Una breve pero crucial introducción al cine japonés

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Un recorrido por los géneros, los directores y las obras más brillantes en la cinematografía japonesa.

 

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El carácter sintético que tiene el arte japonés se despliega en el cinematógrafo desde un inicio. La idea del haiku como arte poético que narra con imágenes inspiró la yuxtaposición de tomas en películas mudas de los maestros Kenji Mizoguchi y Yasujirō Ozu, y así el cine japonés encontró un rasgo distintivo que serviría como base identitaria.

En pocas palabras, la estructura narrativa del haiku es fundamental para entender los cimientos del cine nipón. Una vez definida esta base, la escuela cinematográfica de este país se bifurcó claramente: el realismo y la fantasía. La primera de estas tendencias encontró en el filme Tres hermanas de corazón puro (1935), de Mikio Naruse, a su primer gran representante. En cuanto al cauce fantástico, fue Mizoguchi quien en 1953 llevó al extremo la lírica sobrenatural con su bellísima Ugetsu Monogatari / Cuentos de la luna pálida. Esta película, por cierto, se sitúa en el Japón medieval, el shogunato, y es parte de un subgénero que abordó un periodo nacional fundamental para entender la idiosincrasia de este país.

 

Cine samurái

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El cine de samuráis era un género obligado, equivalente al western en Hollywood: duelos en los que en lugar de pistolas Colt se utilizaban katanas, el honor como vehículo de la trama, la venganza para estructurar el drama y códigos de vestimenta singulares, entre otros.

El cine samurái fue encabezado por Akira Kurosawa. Sus mejores películas de este género podrían ser Yojimbo (1961) y Sanjuro (1962). Por otro lado, quizá la cinta más sofisticada del cine samurái es Harakiri (Masaki Kobayashi, 1962). La estructura narrativa de este filme, por cierto influenciado por Rashomon (Kurosawa, 1950), recurre a narraciones dentro de narraciones, una especie de recuerdos experimentados por la película misma.

 

Akira Kurosawa

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Es la integridad lo que le da la fuerza al estilo formalmente occidental de este director, quien pondera la historia ante todo. Kurosawa fue precursor de múltiples estilos cinematográficos, y su obra influyó también en blockbusters como La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977) cuyas cortinillas narrativas, entre otros recursos, provienen de este maestro. Algunas de sus grandes obras refieren a tragedias adaptadas de Shakespeare, como Trono de sangre (1957) y Ran (1985), aunque sus filmes más intimistas, obras humanistas trascendentales, como Ikiru (1952) y su gran obra maestra Dersu Uzala (1975), resultan abrumadores tratados existenciales.

 

Shohei Imamura

Destacado miembro de la nueva ola japonesa, este director representa la contraparte de Kurosawa, cuestionando el humanismo per se. Imamura retrata cómo el sistema económico transformaba al espíritu en Japón, con cintas como Los pornógrafos (1966), La balada de Narayama (1983), Lluvia negra (1989) y La anguila (1997). Habría que recalcar que ganó la Palma de Oro en Cannes en dos ocasiones.

 

Yasujiro Ozu

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Cineasta adorado e imitado por varios, entre ellos Wim Wenders y Jim Jarmusch, usaba regularmente el lente de 50mm a la altura del tatami, diseñando una peculiar manera de aproximarse (frontalmente) a los ejes de acción. Ozu contaba historias entrañables, de forma sencilla, sobre la clase media japonesa de posguerra. Con varias obras maestras en su haber, quizás la mejor de ellas es La historia de Tokio (1953) que simplemente describe la manera como una pareja de viejos viaja a Tokio para visitar a sus hijos y descubrir que estos no tienen tiempo para dedicarles. Y ese era el cine de Ozu, una lección moral, pero tan cercana a sus personajes, con tanto respeto, que no resulta cursi ni melosa sino todo lo contrario.

 

Cine vs la guerra

Al repasar el cine japonés no podemos dejar de mencionar los dramas antibélicos de Kon Ichikawa, potentes relatos socialmente responsables que crearon escuela, por ejemplo El arpa birmana (1956). Vale recalcar que sin estás cintas no habrían existido clásicos contemporáneos como La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998) ó Cartas de Iwo Jima (Clint Eastwood, 2006). En este rubro antibélico podríamos hablar de la tendencia antinuclear, cine de criaturas, comandada por Ishirō Honda y su contundente creación, el monstruo Godzilla, en 1954.

 

Yakuzas

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Otro curioso género que existió en esta cinematografía desde finales de los 50 es el cine yakuza. Con una clara correspondencia frente al cine hollywoodense de gangsters, este género documentó los usos y costumbres de la mafia japonesa, un fenómeno cultural que, por cierto, encuentra en la tradición samurái, y sus códigos de honor, un antecedente. Con el paso del tiempo el cine yakuza terminaría por impregnarse de un carácter hiperviolento, con directores como Takashi Miike con cintas como Gozu (2003).

 

Seijun Susuki

Se trata de un cineasta ejemplar, que proviene del género yakuza y fue máxima influencia de célebres directores, entre ellos Tarantino. Suzuki creó películas absurdas, como la vida misma, a un frenético ritmo bebop, muy en deuda con el jazz, y utilizando los elementos de las cintas de yakuzas para hablar de la existencia humana.

 

Del surrealisma al terror

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Hiroshi Teshigahara (1927-2001) encarna la mejor propuesta de cine surrealista en Japón. Cintas como La mujer de las dunas (1964) o Rostro ajeno (1966) exploran metafóricamente la oscura naturaleza del hombre, y encumbran el arte del cinematógrafo. Otros filmes que destacan dentro de este género son la hermosa Kwaidan (Kobayashi, 1964), llevada a la pantalla con excepcional sentido plástico y Kuroneko (Kaneto Shindō, 1968), obra de gran valor expresionista y que ocurre en el Japón medieval.

Posteriormente Nobuhiko Obayashi inauguró con House (1977) una nueva forma de hacer cine, combinando el arte pop con el cine de terror. Por otro lado, Hideo Nakata, con El aro (1998), influyó de forma sustancial al cine de terror contemporáneo, y junto con Ju-on (2000-2003), de Takashi Shimizu, pusieron a Japón en el mapa del cine comercial –incluso ambos viajaron a Hollywood a dirigir versiones estadounidenses de sus cintas.


Cine Pink

El cine pink fue un momento exitoso a nivel mundial de la filmografía japonesa, cintas casi pornográficas (sexplotation) producidas por estudios independientes que pronto se volvieron millonarios. De aquí surgió la nueva ola del cine japonés, con cineastas que debutaron en este género primero y luego ya se dedicaron a otra cosa. Se trata de una corriente que evolucionó en el discurso de autor, del profeta de los inaceptables, usando la alienación como línea argumental, tocando las formas de vida alternativas a lo políticamente correcto. Nagisa Ōshima filmo más de 20 películas entre 1959 y 1999 que cuestionaban al statu quo.

 

Ultraviolencia

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Pronto aparecieron estilos en el cine japonés ultraviolentos, con subgéneros insólitos como el Guinea Pig, que resultan demasiado explícitos para cualquier nivel de sensibilidad. Faltas de trama en muchos casos, las historias son solo pretextos narrativos para sembrar praderas de sangre. A pesar de que este cine proviene de una notable insensibilización en el nuevo público, de un cine comercial que exigía más violencia para vender palomitas, de aquí también surgieron directores destacados, como Miike (Audition) y Sion Sono (El club del suicidio).

 

Animación

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La animación japonesa merecería un capítulo aparate. Sin duda el máximo exponente de este género es Hayao Miyazaki, cuya obra destaca por resaltar los valores humanos con base en una técnica excepcional que conecta con el público a nivel estético, creando un espejo suspendido en el tiempo. Cintas imperdibles son La princesa Mononoke (1997) o El viaje de Chihiro (2001). Un par de autores más para tomarse en cuenta: Kastsuhiro Ōtomo (Akira) y Satoshi Kon (Paprika).

 

Panorama actual

Actualmente, Naomi Kawase (El bosque de luto, 2007) es una cineasta que vale la pena seguir. Iniciada en el documental, utiliza el acercamiento a lo real para esbozar haikus emocionales. Mientras que el entrañable Hirokazu Kore Eda (De tal padre tal hijo, 2013) sin duda es hoy el mejor director de este país. Con emotivos retratos de las relaciones humanas en la insensible era posindustrial, ambos directores detonan emociones potentes en el espectador con recursos modestos, denotando que el haiku sigue más presente que nunca en el corazón del cine japonés.


via faenaaleph

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