En la cabeza del controvertido artista multimedia Stéphane Blanquet

La parisina sala de La Halle Sant Pierre aguarda hasta febrero de 2022 la exposición del controvertido Stéphane Blanquet. Un creador incómodo y subcultural que deja besando la lona a la mayoría de supuestos artistas, padres de la degradación, para recordarnos que en todos nosotros habita un monstruo. Un demonio que, focalizado y bien domesticado, es capaz de exorcizar nuestros miedos a través del arte.

Por Galo Abrain

 

stephane blanquet exposicion 1

 

Lo de Stéphane Blanquet es un caso. Media hora deambulando por su exposición en La Halle Sant Pierre, en las solariegas faldas del Sacré Coeur de París, basta para dar fe del poder onírico de la mente consciente. Si bien claramente figurativo, su obra juega con el surrealismo menos clarificado, casi como si su expresionismo más visceral y furibundo pasase por la delineación precisa de seres y paisajes emancipados del purgatorio.

Hay algo orgiástico en sus producciones. Simulan la descarga pasional de una sesión de sexo perverso. Sus dibujos destilan la sustancia de las entrañas; aparatos orgánicos que nos desagrada ver y oler, pero sin los que nuestra existencia estaría reservada únicamente al terreno de lo metafísico.

Inspirado, sin duda, en la traza gruesa y estilizada del comic underground, pienso sobre todo en el genial baboso de Robert Crumb, Blanquet expulsa el pus de sus delirios como ya hizo siglos atrás el Bosco. Desconozco si este artista galo ha sufrido, como sí le ocurrió al creador del Jardín de las Delicias, una intoxicación severa por pan de centeno que justifique su prodigiosa locura estética. Pero de lo que no dudo es de que Blanquet ha buceado en los pantanos más oscuros de su mente, con un gancho como el de las maquinitas, logrando así desvestir los entresijos dementes que habitan en toda consciencia.

 

stephane blanquet exposicion 2

 

Sin embargo, es revelador dejarse raptar un rato por la depuración precisa de su técnica sobrecargada, hasta el peligroso punto de sentir empatía hacia su obra. Casi, tienta decir, cariño y atracción. Como si el morbo de lo prohibido, el éxtasis de lo vulgar y el riesgo de la enajenación se diesen cita ante el prisma de su arte a fin de reflejar el haz de luz de lo divino. Una divinidad tétrica y profana que, como el infierno, es potencialmente más placentera en su pecadora libertad. Algo que, más allá de interpretaciones, es inherentemente valiente.

Es relevante reconocer además la multidisciplinariedad de Stéphane Blanquet, quien no teme al eclecticismo técnico al trabajar además del dibujo; la pintura, la escultura, la performance y, ojito al dato, el tapiz. No son muchos los creadores underground, presos como suelen ser de la falta de medios y de una imaginación desbordante con la que pretenden justificar su, en ocasiones, escaso talento metódico, los que se hayan lanzado a algo tan arriesgado, complejo y desafiante como el tapiz. En este caso, los tapices de Blanquet son cosmologías con sobredosis de estímulos por los que navegar como si estuviésemos mecidos por la monomanía de un porro bien cargado. Cada hilo está en su sitio. Cada color elegido de forma que incluso según el ángulo con el que enfrentamos la composición diferentes relieves se presentan a nuestros ojos.

 

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Blanquet angustia, degenera, provoca como provoca el terror agazapado en el páramo más alejado de nuestra mente. Es incómodo pasar más de una hora rodeado de sus obras y eso, lejos de ser algo malo, es prueba suficiente de su capacidad para manipular nuestras frustraciones hasta cuestionarnos a nosotros mismos.

Los dibujos de este artista, quien por cierto tiene aspecto de un discapacitado campechano y alopécico con sobrepeso, son inequívocamente feos. Sus esculturas, tal vez en menor medida gracias a la pulida perfección dimensional de las figuras que representan, también. Pero molan, son chachis, dignas de decorar salones de tatuajes en Hong Kong, altares de pueblos primigenios a los que se les ha ido la mano con las setas alucinógenas, o convenciones de psiquiatría sobre los nexos entre la infantilización y la corrupción del espíritu.

 

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Esta exposición, inconformista por esencia, llama la atención haciendo de los visitantes despistados mosquitos que vuelan, abotargados de estímulos luminosos en pantallas, a una trampa. Una vez el zumbido eléctrico ha chasqueado la sala con las nuevas víctimas de Blanquet, estas pueden experimentar terror, asco, mal de tripas, pasión, admiración e incluso cierta excitación sexual para aquellos con la chaveta similar a la del artista. Sea como fuere, ninguno saldrá de allí apático.

 

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En Las puertas de la percepción, Huxley decía: «La esquizofrenia tiene sus paraísos, del mismo modo que sus infiernos y sus purgatorios». No creo que este tipo, más parecido a un cura con afición a los partidos de futbol infantiles que a un artista subcultural, padezca de esquizofrenia (no queda reflejado en su biografía), pero sí hace tinta, barro y tela la afirmación de Huxley. Sólo que, tal vez, en la obra de Blanquet la locura no tenga paraísos por un lado, e infiernos por el otro, sino un desatado limbo donde su existencia está condicionada recíprocamente. Un alegato, bruto y bello, contra la banalidad del maniqueísmo.

 

Por Galo Abrain

 

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