"Lucifer, amigo mío", Baudelaire y el pensamiento crítico del satanismo

No son pocos quienes, a lo largo de la historia, se han encomendado al Diablo en sus oraciones. Desde la aparición en escena del romanticismo, Satanás, Lucifer, Samael, Belcebú o como se lo quiera llamar, dio un golpe de efecto a su tradicional estampa de terror y repulsa erguida desde los orígenes de la cultura judeocristiana.

Por Galo Abrain

 

cerberus william blake infierno 

Cancerbero. Por William Blake. Ilustraciones de La Divina Comedia de Dante

 

Giambattista Marino (1569-1625), un pollo de lo más particular, es reconocido por Mario Praz en La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica- imprescindible librito de mesa para sesiones nocturnas de lirismo maligno- como el primer autor en conferir algo más que odio y venganza a la figura del Maligno, humanizándolo al otorgarle el don de la melancolía.

No obstante, y aunque Giambattista abrió la veda para una nueva forma de abordar al Príncipe de las Tinieblas en literatura, no fue el más sonado. John Milton y su Paraíso Perdido, son el autor y la obra seguramente más abordados de la poesía romántica inglesa, alumbrando un antes y un después en la concepción del diablo como personaje, como ente, incluso, como “hombre”.

En el Paraíso Perdido, obra que Orlando Bloom ha reconocido como una de sus favoritas – lo menciono para que los pizperetas groupies del susodicho piratilla se lancen, tal vez ahora, a leerlo más apasionadamente- se contempla al Demonio como un tentador de hombres persuasivo y de majestuosa retórica ha de ser admirado, y no temido, por decidir emanciparse de las leyes de su padre. Y es que, según el poema de Milton, este siniestro Anticristo no es un necio ávaro y repulsivo, hambriento del Mal y la destrucción de la raza de los hombres, sino un desterrado, un paria, un ser que, ante una vital sumisión de nacimiento, decide luchar hasta el ostracismo por su libertad.

Es esta imperiosa necesidad de autocontrol la que lo lleva a asegurar, al comienzo del poema: “Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo”, que hoy bien podría ser un verso de un trapero camello recién saltado a la fama.

 

infierno william blake
Infieno, III. Por William Blake. Ilustraciones de La Divina Comedia de Dante



Pero, profundizando un poco más en esta idea, si atendemos al poema veremos como el Diablo no sólo es un melancólico con mala leche, sino un sufriente quien, al pasarlas canutas, al padecer el dolor y la angustia, está más cerca del hombre que Dios, un ser acomodado en su intocable atalaya de poder y dominio donde jamás ha experimentado nada parecido y, por lo tanto, difícilmente puede entender al ser humano, no digamos ya apiadarse de él.

Es bastante habitual observar como aquellos que ostentan el poder, más a más si lo conocen y ejercen desde su nacimiento, se muestran incapaces de descender de sus torres de marfil, aquellas donde, como decía Flaubert, una marea de mierda golpea los muros excepto porque, en el caso de los poderosos, esta marea no amenaza jamás con derribarlos.

Dios, ser todo poderoso, domina la moral; de ahí que Satanás emplee la tentación y el engaño como sus armas, pues son las de aquel que, sin poseer la totalidad del poder, lucha contra el monopolio de la razón. Lucifer no nos tienta para empujarnos al sufrimiento, sino para iluminarnos, tenebrosamente, ante la cegadora y titánica verdad de una divinidad demasiado déspota y totalitaria, como para entender la fragilidad de nuestros corazones.

Sea como fuere, y dando un salto en el tiempo, si hay alguien que ha logrado captar ese hecho, llevándolo prácticamente al mantra de su quehacer vital, ese fue Charles Baudelaire (1831-1867).

Imaginemos a dicho personaje, a ese flâneur imperecedero con complejo de Edipo, paseando por el Paris del siglo XIX, encabritado, rabioso, hasta las trancas de opio y con una incipiente sífilis que terminaría por matarlo. Imaginemos con una decadencia únicamente comprable a su lucidez organizando, ayudado del “spleen”; la angustia vital entroncada en todo ser humano, la más ignominiosa de las campañas contra la castrante moralina de su tiempo. No cuesta imaginar por tanto que para Baudelaire, seguramente en un reflejo de su propia condición de marginado, Satanás sea una víctima, al tiempo que un héroe. Pero ¿cómo no va un poeta encomendado al arte, al conocimiento y la sospecha, sentirse afín a una figura de la que los párrocos decían cosas como: “El progreso de las luces está estrechamente ligado a Satán, y su mejor obra es hacernos pensar que no es real.”?

El Diablo es el progreso, la manzana del conocimiento del Génesis -muy relacionada con el sexo ocioso-, la independencia de las leyes del padre y, para el autor, como menciona en su poema Las tentaciones o Eros, Plutón y Gloria; un dandi elegante, viril y de una embriagadora perversión que, a diferencia de Dios, es multiforme y por tanto ilimitado.

La divinidad angelical resulta, sobre la base de los versos baudelairianos, un objeto sumido en la masa y en el continuismo irreflexivo, mientras que el Diablo es legión, está emancipado y es dual pues nace en Dios como Lucifer, para después encontrarse a sí mismo como Satanás (recordemos que, según la tradición cristiana, las referencias al maligno pasan por Lucifer como nombre del “Príncipe de los demonios” antes de su destierro y caída, y “Satán” como el apelativo que adoptó él mismo tras su exilio).

 

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El gran dragón rojo y la mujer revestida en sol. William Blake, 1803


Baudelaire, el perverso borrachuzo de absenta, amante de mujeres mulatas y exóticas, entiende lo diabólico como el verdadero sinónimo del martirio. En Las Letanías de Satán, encontramos varios versos que sostienen este hecho. Baudelaire ve en el Príncipe de los demonios:

un dios privado de suerte y ayuno y alabanzas, un príncipe del exilio a quien perjudicaron. Y que, vencido, aun te alzas con más fuerza”,

el Diablo es:

“El Árbol de la ciencia que extiende sus ramas como un templo nuevo”

y es, ante todo,“Mezclar azufre con salitre” pues el hijo vencido de Dios es la pólvora del progreso, la voluntad del derrotado, la revolución.

El sujeto herético no está subordinado de forma pasiva a la razón, sino que ejerce una fuerza proactiva. En otras palabras, Satanás es la parte del ser humano que, indignada, se niega a doblegarse, hasta el punto de luchar contra sí mismo en lo que podría suponer el origen de los eslóganes de coaching posmodernos.

 

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Charles Baudelaire, 1821 – 1867


Baudelaire quien, más que acercarse al Diablo por impulso, se acercó por revanchismo y decepción ante un Dios que, según él, jamás había hecho caso de sus plegarias, acabaría sus días renunciando a ambos. En un impulso algo nihilista, el poeta termina por negar la divinidad en todas sus formas, ya sean estas angelicales; despóticas expresiones de luz incapaces de ahondar en la melancolía, o demoniacas; oscuros senderos de perdición que lo llevaron a la enfermedad, la angustia y un suplicio insostenible.

Pero, por mucho que el flâneur favorito de las letras francesas, seguidor incuestionable de Jeanette y su letra: “soy rebelde porque el mundo me ha hecho así”, muriese apoltronado en la degradación y el sufrimiento, su poesía; hermosa, corrupta y escandalosamente sincera, brindó un Bien, una pura y luminosa esencia de la que han bebido, hasta la embriaguez, generaciones que alcanzan las de hoy.

Si bien otros como Aleister Crowley (1875-1947) vieron en Satanás un culto religioso, un ser infernal y poderoso al que había de arrimarse a fin de dominar artes oscuras, los que aquí nos interesan son aquellos que, como el Marqués de Sade (1740-1814), Rimbaud (1854-1891), Verlaine (1844-1896) u otros muchos, vieron en la figura satánica la representación judeocristiana de Prometeo; titán griego protector de los humanos a quienes les otorgó el don divino del fuego, a costa de ser castigado por Zeus al picoteo eterno de un águila en el hígado para toda le eternidad.

Lucifer es, por tanto, no un elemento real, tangible, con implicaciones terrenales, sino un símbolo del hedonismo, de la duda, del ateísmo y el materialismo, destinado a despertarnos del letargo de la confianza ciega y el conformismo. Una filosofía a la que, hoy día, domesticados por la sobreinformación y la democratización de la imbecilidad a la que nos volcamos con pasmosa devoción, no nos vendría mal prestarle atención.

Por Galo Abrain

 

 

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