"Astronauta". Un pequeño cuento de un navegante espacial con base terrestre en Jaén

Soy un navegante espacial cualquiera que cada cierto tiempo necesita volver a su casa, que en realidad es la casa de sus padres y la única que denomino como tal. Allí huele a aceite y a suavizante, y en diciembre a lumbre y a frío, que se cuela sibilino por la ventanas entre el sol de invierno.

 

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Cuando llevo mucho tiempo divagando en mi cápsula por el Cosmos, me siento como un astronauta despistado que ha perdido la señal y tiene que bajar a la estación terrestre a la hora de comer. En casa siempre se come a las dos y se duerme la siesta como derecho universal adquirido.

Además, en mi morada terrestre los recuerdos sobreviven a la nostalgia, y cuando me canso de explorar el universo, mando una señal y regreso de la nave espacial al origen en tan solo tres horas luz. Tres horas luz que son las que separan el cosmos de mi hogar, atravesando la Mancha con parada técnica en Manzanares.

Soy un astronauta inexperto, un poco torpe e imprudente que osado decide traspasar la estratosfera en busca de aventuras espaciales pero que tiene una conexión vital con su base terrestre sita en la provincia de Jaén.

A veces, la soledad del Sistema Solar me invade y miro con mi telescopio hacia la tierra y observo los campos de olivares o a la Sierra de Segura, entonces los ojos se me llenan de lágrimas ingrávidas. Mi tierra en la Tierra, la Nebulosa Jiennensis, mi campo gravitatorio, allí donde crecí y me gustaría morir como muere una estrella de la vía láctea que deja su luz una vez desaparece.

 

        «En mi morada terrestre los recuerdos sobreviven a la nostalgia, y cuando me canso de explorar el universo, mando una señal y regreso de la nave espacial al origen en tan solo tres horas luz».

 

En el espacio tengo buenos compañeros de expedición que hacen que los paseos interestelares se parezcan a los paseos por las murallas de mi pueblo. Ellos contribuyen a que la vida exoplanetaria sea fascinante.

Hay días que salimos en busca de Némesis o encontramos algún planeta con dos soles; esos días justifican estar lejos de la nave nodriza. En el Cosmos también hay androides y astronautas bondadosos, y también tenemos plazas bonitas con bares castizos de toda la vida donde hallamos calor y costumbrismo y donde siempre suena buena música ya que contamos con maravillosas supernovas y asombrosas agrupaciones galácticas.

A veces, por las noches, vemos películas antiguas en el satélite. Mi favorita es la de cuando jugábamos en la calle a construir naves espaciales mientras nuestros padres y hermanos mayores sacaban las sillas a las puertas, y así nos daban las mil en las estrelladas noches de verano. Cuando tenga hijos los dejaré ser astronautas si ellos quieren, pero saben que todos los años, por Navidad, bajaremos a echarle una mano al abuelo Paco con la aceituna.


Sin mi base terrestre yo no soy nada. Allí reside mi luz, la esencia y mi estela, y siempre estarán ahí abajo, a tres horas luz. Siempre quiero volver, juntarme allí con toda mi familia, ver a mis vecinos y a mis amigos. Recobrar la pureza y comer aceitunas. En el Cosmos son un manjar bien codiciado..

 

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He decidido que seguiré de viaje por el Sol. Quedarme un tiempo más y gravitar como un átomo por la densidad espectral hasta que me retire definitivamente a mi constante cosmológica Jiennensis.


El otro día tuve que renovar mi pasaporte estelar y un funcionario alienígena me preguntó:


    -Señorita Astronauta ¿Qué dirección le ponemos?

 Y yo le contesté sin dudar:

   -La de mi casa, que es la casa de mis padres...

via The Church of Horrors

 

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