El taller de pintura centenario que creó para Picasso los pasteles al óleo

Detrás del éxito de cualquier genio que destaque en una disciplina artística, hay otros genios 'menores' que hacen que ese ese éxito pueda ser materializado. 

Los compositores que han escrito algunas de las mejores canciones que se han interpretado, los guionistas que han escrito algunas de las mejores frases del cine o los talleres de pintura que ha elaborado los materiales que han dado forma a las mejores obras del arte contemporáneo.

 

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Pablo Picasso

 

En paralelo a que artistas como Paul Cézanne o Camille Pissarro protagonizaran un golpe de estado temprano con el Salon des Refusés de 1863, y pasaran a escandalizar a los críticos con sus pinceladas sueltas y temas modernos, otra revolución, en este caso tecnológica, se estaba produciendo silenciosamente.

En 1841, el artista estadounidense John G. Rand inventó el tubo de pintura de estaño como reemplazo de las vejigas de cerdo que se usaban anteriormente para almacenar pintura. Esta innovación facilitó a los artistas viajar con sus materiales a cuestas, facilitando las técnicas que se convirtieron en el sello de identidad de los impresionistas.

La pintura en sí había experimentado un rápido desarrollo en los últimos años, con la introducción del pigmento molido a máquina y la invención de tonos sintéticos nunca antes vistos.

Hasta mediados del siglo XVIII, los artistas europeos habían comprado sus pigmentos en farmacias que también vendían minerales, especias y resinas importadas de lugares lejanos como África y el Lejano Oriente.

 

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'Les Joueurs de cartes' de Cézanne

 

El comercio especializado en materiales de pintura creció y se instauró, particularmente en París donde en 1817 había 79 comerciantes, en 1830, 270 y en 1885, había 600.

Pero en 1887 hace aparición uno de los nombres más relevantes. Gustave Sennelier, un hábil dibujante que ilustraba catálogos para la industria química, tenía su pasión en la química en sí. Para desarrollarla, se hizo cargo del contrato de arrendamiento y compró todas las existencias restantes de un taller de arte en quiebra.

Al principio, Sennelier vendía pinturas prefabricadas. Pero al poco decidió producir su propia gama de colores, atravesando Europa para establecer conexiones con los mejores fabricantes de pigmentos del mundo. Instaló dos molinos para moler y mezclar pigmentos y, pronto, en el taller podría producir entre 900 y 1200 tubos de pintura al día.

 

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Fachada de la tienda Sennelier, Quai Voltaire en París, a principios del siglo XX
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Escaparate de Sennelier, París. Foto de Beyond DC, vía Flickr

 

Alfred Sisley, Pierre Bonnard, Chaïm Soutine y Paul Gauguin son algunos de los innumerables artistas que entraron por la puerta para comprarle pintura a Sennelier.

El negocio tuvo tanto éxito que se transmitió de generación en generación. Henri Sennelier, nieto de Gustave, fue abordado por el propio Pablo Picasso en 1948. El pintor español vivía cerca, en un estudio que había encontrado a través de su amante Dora Maar.

Ya había comprado varios cuadernos en la tienda, pero ese día tenía una solicitud más complicada. Le preguntó a Henri si podía hacer un medio que pudiera usarse en cualquier superficie, sin requerir un recubrimiento especial. 

 

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Sennelier, París. Foto de Peter Holland

 

Le tomó un año, pero Henri regresó con algo que llamó "pasteles al óleo": barras de pigmento que eran cerosas en lugar de tiza, y que podían usarse en trazos gruesos y densos. Picasso, satisfecho, compró 40 de cada uno de los 48 colores. Rápidamente se convirtieron en una sensación, y la tienda todavía los hace hoy.

Actualmente, la tienda Sennelier original se ha convertido en una marca global pero algunas cosas se han mantenido igual. El escaparate original en el Sena todavía funciona. Y la familia Sennelier, ahora de cuarta generación, todavía dirige la tienda.

Quizás, lo más revelador es que siguen proporcionando materiales personalizados a artistas innovadores. Sennelier trabajó con David Hockney y trabajan con innumerables artistas, muchos desconocidos que puede que sean los Cézanne o los Picasso del siglo XXI.

 

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Sennelier, París. Foto de Peter Holland

 

 

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