¿Tus hijos tienen miedo? Afrontadlo juntos

Enfrentarse a la vida desde cero implica conocer cosas nuevas todos los días y eso, cuando aún no se tienen las armas psicológicas necesarias para afrontarlo, asusta.

 

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Todos los niños sienten miedo. Es algo normal y necesario para su desarrollo. El miedo les permite, al igual que a los adultos, protegerse de posibles amenazas, solo que en el caso de los niños, dependiendo de la etapa en la que se encuentren, los temores son más variados y habituales.

No es bueno enfrentar a un niño a sus miedos de manera brusca, como tampoco lo es tenerlo bajo una protección excesiva. En el primer caso, podemos crear traumas que pueden acompañarles hasta el final de sus días, y en el segundo, les podemos llegar a convertir en personas inseguras a las que trasladamos nuestros propios miedos, porque eso es algo que debemos tener muy en cuenta, el miedo también se aprende.

Para que podamos entender mejor los temores de los más pequeños, la psicóloga y maestra de Educación InfantilVirginia González, nos ofrece una lista detallada en la que podemos observar cuáles son los miedos habituales de los niños dependiendo de su edad.

 

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1- El primer año de vida:
Los bebés son tremendamente sensibles. Se sobresaltan con la pérdida de sustentación, los ruidos fuertes, los desconocidos y al sentir que sus padres se alejan.

 

2- A partir del segundo año:
De repente, descubren que no les gusta la oscuridad y aprenden a distinguir a aquellos animales que pueden hacerles daño. Les asusta lo desconocido y se angustian tremendamente cuando se hacen una herida. Su dependencia de los padres es total.

 

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3- Entre los 3 y 4 años:
Su imaginación empieza a jugarles malas pasadas e inventan monstruos que, según ellos, les esperan escondidos en la oscuridad. Les sigue asustando el daño físico y comienzan a temer a los fenómenos naturales, como por ejemplo los truenos y los terremotos.

 

4- Entre los 5 y 6 años:
Mantienen muchos miedos de la etapa anterior. Siguen temiendo a los animales que puedan herirles, a la oscuridad, al daño físico y a separarse de sus padres. Además, se añade el temor hacia las personas con malas intenciones, como los ladrones o los secuestradores, y también sienten miedo hacia los personajes imaginarios, como las brujas, los fantasmas o el famoso coco. Los médicos tampoco les hacen mucha gracia y empiezan a desarrollar una preocupación muy real por las enfermedades y la muerte.

 

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5- Entre los 7 y 8 años:
Continúan temiendo a la oscuridad, a los seres sobrenaturales y a los animales que consideran peligrosos. Además, se incluye en la lista el pánico a quedar en ridículo en la escuela, con los amigos o durante la realización de actividades deportivas.

 

6- Entre los 9 y 12 años:
En esta etapa, ya no tienen tanto miedo a la oscuridad o a los seres imaginarios, aunque siguen preocupándose por las enfermedades y la muerte. De pronto, todo lo relacionado con la escuela y la aceptación social se vuelve tremendamente importante, tanto que surge el temor a la soledad.

 

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Ahora que ya sabemos que los miedos de nuestros pequeños no son extraños y que su respuesta ante ciertos estímulos es completamente normal, Virginia González nos da algunos consejos que podemos aprender para apoyarles de una manera adecuada. Así evitaremos que sus miedos se conviertan en fuente de futuros problemas psicológicos y, en su lugar, podrán usarlos como trampolín para hacerse más fuertes y enfrentar la vida de una manera más sana.

Lo primero es lo primero, hay que identificar su miedo, saber qué lo provoca. Una vez que tengamos claro ese detalle, es importante hacer que se sientan escuchados y hablar sobre el tema con calma y comprensión. Ignorar su miedo es la peor respuesta. No sirven de nada las frases tipo “no te asustes”, “no tienes motivo para tener miedo” o “tienes que ser valiente”, porque eso hará que se sientan incomprendidos y solos ante el peligro. Reírse de su miedo y quitarle importancia tampoco es una opción, eso les hará sentir avergonzados e incrementará su inseguridad.

 

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Lo mejor es transmitirles confianza, alentarles a que se enfrenten a sus temores gradualmente, sin forzarlos, aunque al principio necesiten nuestra ayuda, y elogiar su valentía cada vez que se atrevan a dar un paso adelante.

Debemos fomentar su autoestima y su autonomía. Cuando un padre o una madre reaccionan de manera exagerada, el niño siente más atención de la que realmente necesita, y eso refuerza sus temores aunque no nos demos cuenta. Tampoco hay que evitarles los objetos o los hechos que temen, porque de ese modo nunca superarán su miedo. Lo ideal es enseñarles algunos métodos para contrarrestar la ansiedad (escuchar música, relajarse, hacer alguna actividad que les mantenga ocupados, etc.) o darles algún poder sobre la situación, como encender una pequeña luz o tener una mascota.

 

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Hay que predicar con el ejemplo, ser un modelo adecuado de superación para ellos. Para conseguirlo, hay que ofrecerles una visión positiva del mundo, enseñarles a no preocuparse en exceso y a encontrar soluciones a los problemas. Si les mentimos sobre algo que temen para convencerles de que lo hagan, como suele suceder con las vacunas, o les transmitimos nuestros temores personales porque pecamos de sobreprotectores, crecerán con miedo, acostumbrados a no enfrentar la realidad como es, lo que hará que en el futuro les cueste vivir la vida con plenitud. Las cosas hay que explicárselas tal y como son realmente, solo que de una manera sencilla para que puedan entenderlas.

 

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Si nos encontramos ante un niño que es especialmente miedoso, podemos evitar ciertas cosas que a lo largo del día son absolutamente innecesarias, como por ejemplo los cuentos de brujas y fantasmas, las películas con contenidos de terror y las bromas que impliquen darle un susto, porque luego el pequeño querrá dormir con sus padres y ese es un lujo que solo debe darse en ocasiones muy especiales.

Sobre todo y lo más importante, hay que tomarse las cosas con mucho sentido del humor. No hay mejor antídoto contra el miedo que convertir las cosas que nos aterrorizan en algo gracioso que nos haga reír.

 

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Información obtenida de conmishijos.com

Por Adela M. Sevilla

 

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