No es cuánto amamos sino cómo amamos

El amor es libre o no es. Por desgracia, la línea entre el amor y la posesión suele ser tan sutil que no es difícil cruzarla.

Por eso, cuando alguien justifica sus comportamientos posesivos diciendo que nos ama mucho e incluso asume la potestad de tomar decisiones en nuestro lugar afirmando que lo hace por “nuestro bien”, deben encenderse todas las alarmas.

 

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Fotografía de Sabina Tabakovic

 

El amor posesivo que surge del ego

Cuando alguien nos dice que nos ama mucho, sus palabras generan una resonancia emocional, de manera que pasamos por alto el hecho de que se trata de una pobre excusa. No nos damos cuenta de que el amor posesivo puede convertirse en una camisa de fuerza que, aunque puede llegar a se dulce en algunos momentos, no deja de restringirnos y limitarnos.

El amor posesivo es la expresión de un ego que intenta satisfacerse a través del otro y la relación. El problema es que el ego suele tener una visión muy limitada de la realidad, solo acepta su punto de vista y su forma de amar.

El ego quiere que las cosas salgan según sus planes, que el mundo se pliegue a sus deseos y, si algo no satisface sus expectativas, es probable que reaccione con una rabieta, como un niño pequeño. Esa es la razón por la cual el ego intentará controlar a la persona amada.

 

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Fotografía de Sabina Tabakovic

 

El mecanismo de control al que recurre es al amor. Usa el amor como arma arrojadiza para ajustar la relación a sus esquemas porque, en el fondo, cree que todo es válido cuando se ama. Así termina usando el amor para justificar sus comportamientos posesivos y en algunos casos incluso los convierte en una mercancía de cambio.

Ese amor posesivo puede presentarse con diferentes máscaras en una relación entre dos personas:

-Necesita que satisfagamos sus deseos mientras los nuestros son relegados continuamente a un segundo plano.

-Recurre a mecanismos de manipulación como el chantaje emocional, las amenazas o incluso el uso del silencio para obtener lo que desea.

-Se hace pasar por víctima, haciéndonos sentir culpables porque no le amamos tanto como supuestamente nos ama a nosotros.

-Desarrolla conductas controladoras y vigilantes, hasta el punto de querer tomar decisiones en nuestro lugar alegando que se trata por nuestro bien y el de la relación.

El amor posesivo no respeta al otro ni busca su plenitud, sino que desea tenerlo como un rehén para satisfacer las demandas del ego. Por eso, no es extraño que diferentes estudios hayan comprobado que en el amor, los comportamientos posesivos y los celos a menudo conducen a una relación insatisfactoria y a comportamientos destructivos.

 

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Fotografía de Sabina Tabakovic

 

Aprender a amar 

En la vida, lo cuantitativo suele llevarle ventaja a lo cualitativo. Es más fácil contar que apreciar.

Hablar en términos de cantidad es más fácil que zambullirnos en el rico universo de adjetivos que podríamos usar para calificar las cosas. Por eso muchas veces terminamos priorizando la cantidad sobre la calidad. Sin embargo, el amor no se mide, se siente.

El amor no es una competición. No ganamos el cariño de alguien por amarle más, sino por amarle mejor. Amar mejor significa abrirse a ese mar de pequeños detalles cualitativos que enriquecen una relación más allá de los restringidos términos de “mucho” o “poco”.

Amar mejor significa ser capaces de desactivar nuestro ego para permitir que la otra persona nos ame con total libertad. Amar mejor significa apoyar el crecimiento del otro, animarle a volar con sus propias alas. Amar mejor significa dejar espacio a la espontaneidad y la autenticidad, en vez de desear controlarlo todo.

El amor maduro es aquel que se ofrece en libertad y que respeta la libertad del otro, de manera que cada proyecto personal tenga cabida en la relación. Implica reconocer que conectar emocionalmente con alguien no significa tener poder o derechos sobre esa persona.

 

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Fotografía de Sabina Tabakovic

 

Dejar atrás el amor posesivo para adentrarse en el amor maduro

La mayoría de nosotros experimentamos cierto miedo e inseguridad en torno a nuestras relaciones cercanas. Apenas tenemos algo, nos atenaza el miedo a perderlo. Estos sentimientos pueden surgir de luchas más profundas o incluso de nuestra infancia.

Un estudio desarrollado en la Universidad de Houston, por ejemplo, reveló que las personas con un estilo de apego ansioso suelen ser más celosas, confían menos en su pareja y son más propensas a desplegar estrategias de abuso psicológico.

Una baja autoestima, una escasa autoconfianza, el miedo al rechazo o incluso un ego débil que necesita reafirmarse continuamente pueden encontrarse en la base de esas emociones que generan el deseo de control.

Sin embargo, algunas personas, en vez de explorar de dónde provienen esos sentimientos, simplemente los proyectan sobre nosotros y empiezan a controlarnos, esperando así aliviar esos sentimientos dolorosos.

Desafortunadamente, como esos sentimientos están arraigados en su historia vital, rara vez, si es que ocurre, logran obtener la tranquilidad que buscan aplicando esos mecanismos de defensa. En cambio, se limitan a repetir patrones desadaptativos que han aprendido y que llegan a sus relaciones actuales, arrebatándole el oxígeno psicológico a la pareja, amigos o hijos.

Constatar que esas inseguridades provienen del pasado es un paso importante para deshacerse de su carga, de manera que dejen de guiar las decisiones y comportamientos.

Pero también es importante desarrollar la dignidad personal; o sea, ser conscientes de que todos somos dignos de ser amados.

Cuando nos amamos lo suficiente, no necesitamos atar a nadie con una camisa de fuerza. Entonces el amor da el salto cualitativo y dejamos de pensar en cuánto amamos para centrarnos en cómo amamos.

 

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Fotografía de Sabina Tabakovic

 

Por Jennifer Delgado

 

Rincón de Psicología: Web

 

 

 

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