Sobre la salud mental y la soledad no deseada

Por Patricia Fernández Martín

Uno de cada diez españoles se siente solo. La pandemia ha agudizado los sentimientos de soledad de los que antes la padecían. Los estudios científicos no detectan un incremento notable en los últimos años, pero sí una mayor atención y sensibilización social ante esta realidad.

La soledad no deseada es un fenómeno complejo. Hay términos relacionados con la soledad que dan lugar a confusión. No es lo mismo vivir solo, estar solo o sentirse solo. La soledad no deseada aparece cuando se experimenta la sensación de falta de compañía o cuando uno se siente excluido y aislado de los demás. El sentimiento de soledad varía entre las personas porque tiene un componente subjetivo. Cada persona la experimenta de forma distinta. Sería más conveniente hablar, por tanto, de soledades que de soledad.

 

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La repercusión emocional de la soledad depende de diversos factores. No es lo mismo que se trate de un sentimiento frecuente y/o crónico a que sea algo más puntual. Otro aspecto relevante es si se elige o si se trata de un fenómeno impuesto. El término “solitud” se utiliza para describir el deseo natural de estar a solas. En su libro El arte de saber estar solo, Francesc Torralba se refiere a esta soledad como una vía privilegiada para alcanzar estados elevados de conciencia, desarrollar capacidades creativas o conocerse mejor. El estado ideal sería decidir el tiempo que se quiere pasar a solas y el que se prefiere compartir con otras personas.

En el campo de la salud mental, se le da cada vez mayor importancia a las implicaciones que conlleva la soledad no deseada. Experimentada de forma permanente, tiene un impacto negativo en la salud física y emocional de las personas. Puede ser un factor de riesgo para los trastornos ansioso-depresivos o para trastornos por uso de sustancias. Del mismo modo, la soledad no deseada puede agravar aún más estos cuadros clínicos. Incrementa el riesgo cardiovascular tanto como el tabaco, el alcohol o el sedentarismo.

 

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Ilustración de Hoy Wei.

 

Existen múltiples factores implicados en la soledad no deseada. Un estudio reciente del Hospital Gregorio Marañón, sugiere que existe un riesgo genético compartido entre soledad y esquizofrenia, y que este puede tener un papel más relevante entre las mujeres que en los hombres. La soledad no deseada es más frecuente entre personas con un nivel socioeconómico más bajo y entre las personas con conexiones sociales escasas o interrumpidas. Es un fenómeno que aparece más en las grandes ciudades. Donde hay anonimato, la soledad no deseada crece.

Es más frecuente experimentarla ante determinados momentos o etapas vitales del desarrollo. Por ejemplo, en la viudedad, cuando los hijos se van de casa o en los divorcios y separaciones. También aparece de forma más frecuente entre dos grupos de edad. En la época de la juventud, por la inestabilidad con las correspondientes experiencias de pérdidas y la búsqueda de la identidad. También, entre los mayores, al estar influida por la pérdida de vínculos, el deterioro de la salud, el aislamiento y el miedo al futuro.

 

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Por todo lo anterior, es relevante desde un punto de vista sanitario evaluar la soledad de forma rutinaria en la práctica clínica utilizando medidas validadas. La soledad no deseada produce sentimientos de vergüenza por el estigma asociado. En una sociedad donde se premia la hiperconectividad y la hipersociabilidad, no es fácil reconocer este sentimiento. También resulta conveniente utilizar estrategias basadas en la evidencia para reducir la soledad en las personas con y sin enfermedades mentales. Gestionar mejor la soledad no depende sólo de la voluntad individual, sino que implica a diferentes organismos públicos y sociales. Cada vez se están poniendo en marcha más proyectos desde los ayuntamientos, ONG´S y/o redes vecinales.

La soledad no deseada se trata de un estado que puede revertirse. El problema aparece cuando se cronifica. La mejor vacuna para la soledad no deseada es pedir ayuda y fortalecer los vínculos comunitarios. Cada ciudadano es un agente social que puede preguntar al otro cómo está o qué necesita. Si uno no es mirado, no existe. Cuidar nos define al darnos un lugar en el mundo.

 

Patricia Fernández Martín es Psicóloga Clínica | Hospital Universitario Ramón y Cajal
Las afirmaciones y opiniones expresadas en este artículo son de la autora y no reflejan necesariamente el criterio del Hospital Universitario Ramón y Cajal 

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