Follando por follar a media mañana

Compartimos un relato erótico escrito por Carmen, "Recatadamente modernilla, de las que enseña ombligo y se tapa las nalgas y no al revés." Que lo disfrutéis.

media manana

 

Los cambios de planes a penúltima hora, esos grandes enemigos de cualquier buena mujer. Había consolidado mi horario y mi agenda para llegar la primera a todas partes, sobre todo a las partes importantes y de repente mi agonía crecía hasta alcanzar cotas muy subidas de estrés pre-histérico. Me salían por todas partes personas que tenían por urgente hablarme de asuntos trágicos, alegres o sin importancia, ajenos a la capacidad de absorción de la información que poseía en aquellos momentos. Vamos, que ni mi cuerpo ni mi intelecto estaban para chorradas. Al borde de un miniviaje cosmpólita de fin de semana, de esos para mujeres modernas y sexualmente liberadas, lo único que importaba para mis sentidos consistia en no perder el control de mis nervios.

Cualquier mujer que lea esto sabrá que serlo, ser mujer, no es fácil. Por muy laxa que tenga una la moral, o intente tenerla. Que de intentar algo a conseguirlo a veces hay un largo camino de por medio. No es que para acudir a una cita con un potencial amante al que quieres causarle una buenísima primerísima impresión valga con ponerte lo primero que pilles, ni lo segundo ni lo tercero, sin contar el tiempo invertido en otras tareas de aseo personal y belleza exterior. Más que nada, de la belleza interior ya voy muy bien servida, pero como en mi plan inicial no está el amor de larga duración sino el sexo que sea bueno y mientras dure pues estupendo, pues eso, a ponerse guapa pero por amor propio no por estereotipos del cánon machista.

Vale, sí, lo confieso. Soy consciente que más allá de lo que yo piense sobre todo el asunto de hombre y mujeres y feminismos y machismos, causar una impresión -más o menos- gloriosa a primera vista cuenta como una ventaja para acaparar casi por completo la atención dedicada del macho en cuestión. Es una ventaja competitiva evolutiva que si puedo usarla a mi favor, llámalo X, yo lo llamaré amor propio. Así que tomad nota, chicos que estéis leyendo esto: cuánto más se esfuerza ella en aparecer muy deslumbrante, será que por algo será, porque os puedo asegurar que podemos hacer mejores cosas con el tiempo que le dedicamos a esas tareas ritualísticas de parecer una versión photoshopeada de nosotras mismas, pero en carne y hueso y caminando sobre tacones.

Llegaba tarde. Iba a llegar tarde porque estaba saliendo de mi casa tarde. Me esperaba una hora y media de carretera y autopista de peaje, que no es económica pero es precisa y rápida. Mis ánimos no estaban deprimidos pero esto de planear algo y que luego sea yo la que lo pifie me sabe mal. No por el sexo sino el contexto de pérdida de credibilidad. Tanta historia que monté para estar monísima en las primeras impresiones. Con el café bien azucarado en el portavasos y la música en alto volumen para apaciguar mis instintos negativos, enfilé dirección sur y pase lo que tenga que pasar, fronterizo con los libros de autoayuda.

La tercera persona implicada en el asunto, la anfitriona -y de paso, mejor amiga de una servidora- no me puso caras raras viéndome, por fín, llegar, lo cual me lo tomé como una bueña señal, ignorando por completo en qué contexto dicha señal era buena. Caliente por encima y por debajo de la piel, él y yo nos conocimos en carne y hueso y ojos sonríentes; ya era hora! Después de semanas y semanas de mensajes y llamadas y confesiones y otras cosas de personas mayores, nos había llegado el momento de respirar el mismo aire. Y yo llegando tarde, y con esos pelos. Trágame tierra, que por lo demás ya tragaré yo. No hay que perder nunca los buenos modales, ni poniendo esa carita de santa para pedir perdón por las torpezas.

El gustazo fue mutuo, así, nada más vernos, pero en el ambiente se palpaba ligeramente un aquello de que para ambos, ya por fín vernos cara a cara se nos hacía un pelín.. raro no, pero diferente. Con café de por medio y el sol bañándolo todo en una lluvia cósmica de luz desde lo alto del cielo, me/nos fuimos relajando el espíritu, y digo el espíritu porque de pulsaciones y presión arterial ni él ni yo andábamos precisamente despreocupados. Sentía una necesidad muy básica por debajo de todas mis ropas de sentirme completada, por él. Evidentemente lo suyo sería llamarlo follar, pero había un algo más entre esas capas mías del deseo lujurioso, sin llegar al amor ni otras babosidades, había un algo perverso, un canto de sirena que sabía que estaba ahí pero que solo era capaz de notarlo, sin llegar a escucharlo.

Iba a romper uno de mis grandes taboos. Él estaba seríamente emparejado sin haber llegar a pasar por el altar, y yo, durante años, siempre he estado muy reacia, negativa y hasta ofendida por los intentos de meterme mano y algo más por parte de hombres con pareja, con o sin anillo de por medio, irrelevante. Y sí, la razón por la cual yo mantuve dicha actitud tan radical fue una especie de código de sororidad con la demás mujeres del mundo, que nadie me pidió ni me obligó a ello. Eso, y media razón más fue haber llevado una cornamenta tan, tan grande que debió verse desde muy, muy lejos. Pero ese fue un error que tuve bien por corregir hace años. Pero, no lo sé. No sé si es por la edad, por las prisas, por el morbo, por aprovechar lo que se ponga por delante, pero al final, en las condiciones adecuadas y también dicho sea de paso con la persona que me pareció la adecuada, accedí a ser esa otra zorra. Y para adelantar feelings más que acontecimientos, hasta me sentí bien en mi propia piel con la experiencia.

Habíamos quedado en casa de la mencionada mejor amiga mía porque, por cuestión de kilometraje para él quedaba a tiro de gastar una poca gasolina y para mí, pues, era lo más natural, dado que hacer esos viajes exprés de fín de semana para pasar tiempo con ella lo hacía con cierta regularidad y bueno, esta vez simplemente se trataba de matar dos pájaros de un tiro, que está muy de moda eso de sacarle provecho y rendimiento al máximo al tiempo del que dispone uno y/o una.

Sabía que llegar tarde, por mi culpa, iba a condicionar nuestro encuentro porque eso implicaría que el tiempo que tendríamos, o que habíamos planeado para pasar juntos pues sufriría un recorte. Pero bueno, si vives en España esto de los recortes es ya pan de cada día. Nos estábamos tomando los cafés entre los tres, pero ella no paraba de ir de aquí para allá, siempre con alguna buena excusa y eso nos daba tregua para pasar tiempo a solas y flirtear como adolescentes con las hormonas más revolucionadas que la afición culé cuando le pitan un penalti al Madrid. Sinceramente, con ella tengo tantísimas confianzas que si delante suya me hubiese puesto a cabalgarle ahí nadie se hubiera sentido molesta u ofendida, pero tenía y daba mucho juego eso de comportarnos como amantes furtivos.

Mi dignidad quedaba redimida, a pesar de no haber sido puntual y medio fastidiarlo todo. Sinceramente, no creo que por llegar yo tan tarde a la cita acordada hubiera tenido ningun derecho ni tampoco ninguna razón por montarme una escenita pero si estoy de acuerdo que una así queda fatal y si hubiese deseado herirme en el orgullo tirándome algún dardo envenenado de los que te hace callar y tragar pero sin nada en la boca, pues lo podía haber hecho, y no me hubiera hecho ninguna gracia y seguramente ambos nos hubieramos quedado sin sexo, pero no hizo nada de eso. Me trató bien, como un caballero que sabía que no estaba ahí para conquistarme sino para rematarme. Y yo a él.

Se comportó de manera muy agradable y sabía lo qué contestarnos a cada una y dónde y cómo orientar según que piropo. Entre nosotras dos hay mucha química, de hecho hay tanta química que igual nos merecemos un elemento en la tabla periódica. Además, es una mujer de cuerpo y figura muy llamativa, así que no solo no me molestó ver el apuro en el que se encontraba él cuando los ojos se le iban ocasionalmente y posiblemente hasta sin querer sino que me divertía. No soy ciega, no soy gilipollas. Cuando una tía está buena, está buena y ya está. Apreciaba en él que al menos se comportaba como un hombre, que sabía mirar con discreción y decir las cosas apropiadas, sin perder la cordura ni sobrecalentarse. Pero no me molestaba en absoluto que le echara un ojo y a lo mejor en su cabeza algo más que un ojo. Vamos, se lo echaba hasta yo y con más descarro en ocasiones.

Juntando y sumando las edades de los 3, sobrepasábamos los 100ypico así, como si nada. Pero con el buen rollo del ambiente nos sentíamos todos muy jóvenes. O igual no y solo hablo por mí misma. Ya lo dije, lo puse por escrito, ese flirteo juvenil tenía toda la culpa. Yo que en mi casa era ya una señora respetable de cierta edad y con modales y una reputación por guardar y aparentar.. sí, ya, no cuela mucho. Pues debería, eh, que una tiene sus obligaciones en el grupo de whatsapp de las mamás del cole.

Ella se fue y nos dejo solos, mejor dicho a solas. Él no, pero yo sí sabía, por nuestros códigos de chicas y amigas, que la forma y la excusa para pirarse era una luz verde. Nos acercamos más, y muy gatuna ronronée, pidiendo mimos y devolviendo cariños. Su cuerpo me llamaba la atención, atrayándome como un iman. Mientras sus manos buscaban mis pechos, una de las mías bajo hasta su paquete, colocándose encima. Y con la mirada puesta en la misma dirección por debaio de su ombligo, le susurré que lo quería, refiriéndome a sus partes, no a él. Textulamente no recuerdo lo que me contestó si es que me contestara algo pero sí recuerdo como un ademán suyo para desabrocharse. Lo paré y cogiéndolo de la mano, me levanté y tiré de él para que me siguiera, hasta la habitación. El salón solo era para jugar.

Con la puerta cerrada y las persianas bajadas, nos perdimos en la oscuridad. No fue para mí una elección complicada comenzar el romance yendo un poco a saco, teniendo presente en el transfondo de mi mente que su tiempo era más limitado de lo planeado. Lo dejé plantado de pie mientras mi cuerpo se fue deslizando de rodillas, delante suya. Mientras apoyaba su espalda en las puertas del armario, yo abría botones y tiraba para abajo de sus ropas, viéndome cara a cara con su pene. El auge que presentaba en forma y volumen ante mis sucesivas lamidas, y besos, y tocamientos me indicaba que a pesar de todo, estaba salvando el encuentro del desencanto que yo creía que iba a padecer. A posteriori, él definió mis técnicas orales como de lo mejor de calidad muy superior. A veces pienso que los hombres dicen estas cosas por complacer por un lado y para seguir motivándonos por el otro lado, sin embargo, de tanto escucharlo a lo largo de mi vida, estoy empezando a créermelo eso de que soy endiabladamente buena chupando.

Me aguantó bastante más de lo que yo pensaba inicialmente. De hecho pensé que entre los deseos y las prisas, se iría dejando llevar y acabar teniéndome ahí amorosa con los labios alrededor de su piel. Y en parte, pues sí, me lo hubiese merecido así un poco. Levantando la mirada y la cara, le pregunté si le apetecía follar. Me dijo que sí con mucha sinceridad, para luego añadir que si el tiempo que si las prisas. Le pedí que dejase de poner excusas, que lo entiendo, que no tenía que preocuparse por mí. Se colocó el condón mientras yo me acomodaba sobre el sofá-cama, mirando hacia la pared, apoyada con los brazos en el respaldo y abriendo las piernas generosamente. Estaba mojada, no demasiado, pero lo suficiente como para que pudiera penetrarme deslizándose a placer de ambos.

Llevaba semanas revolucionándome por dentro, las hormonas y eso. Tenía acumuladas muchas ganas de sentir su polla dentro de mí, tantas que por la garganta y por la boca hacía ruidos de placer mientras él se movía, entrando, saliendo, deslizándose hacia adelante y hacia atras. Me dio un empujón, un subidón de morbazo echarle una mirada a como se estaba tocando mientras yo me quitaba la ropa, mientras se prepara para colocarse el condón, momentos, minutos antes. No tenía una polla de caballo, no era un Nacho Vidal, de hecho la tenía -y salvo que se la hayan cortado, seguirá teniéndola- muy normal, clase media, de una longitud ni fú ni fá pero de un grosor que sí sobresalía a la media. De las que daban gusto, mucho gusto, si uno sabe usarla.

En directo y detrás mía, tal y como me estaba trabajando, sí, sabía usarla. He de decir que a esas canas se le notaba, y para bien, los años y la experiencia. Lo digo porque hay personas que follan mucho toda la vida, y follan mal. Otros, afortunadamente, aprenden, mejoran, y lo que con el inevitable paso del tiempo lo pierden por aquí lo compensan con lo que ganan por allá. Y son esos pequeños detalles los que me gustan en los hombres, los hombres maduros, y cuándo no los tienen son una decepción muy grande. Pero no era el caso aquí, porque él sí los tenía. Sus manos apretaban mis nalgas mientras seguía notando su escroto cada vez que su penetración llegaba hasta el final del movimiento. Cuándo me dijo que no tardaría en alcanzar el orgasmo, aunque a mí me iba a dejar un tanto a medias, al instante supe cómo y de qué formas recompensarle por un encuentro que prometía mucho pero al final se nos iba a quedar insuficiente a los dos.

Con los labios abiertos lo justo para que la parte más frotan de su prepucio pudiese caber ahí, esperé hasta que mi lengua recibió un manto blanco, cálido y de un sabor salado muy característico. En apariencia puede ser que lo hiciera para compensarle y ser buena chica, pero paralelamente lo hice porque me apetecía, así sin más. Lo mejor de todo fue su decisión de ponerme una mano sobre la cabeza, sobre el pelo, mientras con la otra seguía masturbándose dejando llegar a mi boca hasta la última gota y la última burbuja. Cómo en aquella habitación hacía bastante oscuridad si bien no era completa, no sé si pudo ver mi cara, ligeramente levantada y sonriéndole desde abajo mientras todo lo suyo depositado en mi boca acabó tragado por mi garganta, dejándome un sabor agradable pero una sensación rasposa, por haber tardado más de lo debido en proceder a la ingesta. Tampoco era la primera vez que me pasaba, ni me iba a morir por ello, sólo que, es un poco incómodo.

Sé, por su cara, por sus gestos, por sus palabras, que le costó regresar a su vida sin haber “cumplido”, es decir, dejándome a mí a medias. Bueno, yo también lo sentía en parte, pero también me pareció exagerado. Los hombres, en su afán de ser muy machos, a veces se presionan demasiado a sí mismos, pero bueno. Nada que yo por mí misma no iba a arreglar un rato después. Lo que me daba alegría es que al final pudimos vernos, que al final al menos para él hubo un final feliz, que tuvimos buena química y que nos fuimos despidiendo prometiéndonos y amenazandónos con repetir aquello, y que la próxima iba a ser más y mejor. Y no me cabe duda de ello, ni que de lo repetiremos ni de que será más y mejor. Nos lo merecemos. Y cuándo eso ocurra, os mantendré al tanto.

 

Por Carmen. Relato extraído de su BLOG

 

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