Razones por las que estamos enamorados de Lisboa

Lisboa, es la ciudad donde vamos los que buscamos el mar, la luz, la vuelta a lo real, los costumbristas crónicos y  universales,  los que huimos del ruido, los que hallamos hogar en sus platos con sabor a océano y los que sin saberlo, necesitamos reconciliarnos con algo, quizá con nuestra saudade, esa que pasamos la vida intentando evitar.

 

 

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¿Por qué amamos Lisboa? ¡Pues por numerosas razones!

Lisboa es una mujer bella que siempre ha vivido de espaldas a todo lo terrenal, que no es consciente de su belleza y eso la hace más grande si cabe. Esa es la razón principal, es una ciudad que reúne todo lo que más admiramos y nos gusta en esta vida.

Para empezar nos quedamos con su sencillez, porque asomándote a cualquier balcón de la ciudad no es difícil saber que ha tenido muchísimo esplendor, que lleva a sus espaldas siglos de historia, de descubrimientos, de expansión, pero también de decadencia, de incencios y terremotos. Lisboa tiene el peso de ser una ciudad que vive de espaldas al resto del mundo pero de cara al océano…y es esa mezcla la que la hace única, luminosa a rabiar, viva y maravillosa.

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Nos fascina su arquitectura tan peculiar, con azulejos omnipresentes que salpican de mar y de azul sus viejas fachadas, las casas pintadas de colores y sus ropas tendidas en cada balcón, como símbolo y reclamo de su identidad propia.

Lisboa huele a mar, a sardinas, a café y a cocina casera, a vida de verdad, sin perfumes, sin alardes de nada. No es presuntuosa, es auténtica, seria y amable, es abierta, desaliñada, caótica con sus siete colinas que consiguen reconciliarse con la armonía una vez que llega al mar.

Lisboa es también café, tranvías, elevadores, caracoles, bacalao, iglesias, ruínas y revoluciones sosegadas. Es esperanza en los jóvenes que dan vigor al Barrio Alto, arte y poetas vivos desde las estatuas y los recuerdos.

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Ir a la Alfama es  un rencuentro con lo esencial del ser humano, una dosis de realismo y humanidad. La Alfama nos evoca infancia, verbenas, juegos en la calle, vecinos, tiendas y pequeños comercios donde se toma el pulso de la vida. Es una emoción constante, queremos quedarnos allí para siempre!! Hacernos viejos y vivir con un gato mirando el mar, con lo estrictamente necesario y escuchar fados. Ay los fados, esa manera de contar las historias a través de la melancolía y nostalgia, esa saudade que llevan los portugueses en su mirada, con sus silencios. Nada más oir los primeros acordes de la guitarra portuguesa que abre un fado, sentimos una emoción propia indescriptible que nos hace llorar, nos pone los pelos de punta y nos hace querer más a todo lo portugués.

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Del fado es misterioso todo, hasta su origen, o morisco o proveniente de las colonias brasileñas incluso persas, no está claro, pero fue en el siglo XIX cuando se instituiría en los marginales  corazones de las mujeres  y de los marineros que buscaban consuelo en los brazos ajenos y en los acordes de las guitarras portuguesas o cítaras.

El Fado, se pierde en categorías a la vez que se hace rico y universal, (Fado menor, Fado Castiço, Fado  Vadio o Vagabundo, aristócrata, corrido o pintadinho… ) Un mundo de voces, rituales, acordes y letras tan exquisitas como el legado sentimental del país luso.  Aristócratas, prostitutas, marineros, comerciantes….deciden sucumbir al devenir, al Fatum (destino) como el que sucumbe a una muerte dulce de vino de Oporto y se adentra lentamente en el mar.

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Lisboa es guapa, muy guapa y eso ella no lo sabe y ojalá no lo llegue a saber nunca…

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