Riesgo y ventura de Carlos Sierra: príncipe de los bohemios luminosos, por Diego Medrano

Fue el pintor del hechizo duradero, el poeta de la niebla y los objetos vividos, el pintor de las calles mojadas y del asombro cotidiano.

Por Diego Medrano

Su música no fue ni realismo ni hiperrealismo, como tantos apuntan, sino acaso realismo mágico, una realidad alterada, poetizada, ensoñada, donde siempre introduce elementos que no están ante los ojos. Muere Carlos Sierra (1943-2022): el pintor de una bohemia dura y luminosa, “pintor o nada” dijo repetidas veces. “¿Y si no hubieses podido vivir del arte?”, pregunté cierto mediodía. “Me hubiese dedicado a pedir”, decía él con una sonrisa azul.

 

carlos sierra pintor obituario diego medrano portada

 

Sus estudios fueron talismanes: cajas vacías de galletas, torres de periódicos hasta el techo y en la ducha, muñecos rotos, muebles nuevos, abalorios, periódicos torcidos e ilusión por todas partes. Su dedo mojado en un poco de vino negro, dibujaba a meseros y taberneros toda clase de monstruos, que luego enmarcaban y lucían. Melena blanca de león, mirada larga e inmóvil de fiera, chalecos de piel repletos de música secreta y acertijos, pulseras y bolígrafos colgados del cuello. Un abrigo hasta los tobillos en piel negra, debajo una camisa donde florecía su pecho de lobo, hacía a las viejas temblar de súbito, y esa era otra música, la de su joyería (uterina) cuando se ponían nerviosas en el trato/trámite artístico.

Artista del instinto: más vida sobre el papel que teorías, a la manera de Picasso, pero sobre todo del Impresionismo, con mayúsculas, de donde no se mueve ni un paso. Nace en Lieres (Asturias), pronto se mete en publicidad en Oviedo perseguido por sus dibujos (apenas dos años), y alquila dormidero de acogida en dicha ciudad con Felipe Prieto (artesano de la piel) y Pepe Legazpi (escultor, pintor, ingeniero de máquinas imposibles). La dieta de Pepe es un botella de tinto recio cada hora, Prieto se alimenta a base de queso de bola y lácteos, y Carlos no está en Oviedo porque su mente no sale de París, absorto y único, lúcido y lujoso. Admiraba mucho a los beats, si se hubiera dedicado a la escritura sería beatnik, cualquier disciplina radical, Kerouac o Burroughs, nada de dudar, porque si el sol duda se apaga. Punto final.

 

carlos sierra pintor obituario diego medrano 1

 

Dos pájaros negros, escoltas blancos, amigos húmedos le escoltan en el vivir y morir: Fernando Alba, escultor de la delicadeza y la poesía hecha matemática; Miguel Ángel Caballero, rapsoda de ese teatro radical donde el cuerpo lleva la voz, poeta a base de incendios, barroco e incontenible (“Contengo multitudes”, dijo Whitman). Los tres amigos son alucinados sin tasa ni cupo por la letra impresa: a Alba, en el bar de su padre donde sirve vinos, le llaman maricón por el pelo largo y a Miguel Ángel los madalenos, la polisecreta de los 70, ya vigila muy de cerca en Madrid junto a Carlitos Oroza (Café Gijón, quien se alimentó toda la vida de medio tomate y media cebolla diarios) por salirse de la brida. Los tres amigos (Sierra, Alba, Caballero) firman un pacto para la aventura.

Fernando Corujo, amigo de su pueblecito, fue la razón francesa con cola de indio y unos dedos musicales que para sí hubiera querido Mozart: comían frutos secos en plazas públicas, estricta fotosíntesis, sol y nueces, sol y pistachos, sol y salud, porque Sierra comía el sol sin masticarlo. En Ibiza, radical libre, se propone vivir sin vender obra, Eduardo Úrculo mediante, donde solo experimenta acerca de la supervivencia. En Holanda, Ámsterdam, pinta bicicletas sobre el agua nerviosa de los mejores canales. En París, junto al Sena rojo e inmóvil, sueña en voz alta, la ciudad de su máxima producción, viajes casi todos los veranos y ese mordisco grande de llevársela dentro para el resto del año. En Sevilla fue un ladrón de fuego, ladrón de oído (lo dijeron Lalanda y Gades: “Hay que ser ladrón de oído, hay que ser orejero”) y esa luz se desparramaba del bolso. Su Madrid fue el de la terraza del Círculo de Bellas Artes como gabarra o baranda, Plaza Santa y la Alemana pero, especialmente, La Venencia, esa bodega fuera del tiempo en la calle Echegaray.

 

carlos sierra pintor obituario diego medrano 2

 

Fue un Julio Cortázar de jazz todo el tiempo y realidad a saltos, donde el golpe de muñeca hace caer estrellas sobre el lienzo. Fue un Manet/Monet de joyería esmeralda imprevista. Fue un Rimbaud de la alucinación simple y un Van Gogh de bota minera y campesina. Tuvo grandes galeristas pero su empeño en no pagar comisiones a lo que había parido con amor y dolor le llevó a la venta directa. Cincuenta años vivió del arte de forma modesta. Un día le pregunté: “¿Qué es el infierno, Carlos?”. “No poder pagar el alquiler unos mesecitos”. Impresionismo por un lado y ese otro lirismo a lo Ramón Casas, Utrillo, Rusiñol, lúbrico y espectral. Su hijo Julián heredó toda su formación budista, que le llevó siempre a hacer lo mismo de modo diferente, sin perder el fuego de la mirada limpia. Su hijo Noel hizo de la magia la bisagra donde la realidad es finta y araña, un arte de vida, una faena de vida, la mayor pira de fuego combustible.

 

carlos sierra pintor obituario diego medrano 3

 

Una pequeña tienda de marcos, Abeto (Valentín), fue su último sitio de venta pública. Nadie como Carlos Sierra (79 años) entendió el riesgo y ventura de una auténtica vida apasionada. Pintor o nada, no hay más. Somos grandes a base de lo muy pequeño. Encuentra tu vocación y no trabajarás nunca. El amigo muerto me sonríe en esta noche negra, luna verde, donde haberle tratado fue la mayor leyenda. Te quiero, Carlos.