El síndrome del pensamiento acelerado y la importancia de dejar la mente en blanco

Seguro que muchas de esas veces que nos han aconsejado que debemos dejar la mente en blanco hemos pensado que es algo imposible porque, incluso cuando lo intentamos, estamos pensando en que debemos tener la mente en blanco. Esto es un síndrome que ha sido identificado y nombrado.

El actual ritmo de vida que vivimos y la cantidad de estímulos reales y virtuales que recibimos a diario es algo que está intimimamente vinculado a la proliferación de grandes males del siglo XXI como el estrés, la ansiedad, la depresión o el insomnio.

 

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Todas las ilustraciones son de Aykut Aydogdu.

 

Vivimos inmersos e inmersas en pensamientos que nos atormentan de una manera sutil e incluso imperceptible. Es imposible desconectar de todas esas preocupaciones, obligaciones y deberes que nos han (y nos hemos) impuesto.

Si reflexionamos sobre la última vez que dejamos la mente en blanco siendo conscientes de este acto reparador, puede que tengamos que volver varios años atrás. Con suerte, esto ocurre a la hora de dormir, pero antes de caer rendidos y rendidas, casi siempre damos un repaso a nuestro día o hacemos lista mental de todas esas cosas que podrían quitarnos el necesario sueño.

Esta incapacidad para desconectar ha sido denominada como síndrome del pensamiento acelerado y el psiquiatra y terapeuta Augusto Cury lo describió en 2013 en el marco de la psicología del desarrollo infantil.

Según Cury, hemos contagiado a los más jóvenes con nuestra ansiedad. La causa es la hiperestimulación y la secuela es una intolerancia al aburrimiento que se mantiene a lo largo de la adolescencia y edad adulta.

 

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Un niño o una niña que pasa muchas horas con la tablet, el móvil o la televisión dedica todo su esfuerzo mental a procesar información acerca de numerosos personajes y tramas que no es capaz de elaborar con profundidad, ya que cuando está a punto de comprender lo que observa, aparece un nuevo estímulo.

El alud de información superficial les vuelve incapaces de tolerar el silencio y, por tanto, la calma psicológica.

Si trasladamos esta sobreestimulación al mundo adulto, podemos identificar como causantes de esta, el mundo de las redes sociales, los mensajes de móvil, las alarmas, las notificaciones, los correos electrónicos o los relojes inteligentes que miden nuestros biorritmos.

Este estado constante de alerta es a lo que Augusto Cury llama síndrome del pensamiento acelerado y explica que viene porque aprendemos a construir el mundo a partir de la información que nos rodea y la que ya figura en nuestro cerebro, dándole un significado propio e integrando no solo los componentes cognitivos (es decir, lo que sabemos de las cosas), sino también los emocionales (esto es, lo que estas nos hacen sentir).

 

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A este mal del mundo adulto pero también del mundo infantil y adolescente se le puede sumar otro factor que incrementa sus efectos: la precariedad. La generación millennial ha crecido con ideas como que es mejor sufrir ansiedad laboral que no tener trabajo o que ser sensible es un problema. 

Esto lleva al error de pensar que haciendo el sacrificio de ser altamente productivos y productivas, podremos enmascarar otras 'debilidades' como no llegar a estar a la altura de lo que la sociedad entiende como ser exitosos y exitosas.

Toda esta conexión constante a cosas irrelevantes nos produce una cantidad incesante de pensamientos que nos distraen de todo aquello que de verdad importa, que nos distraen de cómo nos sentimos, algo que debemos de preguntarnos en el reconfortante silencio que provoca dejar la mente en blanco.

 

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