Francisco Umbral bajo el volcán de la vocación obstinada, tortuosa y eléctrica

Hoy, 5 de febrero, es un día memorable: Filmin ha estrenado por todo lo alto Anatomía de un dandy, la película documental sobre Francisco Umbral dirigida por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, presentada en la Semici de Valladolid durante el 2020 casi de forma amateur, y que ya opta a los mejores Premios Goya en su registro, veta y venero Documental.

Por Diego Medrano

 

francisco umbral 

El poeta, periodista, novelista, biógrafo y ensayista español Francisco Umbral (Madrid, 1932 - 2007)

 

 

Umbral, por entero, como Quevedo o Ramón Gómez de la Serna, toda una Literatura, en mayúsculas. Ciento treinta y cinco mil artículos; ciento diez libros. No tanto escribir o leer como vivir literariamente. La vida literaria, gramática, llevada al límite, donde la mirada táctil es lenguaje y las palabras son físicas, puro contacto corporal con ellas, todo música y expresión de la belleza por su medio inaudito.


Umbral, amigo de Ramoncín, en los mercados de frutas de las resacas, albada del día nuevo, donde la calle era libro vivido, después columna, finalmente página para siempre. Umbral, en el Café Gijón, buscándose la vida, entrevistas con Cela a tanto la página, pensiones sin baño en la habitación, pasillo largo como una enfermedad o promesa, la hoguera y hormigonera de la máquina de escribir pagada con viento. El jovencito que venía del banco, de Valladolid, con el dinero atado, en el desafío de conquistar Madrid a golpe duro de tecla. Hijo de soltera, un polvo de esos que echaban las secretarias con sus jefes y su impronta se desconocía, hermano de Leopoldo de Luis, hijo sin padre y rodeado de mujeres, tías, abuelos lejanos, todos en la ayuda mutua para salir del hoyo, las mínimas alianzas y los pasos contados.

Umbral de todo el éxito, Cebrián primero a cien mil pelas mensuales, Pedro J. Ramirez después a un kilo mensual, según rumores, y columnas que son discotecas, como bien apunta Ramoncín, donde en un clic cabía todo, la vida nocturna y los políticos horteras, Lola Flores y la Duquesa de Alba, la subida del pan y todas las carreteras que estaban por hacer durante la Santa Transición (ahora, sí, ya están todas hechas y toca morirse de hambre). Umbral de hacer dedos, tres artículos en la mañana, como el atleta que corre para estrenar el día, cuenta, porque su interés auténtico era lo siguiente, los libros buenos a media tarde, a media noche, a media mañana. Whisky, blazer con botones dorados, la ternura de los miopes, pañolón al cuello, vaso ancho y travesura.

Muy comedido, maravilloso, Raúl del Pozo, que me llamó el otro día y me casi me generó una novela con una sola frase (“No te equivoques: yo nunca fui un intelectual, empecé a leer cuando dejé de follar”). Del Pozo llegó a lo máximo de la profesión, que un periódico coloque una columna de opinión en la portada, apertura del día, algo que ni consiguieron Umbral ni Capote (Paco siempre dijo: “No he dado una noticia en mi puta vida”). Del Pozo, amigo del alma, compañero eterno, subrayando el Umbral de los muchos billetes en los bolsos, siempre epatando, sacando el fajo para la cuchillada: “A ti jamás te pagarán esto por media hora de charla”. Se calla lo que otros supieron y vieron: Raúl del Pozo con Umbral al hombro, como un fardo, buscando un taxi bajo la lluvia delante del Palace, por culpa de la borrachera paralizante, la araña que sitia y encarcela, el mal whisky.

Las inseguridades, el frenesí, las falsas o verdades identidades, todo dibujado por Rosa Montero, Manuel Vicent, Manuel Jabois, Antonio Lucas… y, especialmente, dos muy amigos, Ángel Antonio Herrera y David Gistau. La soledad de Umbral los últimos años, parkinsoniano, herido sin pulso, donde las palabras de antaño eran dictadas y el corzo blanco sobre el folio en negro era solo el aviso de muerte, la presencia del fin, la enfermedad que llega con guantes de jardinero y las tijeras abiertas. El Nobel Hispánico, Premio Cervantes, Pilar del Castillo al teléfono y la confirmación de una deliberación superior a tres horas (Pepe Hierro, Cela y García Posada a piñón fijo con Umbral, hasta comerse con patatas a las finas hierbas al resto de jurados, la Academia entera). Un obrero de la Olivetti, un río que no deja de pasar, una insistencia, y ese subrayado de Pedro J. Ramírez, brillante, de cómo ansiaba tanto como despreciaba la gloria literaria, los premios y honores. “El éxito está vacío”, llegó a decir. La muerte de Pincho, su hijo, por leucemia, ya había devastado toda ilusión duradera. La pareja, María España y él, supieron levantarse cada cual sobre el bulto en el suelo de las miserias del otro. La vida del hijo siempre volvió, hasta el nicho actual, blanco y barato, final del film: “Pincho y Francisco Umbral. Con amor”. Fue Larra, Quevedo, Ramón, todo el 27 y nadie tuvo su métrica (alejandrinos, endecasílabos) para arrancar la contraportada y con el resto del periódico recoger a puñados la mierda caliente de los gatos domésticos. Nadie como él dibujó así en cuatro trazos.

 

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Francisco Umbral, junto a su inagotable máquina de escribir



Eché de menos a Luis María Anson, porque la carta con la que llega de Valladolid de Miguel Delibes era para él y es quien primero lo coloca a hacer entrevistas, junto con Pepe García Nieto en las revistas literarias del momento (“Mundo Hispánico”) y Hierro en varios recitales de ocasión (vino negro y periferia). Umbral fue un género literario, el del memorialismo, toda su obra habla de sí mismo, a la manera de Proust, y no hizo novela al uso o sacó muy pocas sólo por falta de paciencia. “Es lo que hacen los buenos”, dice en Anatomía de un dandy. Razón no le falta. Ese eterno bluf llamado García Montero llegó a decir en una ocasión: “En el escritor que es todo yo, el lector quiere entrar, rebota y no puede hacerlo”. Hijo mío, y qué es Kafka, Thomas Mann, Proust… sino solo yo. En lo tuyo rebotamos sin haber entrado, por culpa de la facilidad, lo obvio que cae de las manos como agua abierta sin posibilidad de asidero. Pura facilidad. Bisutería. Baratija de cuatro palabras y cinco tópicos.

Umbral inventa una frescura, una sorpresa, unas burbujas, unas cosquillas. Forzó el lenguaje tanto como la vida, hasta ser un fardo frente al Palace a lomos de un gran amigo, qué grande. ¿Vanidad? ¿Adolescencia perpetua? ¿Narciso? ¿Egotismo? Qué más da, si lo que cuenta son tantas páginas al día, y como bien dice él, los grandes y buenos inventan primero un personaje para luego lanzar la obra, y da igual si se ríen del primero, porque quienes se mofaban de la barba de Valle-Inclán o de Cervantes sin un brazo, eso seguro, tampoco contaron con leerles. Umbral vive y, en cualquiera de sus libros cogidos al sesgo, en un rato, uno sufre el calambrazo. Otra manera de decir las cosas. Algo eléctrico, raro, convulso. Fue ladrón de oído, a la manera de Antonio Gades. Fue orejero, como decía el torero Lalanda. Y por eso sigue ahí, en la calle que no le olvida, el mejor sitio para no pasar de moda y reverdecer con la envidia ajena. Gracias, Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, por este fuego sagrado. El último gran periodista español. Toda la música en los dedos y el alma entera adjetival. Un diez.

Por Diego Medrano

 

 

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