Paula Rego: antes morir que perder la vida, por Diego Medrano

Desaparece la pintora portuguesa universal, llena de voces, cuajada de narración y literatura, a los 87 años. Nunca fue una pintora de silencios, ni una retratista del viento, sino todo lo contrario: en sus cuadros pasa algo, relato y voz, voces, donde el placer por contar es eminentemente literario.

Por Diego Medrano

Todo está lleno de cuerpos y los cuerpos cantan y cuentan sin descanso, donde la voz y la mirada son táctiles. Murió con las botas expuestas. El Museo Picasso de Málaga alberga una gran retrospectiva en curso, con 80 de sus trabajos hasta el 21 de agosto, mientras que el año pasado la Tate Britain acogió una muestra mucho mayor.

 

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Pula Rego.

 

Era la tercera del trío exquisito de carniceros formado por Francis Bacon, Lucian Freud y ella, Paula Rego. Los tres amigos, carnívoros en el Londres de todos los desolladeros, donde deriva Rego tras su internado en Kent, 16 años, por librarse del dictador Salazar en su tierra, en una familia moderna: anticlerical, antifascista, anglófila.

Ingresa en el Slade School of Fine Arts de Londres, su escuela de Arte y Oficios para pijos, y allí conoce a Victor Willing Vic, amor tirano, sí, pero también sacudido o coloreado por un mar de relaciones simultáneas, por ambas partes, donde ninguno de los dos ahorra ni en pincel ni en chorro.

No eran tiempos de figuración, llegaban los expresionismos de todos los abstractos, pero el discurso de la carne letal solo podría ser ese. Más tarde, tampoco se metería en el cóctel lisérgico de la época: arte conceptual y expresionismo de todos los borrones, drippings, chorretones, manchurreo y gotelé.

Ella, como los grandes, busca hacer lo mismo de modo diferente, sin dejar en la mesita el bisturí Bacon/Freud; mucho cuerpo, tajo, sangre y vida.

 

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Amor.

 

La investigación técnica es la hoguera gramática: por un lado el collage, en el contrario el pastel, y en el medio la narración por medio de animales. Hablan de Disney, del art brut de Dubuffet, de Goya y del cómic pero, como siempre, omiten o esquivan la referencia primera: Beatriz Potter.

Potter no es más que otra rara entre Andersen y Perrault, escritora para niños que revoluciona el medio en el s. XIX de una forma muy fácil, colocando una ilustración por página, bajando el libro a un nivel de bolsillo e ideando toda una balumba (de tazas a manteles) con sus personajes, lo que la hace rica.

Por ahí comienza el mundo de animales humanizados, de niños animales, donde un universo raro comienza a hablar al oído con voz de vieja, donde ella es la vieja que llora en el bar del silencio: voces arrebatadas, susurros como monolitos, repletos de volumen y piel de conejo.

De las 26 exposiciones que hoy la tienen como protagonista a nivel internacional, una fue nuestra, la del Museo Reina Sofia, 2007, y otra decisiva, que salta desde ahí, es la Bienal de Venecia de hace dos meses,donde comparte cartel con muchos otros. La contraposición de opuestos que la acorralan son, por un lado, forma y dolor; y lo bello y lo siniestro, por el otro.

Sus compañeros Bacon y Freud no buscan/quieren una obra amable, sino el extraño cotidiano, lo monstruoso inmediato; sea una anciana gorda que se cae por un lado del sofá como si fuera un vertedero (Freud) o toda la amplia carnicería de res vista abierta en canal y colgada del techo todavía humeante en fiesta de vísceras, chapapote, cánceres y parrilla en carnes por la chapa negra muy variada (Bacon).

 

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Sin título Nº4. De la serie Abortos.

 

Realmente, Rego triunfa, sí, en eso estamos de acuerdo, cuando pierde la delicadeza (a lo Freud/Bacon) y emplea la barra de pastel como si fuera un pincel, sin caer en el trazo grueso ni perder dedo ni puntería criminal.

El tema en la creadora siempre es político. No es una traidora a su época, y está ahí, en el aborto, en la desesperación femenina, en la familia como restos o chatarra tras repartir todas las herencias, en el urbanita desquiciado, en el pobre frente a la guillotina del espejo, las ojeras como canalones y una crueldad que llega, y no se va, al dejar de ser inocentes.

Tráfico sexual de mujeres, el aborto y aquello que su marido dijo a Freud y ella quiso para sí: “Eres bello como una navaja”. El bisturí es la actualidad, donde se recoge por arriba, el periódico como envase de toda ponzoña, pero el ancla no debe ser coyuntural, por eso es un clásico, donde habla sin tiempo y es escuchada.

El orgasmo le llega cuando Lucian Freud, en la National Gallery, ojos de asesino en serie y pasmo pálido, voz arrugada y dientes negros, le dice frente a su El jardín de Crivelli: “Es una obra maestra, querida”.

 

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Olga.

 

Llega su sueño español (Goya, Ribera, Picasso) pero, realmente, es una pintora eterna de la Escuela de Londres, como aquí tantos lo fueron de la de París, donde la carne sale del cuadro, ya está dicho, para freírse con ruidito de ginebra con hielos en tu seso podrido.

Allí trata a Hockney, cuya felicidad nunca le interesó demasiado, y a Kossof y a Kitaj, pero a ella lo que le gusta es la lluvia, que moja y limpia la calle como el mejor filo. Su casa natal en Cascais fue el último cascabel del gato negro al que la lluvia regala perlas.

Feísmo (animal) frente a moral (social) es otro cóctel. Rego es vanguardia y daño (ablación femenina, aborto, prostitución, etc). Es fría por dentro y caliente por fuera como el mejor mordisco, o al revés. Sus dementes, a lo Hogarth, tienen árbol genealógico. Lo dijo Wallace Stevens: “La realidad es solo la base, pero es la base”. Real como una enfermedad.

 

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Paula Rego en los últimos años.