Magritte, de frente y a calzón quitado, en el Museo Thyssen

Hasta el 30 de enero de 2022, podemos disfrutar en el Museo Thyssen una gran exposición de la obra del surrealista belga René Magritte, la primera organizada en Madrid en los últimos 30 años. Un artículo de nuestro colaborador, el crítico de arte y ensayista ovetense Diego Medrano.

 

rené magritte

René Magritte, el pintor surrealista belga más influyente del siglo XX

 

Por Diego Medrano

Fue la espalda más conocida de París, corchada arriba por un bombín y sin enseñar los pies jamás en los lienzos ni acaso la rodilla, una manera de flotar en pleno spleen. Existencialistas y surrealistas lo saquearon sin rubor, pero él mantuvo ancla, fue a su bola, sonrió a todos y no perdió un minuto de trabajar sin descanso. El Museo Thyssen madrileño se engalana con la exposición La máquina Magritte (hasta el 30 de enero de 2022). Una primicia, una locura, el festín inmediato a aquel otro dado por la Fundación Juan March (1989) y cuya retrospectiva hoy arde en auténtica flor de cuño: René Magritte (1898-1967).


A título de aperitivo, la muestra busca un sesgo repetitivo, combinatorio, con un marcado registro surrealista, mucha obsesión de ida y vuelta por el mismo billete. Cuatro secciones medulares: Los poderes del mago (1), Imagen y Palabra (2), Figura y fondo (3), Cuadro y ventana (4), Rostro y Máscara (5), Mimetismo (6) y Megalomanía (7). Guillermo Solana, comisario, al timón bajo todas las galernas. Noventa pinturas complementadas con una instalación en la primera planta del museo, una sección de fotografías y una serie de películas domésticas realizadas por el pintor (cortesía de Ludion Publishers). Después de Madrid, el tesoro viajará a Caixaforum de Barcelona, admirado y esperado.

 

rené magritte el gran siglo

René Magritte. El gran siglo, 1954
 

rené magritte la traición de las imágenes. esto no es una pipa

René Magritte. La traición de las imágenes, Ceci n'est pas une pipe. 1928


Charly Herscovici (presidente de la Fundación Magritte de Bruselas) ha hecho público a Javier Rubio Nomblot (ABC) que el auténtico Magritte es el de La mesa, el océano y la fruta (1927) y de ahí debe pasarse a La traición de las imágenes (1929) donde el creador muestra una hoja, una montaña y una jarra. Parecen ambos quitarnos todo sueño, todo velo onírico, toda niebla fantástica, para centrarnos, aquí y ahora, sobre aquí abajo, en el Magritte de las cosas. Lo dijeron Franscis Ponge y Paul Valèry, sí, el poeta ha de ofrecer siempre una cosa, pero el Magritte legendario no es de los bodegones, perdonen, señores míos. El Magritte ardiente es quien metaforiza a través justo de todo lo que dicen ustedes: “figuración llana y sintética, sobria y efectiva”.


Breton buscó hasta el hartazgo, hasta los huesos o las heces, ese misterio luminoso de Magritte, donde hay un viaje más allá de lo obvio hacia lo imposible (Ceci n´est pas une pipe, 1968). La realidad es una trampa, o simulacro como quiso Foucault, donde las copias en ocasiones van en liza con el original. El comisario Solana, también citado por Nomblot, parece que en su texto nos hable de Warhol: “Una máquina universal para hacer cuadros que con un manejo muy simple, al alcance de todos, permite componer un número prácticamente ilimitado de cuadros pensantes”; “Sus preocupaciones metapictóricas se centran en los mecanismos de representación y de significación, introduciendo en ellos la paradoja para boicotear nuestra fe automática en su identificación con la realidad”. ¿En serio? ¿Sí? ¿No me digas?

 

rené magritte tentativa de lo imposible

René Magritte. El sueño, 1945

 

magritte foto

El encuentro. Bruselas, 1938


¿Y qué fue aquello del “encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser en una mesa de disección”, que tipifico André Breton? Surrealismo y sueño, la ladera bretoniana por excelencia de la montaña, sin paradojas ni zarandajas. La paradoja, por sí misma, ya presupone un orden mental o deliberado. El pintor de las siete salas locas en Madrid, no es el de Solana y Nomblot, ni el del “carácter ficticio y tramposo de toda imagen”. Lo contrario: el Magritte loco de sueño y ensoñado, en la tela libre de la no asociación personal, el del automatismo sobre un caballo salvaje en pleno fuego y fuga. El artista como mago, sí, pero sin ironía alguna. Es el poeta/personaje de siempre (Figura y fondo), coronado por sombrero, entre un mar de nubes, con la ventana rota o no como placebo, lluevan o no tinteros negros, gabardinas, hombrecillos, manzanas verdes.


Todo acaba donde debe acabar: Rostro y máscara. Retratos de espaldas, arte y desastre del camuflaje, la brida del sastre caro, la libertad entera del anonimato. La destrucción del paisaje (íntimo y externo) como incendio interminable en Megalomanía. Magritte solo quiso como surrealista negar la percepción inmediata de lo real (siempre condicionada) en la búsqueda de un espectador hipersensible, lírico, apasionado, herido. Su orden es otro desorden, porque de lo contrario no habría trance, y sería imposible el diagnostico desde los ojos corrientes de la calle. Nomblot y Herscovici deberían cambiar de marca de pipas: es el genio desde dentro, no desde su miopía, el protagonista total.

 

Vídeo explicativo de la exposición en el Museo Thyssen.
Con Guillermo Solana, comisario.

 

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