Lo que más nos gusta a las personas es estar con personas, por el filósofo José Miguel Valle

El filósofo y escritor José Miguel Valle se dedica al estudio y análisis de la interacción humana. En el siguiente artículo reflexiona sobre la necesidad del ser humano de sentirse aceptado por su comunidad y cuáles son sus mecanismos para conseguirlo.

Por Jose Miguel Valle

 

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Ilustración de Alice Lindstrom.

 

Lo que más nos apasiona a los seres humanos es juntarnos con otros seres humanos. Nuestra socialidad, el deseo de pertenencia, la membresía a grupos que proporcionan acogimiento y orientación, la afiliación a un Nosotros del que sentirnos orgullosos, el cultivo de nexos para la recogida de afectos, resortes identitarios y nitidez subjetiva, así lo indican. En todas las encuestas sobre hábitos de ocio siempre figura en primer lugar que lo que más nos gusta hacer a las personas fuera de los tiempos de producción es quedar con los amigos. Parece un dato baladí, pero es una noticia maravillosamente central que deberíamos recordar mucho más a menudo. A mí me gusta convertir este dato en la máxima con la que titulo este artículo: «lo que más nos gusta a las personas es estar con personas». Sin embargo, esta afirmación quedaría sesgada si no se agrega que somos muy exigentes en la selección de esas personas. Esta exigencia ante todo pretende que ese gustar no se deteriore.

Los animales eligen lo que les proporciona placer y sortean aquello que les encierra en una situación displacentera. A los animales humanos nos ocurre lo mismo en muchísimas ocasiones, incluidas aquellas en las que deseamos estar junto con otras personas. Propendemos a establecer vínculos con quienes nos devuelven una imagen favorable, y tendemos a separarnos y poco a poco debilitar las interacciones con aquellas otras personas que nos devalúan, o sentimos que nos desvalorizan. Este tropismo comportamental se activa para fortalecer y proteger nuestra estima, esa evaluación en permanente transitoriedad que hacemos de nuestro propio valor.

En Los Narcisos, Marie-France Hirigoyen sostiene que «tendemos a utilizar nuestras propias cualidades positivas como estándar para evaluar a los demás, lo cual nos asegura una comparación favorable respecto a ellas». Quizá esto explique la génesis de la endogamia y de la uniformización de los grupos creados de forma electiva. Todas y todos anhelamos juicios positivos sobre nuestro valor, formulaciones amables sobre el concepto que nos tenemos. Y si no las recibimos nos entristecemos, nos sentimos desvalidos y orientamos nuestro radar social hacia aquellas personas que nos juzguen y nos traten mejor.

 

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Ilustración de Eleni Debo

 

Hirigoyen cita dos maneras de evaluarse: embelleciendo la propia imagen o rehuyendo aquella que la pueda poner en peligro. He aquí el criterio de selección de nuestros vínculos electivos. Aunque en el ensayo la autora sostiene que todos los narcisos están obsesionados con la desvalorización, conjeturo que esta preocupación, en gradientes inferiores, es extensible a la sensibilidad de cualquier persona. Nos duele que nos deprecien, que el valor positivo y el amor que solicitamos no solo no sea expedido, sino que ese valor sea mancillado y ese amor se degrade en desconsideración e irrespeto. Quererse a uno mismo es un mantra de la literatura de autoayuda, pero ese querer requiere la ayuda de los demás, y no su desaparición, como ciertas miradas autárquicas parecen indicar.

Los juicios sobre nosotras y nosotros pueden ser internos y externos (aprobación social, admiración, aplauso, publicidad, ejemplaridad, o los que figuran en su reverso, desaprobación, crítica, ostracismo). No son dos continentes aislados, sino que ambos juicios mantienen una relación simbiótica. Los juicios externos condicionan la narrativa interna, y la narrativa interior determina el valor y la carga de persuasión que se le otorga a los juicios externos.

Las personas necesitamos cariño, reconocimiento y validación de nuestro grupo de referencia. Ahora bien, cuando ese reconocimiento se vuelve compulsivo y competitivo nos adentramos en el engreimiento. Cuando nos enoja cualquier elogio que no vaya dirigido a nuestra persona nos volvemos soberbios, puesto que la soberbia es creerse ungido por una grandiosidad que merece en exclusiva todas las alabanzas. Cuando hay un deseo vehemente de recolectar halagos caemos en la vanidad. Cuando no se acepta la crítica amable y persistimos en direcciones erráticas tropezamos con la esterilidad contumaz del amor propio. Cuando somos incapaces de mirar y mirarnos con la benevolencia que se merecen nuestra fragilidad, vulnerabilidad y labilidad, podemos despeñarnos fácilmente hacia el autoodio o hacia un rencor que rumia el pasado, ensucia el presente y elimina el horizonte.

Existir es habitar momentáneamente en puntos cambiantes de este continuo sentimental y epistémico. Existir es compartirse y confrontarse con otras personas que nos alerten de estas desmesuras y nos quieran a pesar de nuestros yerros y nuestras inconsistencias afectivas. Esas personas se llaman amigas y amigos. Normal que estar con ellas sea lo que más nos gusta cuando disponemos de tiempo.

 

Un artículo de José Miguel Valle

Filósofo y escritor, José Miguel Valle se dedica al estudio y análisis de la interacción humana. Escribe semanalmente en su blog Espacio Suma NO Cero. Es autor de los ensayos La capital del mundo es nosotros, La razón también tiene sentimientos, y El triunfo de la inteligencia sobre la fuerza. Su último libro es Acerca de nosotros mismos. Ensayos desde el confinamiento (CulBuks, 2020). Aquí puedes leer la entrevista que le realizamos en Cultura Inquieta con motivo de su reciente publicación.

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