verdad lo has escuchado? El olor aquí es otro. Desconoces si humano. Un olor nuevo, hecho a partir de restos, partículas de algo que no sabes nombrar. Que se pega en tu boca. Que hace que escupas, con asco, sin apoyarte todavía en la pared.


–¿Mamá?


Ahora sí. La mano se ha abierto paso a través de la carne y asoma en tu vientre igual que una tarántula blancuzca, sin peso. Todas las oscuridades posibles convergen en ese agujero recién perforado. El pánico se instala en tu vientre y en cada nervio. Te apoyas en la pared, tienes que hacerlo, un segundo del que quizás luego te arrepientas.


–¡¿Hugo?! ¿Dónde estás?


–Te dije que me esperases a la salida, mamá, ya soy mayor.


Detrás de ti un solo pasillo y frente a ti varios corredores que se ramifican. No ves ninguna puerta, una franja de luz a ras de suelo o arriba, en una claraboya. Nada. Y sin embargo la voz es real, tan real como los zapatos recién comprados hoy. Ninguna madre quiere que su hijo vaya a un cumpleaños con zapatos viejos y gastados.


–¿Dónde estás? ¿Puedes oírme?


Ahora el silencio es un rostro desconocido que casi puedes tocar con la punta de los dedos. Extiendes la mano, muy despacio, tocas lo que hay delante de ti y la retiras rápidamente: una pequeña descarga eléctrica, un súbito arrepentimiento.


–Todavía no nos hemos comido la tarta, mamá. Vete.


Y no puedes creer que esté sucediendo. Has visto cómo salían los niños, hace unos minutos; no los conoces a todos, sólo a unos pocos que van a su clase, pero estás segura de que los has visto salir. También a Susana, la niña del cumpleaños. Nada más cruzar la puerta todos han cogido la mano de sus padres, se han alejado al resguardo de los paraguas. Las caras manchadas, los abrigos sin abrochar, esa luz tan limpia en el interior de los ojos. Y tú aquí, en esta oscuridad que no quiere dejar que la acaricies y domes como a un pequeño animal peludo.


–¿Me dejarás comer un trozo? ¿Es de chocolate?


Llevas un buen rato avanzando sin saber que lo haces. Sólo corres, te detienes, tanteas la pared en busca de un resquicio por el que meterte y recuperar a tu hijo, sacarle de donde esté, a la fuerza si es preciso. Vuelves a correr. La mano que ha brotado de tu interior se extiende por el pecho, alarga sus dedos de mármol, busca tus costillas, la garganta. El tiempo es un pasillo que nunca termina. Y decides parar, aunque después te arrepientas de haberlo hecho. Lo necesitas. Recobrar el aliento, reducir las pulsaciones, el zumbido de la cabeza, olvidar por un segundo a qué has venido. Una mala madre. La peor. Un ser espantoso. Respiras y te dejas caer por la pared. Hundes la cara entre las manos, gritas, golpeas el suelo con las palmas. Te gusta ese dolor punzante que has comenzado a sentir.
Al final del corredor de repente una luz. Un estruendo de luz verde que se desborda por el pasillo. Música. El sonido de niños que juegan, un globo que explota, dos, risas de montaña rusa. Caminas hacia allí. Ya estás cerca de ese fulgor de acuario y, según avanzas, es mayor la impresión de adentrarte en algo casi sólido, una sustancia gelatinosa, palpitante. Un paso más. La mano que ha salido de tu interior está a punto de reventar y hacerse añicos. Tu cabeza también. La luz te envuelve. Estás bajo el umbral. Te asomas.


–La madre de Hugo, ¿verdad? Bienvenida.


¿Qué? Esa gente ––¿quiénes son?–– te sonríe. El sonido de la fiesta desaparece, el confeti queda suspendido en el aire, nieve de colores, algo absurdo. Sacudes la cabeza. O eso crees. En realidad no te mueves, sólo abres mucho los ojos. Das un paso hacia atrás.


–Aún no hemos soplado las velas. Vamos, entra.


¿Los conoces? El ruido era de una fiesta infantil. Pero aquí dentro, en esta sala enorme que parece flotar bajo esa luz verdosa, no hay niños. Hay adultos. Al menos es lo que parecen. Algunos, los más próximos, caminan hacia ti y en sus gestos no ves ninguna amenaza, otros levantan sus vasos de plástico como si brindasen por tu presencia. Todos sonríen. Y algunos de los que se han acercado te cogen suavemente de los hombros y te hacen entrar. Ves que el confeti cae al suelo al tiempo que la música se reanuda, música que no sabes de dónde proviene, sonidos que parecen agujerear el aire, una melodía imposible.


–¿Quiénes…?


No puedes continuar. La mujer del lazo rosa te coge de la cintura y baila. El aliento le huele a animal mojado, sus ojos podrían ser los de alguien a quien una vez conociste. O no. Ahora sí que sacudes la cabeza, tratas de recomponer el entorno, quieres amarrarte a algo que te eleve por los aires y te saque de allí. Pero nada cambia una vez has movido la cabeza, y sólo la música cobra algo de sentido a medida que giras sobre el suelo. La mujer del lazo aprieta un poco más su cintura contra la tuya, gracias, no me apetece bailar, discúlpeme, le dices, te separas. Sientes que te observan. Los ojos de esa gente parecen lenguas que te mojan el cuerpo. Y ese color. Tan verde. Necesitas aire. Correr. Volver a los pasillos, donde todo era probable aún.


–¿Te diviertes?


El hombre despliega una sonrisa que podría ser la de un cirujano. El pelo le cae lacio sobre media cara, algo se mueve en el bolsillo de su chaqueta color mostaza.


–¿Sabe dónde está mi hijo, Hugo?


–¿Se te ha perdido?


–No, no se me ha perdido. Lo he dejado en la puerta, esta tarde. Yo misma le he visto entrar.


Pero miras a ese hombre con aire de cirujano, y enseguida te das cuenta, por la minúscula órbita circular que acaban de trazar sus ojos, que no va a decirte nada que tenga sentido. Lo intentas de otra forma.


–¿Podría extirparme esta mano?


Te señalas el abdomen. Vuelves a mirarle a esos ojos comidos por el delirio. Ahora le desafías, intentas saber cuáles son las reglas.


–Sería agotador ––dice él, y hurga en el bolsillo de su chaqueta, donde algo sigue moviéndose, y ahí se dirige con un tono tierno de voz––. Shhh, todo va bien.


–¿No puede, verdad? Lo imaginaba.


Él abre la boca pero tú alzas una mano, la interpones entre los dos: «He tenido suficiente, fin de la conversación», dice esa mano. Y el hombre del pelo lacio lo mueve para retirárselo de la cara, arruga la nariz, se da la vuelta, se aleja al fin.
Acabas de ver las ventanas al fondo de la habitación. No son unas ventanas cómodas, tienes que ser de baja estatura para poder asomarte a ellas con naturalidad. No importa. Te vendrá bien el aire, que estalle en tu rostro y lo deforme. Piensas en Hugo, y la mano del pecho te clava los dedos en las costillas, roba un poco más de tu respiración. Ni siquiera te giras para ver qué hace esa gente ahora. Te inclinas, abres la ventana. Te asomas a la calle. Ya es de noche. Y entonces lo ves. Allí abajo, quieto junto a una farola, bajo la luz amarilla y rota.


–¡¡Hugo!!


Gritas su nombre, varias veces. Sacas medio cuerpo por la ventana, mueves la mano de un lado a otro como si trazaras un arco en el aire. Un movimiento muy rápido, furioso.
Pero él no parece escucharte. Él espera, rígido, inmóvil bajo esa luz y la lluvia, sin resguardarse bajo una cornisa o en una marquesina. Espera a que te reúnas con él, como prometiste, y los dos de vuelta a casa, que hace frío y ya es de noche y casi nadie camina por la calle a estas horas. El pelo negro empapado. Imaginas las gotas que cuelgan apenas un segundo y luego le resbalan de los mechones, gordas y transparentes, caen al suelo, se juntan en un mismo charco, bajo sus pies. Los zapatos recién estrenados. Al menos los zapatos son nuevos y no le calarán. Pero eso a él no le importa, te dices, para él los zapatos son los de menos ahora. Igual que la tormenta.

 

Por Adolfo Gilaberte

 

Adolfo Gilaberte es escritor, profesor y coordinador de la sede de la Escuela de Escritores en Getafe. Máster en Narrativa por la Escuela de Escritores de Madrid, promoción del 2011 – 2013. Y coordinador de dos Clubes de Lectura en bibliotecas públicas de Getafe.
Gilaberte también imparte clases de Escritura Creativa en la Biblioteca Municipal de Ávila (2019 – 2020) y en La Central de Callao (Madrid), con el taller de Iniciación a la Narrativa Breve: «¿Cuento contigo?». (2020).
Autor de la novela Ezequiel, publicada en 2017 por Mármara Ediciones. Obra finalista en el Festival du Premier Roman de Chambéry, Francia, 2018.

 

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