Michel Houellebecq y el suicidio de la ilusión

Adentrarse en la obra del escritor francés Michel Houellebecq, es siempre sinónimo de controversia e iluminación redactadas bajo una prosa sencilla y directa. Tras ese desaliñado aspecto de vagabundo tarado, vestido que se ha calzado con los años de triunfo y admiración, se esconde quien puede ser uno de los más ácidos dibujantes del retrato de nuestra sociedad.

Por Galo Abrain

michel houellebecq
El autor francés Michel Houellebecq | Foto: Andreu Dalmeu /SHUTTERSTOCK


George Bataille aseguró en La literatura y el mal que “La literatura es esencial, o no es nada”. Solo una literatura esencial es capaz de sumergirse en lo que Bataille llamó la “hipermoral”; el impulso del artista por criticar lo establecido, buscando nuevas formas de interacción con lo social y lo divino.

Esta ética de pensamiento se ha visto estrechamente relacionada con el Mal, así, con mayúscula, pues todo cuanto provoque el tambaleo de los pilares morales y la tranquilidad jerárquica de nuestra sociedad está destinado a tildarse de maligno, como ese “príncipe de los demonios” -Satanás- del Paraíso Perdido de Milton, quien es castigado por sus ansias de independencia y su conciencia crítica hacía las leyes de su padre, Dios.

Houellebecq, quien más que el príncipe de las tinieblas parece un sátiro de cigarrillo compulsivo, manifiesta la intención de andar a la caza y captura de esta “hipermoral”, sobre todo al afirmar cosas como “Toda sociedad tienes sus puntos débiles, sus llagas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte” o,


“Algunos son seductores, y seducirán siempre, y el resto sobrevive. No existe ni el destino ni la fidelidad, sólo cuerpos que se atraen. Sin sentir ningún apego ni, desde luego, piedad, uno juega, y después destroza. Algunos son seductores y por lo tanto muy amados; sabrán lo que es un orgasmo. Pero hay tantos otros cansados y sin nada que ocultar, ni siquiera un fantasma”.


La gran pasión de este escritor parece ser en ocasiones, como aventuraba Albert Camus, extraer de la crueldad y el sinsentido de la existencia una brizna de belleza profanándola con sus creaciones. Houellebecq, arraigado al mundo como los hombres plantados de José Luis Cuerda, descifra las incógnitas situacionales de su alrededor y se declara némesis del liberalismo. El escritor sitúa el modelo liberal a la cabeza de la desarticulación de los valores ético-instintivos de la humanidad, dando fe de aquello que decía Marcuse para quien,


“La libre elección de amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y de temor, esto es, si sostienen la alienación”.


Pero Houellebecq va más allá del hombre unidimensional marcusiano, adentrándose desacomplejadamente en las idiosincrasias posmodernas. En ellas encuentra una nueva forma de imaginario colectivo, que podríamos llamar neoliberalismo, aunque el autor no siente simpatía por el término, caracterizado por amasijos de engaños, autoexplotaciones (como diría Byung-Chul Han), frustraciones y deseos insatisfechos, inducidos con el afán de alimentar el consumo compulsivo y el entronamiento de determinadas aristocracias sociales.

En Ampliación del campo de batalla, Houellebecq nos presenta la “jerarquía sexual”, que puede extrapolarse a un gran número de peculiaridades, donde una oligarquía formada por los jóvenes, los guapos y musculosos, los de buena presencia, los adinerados y dotados de las herramientas naturales para el triunfo, son dueños de sí mismos y de los demás.

Muy enfocada en el sexo, la mayoría de la obra houellebecquiana nos presenta la dicotomía entre un avasallamiento de la propaganda sexual, y una nueva estructura de relaciones. Se ve abolido el igualitarismo de la modernidad pesada- en términos de Zygmund Bauman, aquella que antecede a la modernidad líquida posmoderna- en la que la mayoría de los miembros del colectivo confiaban en el encuentro de una, o como mucho dos, parejas sexual estables a lo largo de su vida, y nace un nuevo sistema de libre mercado donde el sujeto se convierte en consumidor y objeto de consumo, algo así como en las redes sociales que nos convierten voluntariamente en espías de nuestro entorno, al tiempo que en espiados.

La relaciones son ahora, según el escritor, productos de supermercado y, como en todo supermercado, hay productos que se venden rápidamente y otros que no se venden ni aunque se los perfume con Chanel. Cómo bien afirma el propio autor,


"Es lo que se llama la ley del mercado. En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y la soledad".


A esta teoría habremos de sumar conceptos como la eugenesia social a la vejez, hecho por el que todos aquellos con un atractivo caducado dejan de poder considerarse objetos de deseo, siendo empujados por la aristocracia juvenil a la amargura y la soledad (concepto que encontramos en sus novelas Las partículas elementales, La posibilidad de una isla o Sumisión).

También la pérdida del amor por una humanidad en constante enfrentamiento consigo misma, incapaz de prodigarse amor propio, por tanto, con extremas dificultades para ofrecérselo a los demás, o, algo que sin duda recorre toda su obra; la decepción del individuo posmoderno, para quien la vida carece cada vez más de sentido y sólo se ve capacitado para encontrar satisfacciones puntuales en relaciones sexuales mecánicas, de orgasmo casi administrativo, conquistas laborales condenadas a la ansiedad y la soledad, cirugías de rejuvenecimiento, webs de contactos, viajes hacía paraísos de la prostitución y, la rara aunque catártica, revelación de su imposibilidad para alcanzar las cotas de felicidad y placer que los medios de comunicación, las redes, la propaganda, y todo el teatro de sonrisas y emociones falsas del sistema liberal hiperconectado le han prometido.

Descorchar la prosa de Michel Houellebecq es un juego arriesgado. Comete uno la irresponsabilidad de comenzar a ver el mundo con las gafas del cinismo y la sinrazón. No obstante, si uno siente la necesidad de que su ilusión sea profanada a fin de tirarle los cejos a la verdad, Houellebecq es su hombre. Y no hay más que leer lo que él mismo dice sobre su propia obra para dar fe de ello,

"Si hay una idea, una sola idea que recorre todas mis novelas, que llega al punto de perseguirlas, es la irreversibilidad absoluta de todos los procesos de descomposición una vez que han comenzado. Si esto del declive se refiere a una amistad, una familia, un grupo social más amplio o una sociedad entera; en mis novelas no hay perdón, no hay vuelta atrás, no hay segunda oportunidad: todo lo que se pierde, se pierde absolutamente y para siempre. Es más que orgánico, es como una ley universal que se aplica también a objetos inertes: es entrópico literario".

A las puertas de lo que podría suponer uno de los periodos de la humanidad con los cambios más sonados y regulares de la historia, Houellebecq se planta ante la corriente y decide separarse, acampar en la orilla y describir sin tapujos ni vacilaciones la fuerza de un caudal que pinta exquisito, pero que deja por el camino a muchos ahogándose, desesperanzados y, muchas veces, olvidados incluso por ellos mismos. Si Michel Houellebecq personifica en su obra el suicidio de la ilusión, también hace un llamamiento, frente a las inclemencias de las nuevas aguas, a no dejarse doblegar por las adversidades, a pensar, repensarnos y, sí, en más de una ocasión, a no olvidarnos del amor.

 

Por Galo Abrain

 

 

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