El significado de la libertad, según Hannah Arendt

La teórica política reflexiona sobre el significado de la libertad, un don innato de los seres humanos que se manifiesta en las acciones que realizan, alterando la realidad con “milagros”.

 

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Hannah Arendt. Foto: The Hannah Arendt Center for politics and humanities at Bard College.

 

Escritora y teórica política, Hannah Arendt nunca quiso ser clasificada como “filósofa”. Sus escritos sobre la actividad política, el totalitarismo y la modernidad la han convertido en una de las autoras a las que acudir constantemente para revisitar sus ideas.

Sus obras más famosas, La condición humana y Los orígenes del totalitarismo, dejan patente cómo el nacionalsocialismo y el Holocausto marcaron su biografía y su profesión.

Hannah Arendt (Hannover, 1906) era alemana y judía, por lo que vivió el nazismo y decidió emigrar de su país natal hacia Estados Unidos, donde vivió como apátrida hasta que recuperó la nacionalidad que el régimen nacionalsocialista le arrebató.

La autora ha reflexionado sobre el mal que puede llegar a infringir el ser humano (la banalidad del mal, que lo llamaría), pero también sobre otros conceptos, como qué es la libertad. Así se recoge en el texto homónimo de 1961, publicaado en la revista Zona Erógena (nº 8, 1991), traducido por Mara Kolesas y revisado por Claudia Hild:

“La verdad es que el automatismo es inherente a todos los procesos, más allá de su origen; esta es la razón por la cual ningún acto singular, ningún evento singular, puede en algún momento y de una vez para siempre, liberar y salvar al hombre o a una nación, o a la humanidad. Está en la naturaleza de los procesos automáticos a los que está sujeto el hombre, pero en y contra los cuales puede afirmarse a través de la acción, el que estos procesos solo pueden significar la ruina para la vida humana. Una vez que los procesos producidos por el hombre, los procesos históricos, se han tornado automáticos, se vuelven no menos fatales que el proceso de la vida natural que conduce a nuestro organismo y que, en sus propios términos, esto es, biológicamente, va del ser al no-ser, desde el nacimiento a la muerte. Las ciencias históricas conocen muy bien esos casos de civilizaciones petrificadas y desesperanzadamente en declinación, donde la perdición parece predestinada como una necesidad biológica; y puesto que tales procesos históricos de estancamiento pueden perdurar y arrastrarse por siglos, estos llegan incluso a ocupar lejos el espacio más amplio en la historia documentada; los periodos de libertad han sido siempre relativamente cortos en la historia de la humanidad”.

 

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Hannah Arendt presenta la libertad como la contraposición a los procesos automáticos, que pueden ser desde los procesos naturales dados por la biología y las consecuencias de que somos unos seres vivos que nacen y mueren y necesitan alimentarse, etc.; a ir más allá de los procesos históricos que, si en un momento pudieron ser un reflejo de libertad, con el tiempo se convierten también en procesos automáticos para la humanidad.

“Lo que usualmente permanece intacto en las épocas de petrificación y ruina predestinada es la facultad de la libertad en sí misma, la pura capacidad de comenzar, que anima e inspira todas las actividades humanas y constituye la fuente oculta de la producción de todas las cosas grandes y bellas. Pero mientras este origen, permanece oculto, la libertad no es una realidad terrenalmente tangible, esto es, no es política. Es porque el origen de la libertad permanece presente aún cuando la vida política se ha petrificado y la acción política se ha hecho impotente para interrumpir estos procesos automáticos, que la libertad puede ser tan fácilmente confundida con un fenómeno esencialmente no político; en dichas circunstancias, la libertad no es experimentada como un modo de ser con su propia virtud y virtuosidad, sino como un don supremo que solo el hombre, entre todas las criaturas de la Tierra, parece haber recibido, del cual podemos encontrar rastros y señales en casi todas sus actividades, pero que, sin embargo, se desarrolla plenamente solo cuando la acción ha creado su propio espacio mundano, donde puede por así decir, salir de su escondite y hacer su aparición. Es un milagro también el hecho de que la Tierra y todos sus componentes, incluidos nosotros, existamos”.

Para Arendt, la libertad como algo que subyace a la realidad, a lo tangible, a lo que clasifica como política. La libertad es la facultad para transformar lo político, destruirlo y generar un nuevo comienzo. La libertad es algo propio de los seres humanos y que solo se activa cuando se hace una acción consciente por salir a la superficie.

“Cada acto, visto no desde la perspectiva del agente, sino del proceso en cuyo entramado ocurre y cuyo automatismo interrumpe, es un ‘milagro’, esto es, algo inesperado. Si es verdad que la acción y el comenzar son esencialmente lo mismo, se sigue que una capacidad para realizar milagros debe estar asimismo dentro del rango de las facultades humanas. Esto suena más extraño de lo que en realidad es. Está en la naturaleza de cada nuevo comienzo el irrumpir en el mundo como una ‘infinita improbabilidad’, pero es precisamente esto ‘infinitamente improbable’ lo que en realidad constituye el tejido de todo lo que llamamos real. Después de todo, nuestra existencia descansa, por así decir, en una cadena de milagros, el llegar a existir de la Tierra, el desarrollo de la vida orgánica en ella, la evolución de la humanidad a partir de las especies animales”.

Así, la libertad se manifiesta como pequeños “milagros”, haciendo alusión al término cristiano y cómo los humanos tenemos la capacidad de crear algo nuevo y disruptivo a la realidad, algo que nos sorprenda realmente.

 

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Foto: Hannah Arendt Instituut.

 

“Es debido a este componente milagroso presente en la realidad que los eventos, sin importar cuan anticipados estén en el miedo o la esperanza, nos impactan con un shock de sorpresa una vez que han sucedido. La historia, en oposición a la naturaleza, está llena de acontecimientos; aquí el milagro del accidente y de la ‘infinita improbabilidad’ ocurre tan frecuentemente que incluso parece completamente extraño el hecho de hablar de milagros. Pero la razón de esta frecuencia es meramente que los procesos históricos son creados y constantemente interrumpidos por la iniciativa humana, por el initium que el hombre es, en tanto es un ser que actúa. De aquí que no sea en lo más mínimo supersticioso, es más bien un precepto del realismo buscar lo imprevisible y lo impredecible, el estar preparado para el esperar ‘milagros’ en la esfera política. Y cuanto más esté desequilibrada la balanza en favor del desastre, tanto más milagroso aparecerá el acto realizado en libertad; porque es el desastre y no su salvación, lo que siempre ocurre automáticamente y que por lo tanto siempre debe aparecer como irresistible”.

Llama la atención que la autora considere al hombre el creador y hacedor de milagros, son quienes protagonizan su realidad y quienes, con sus acciones, pueden cambiar la historia.

“Objetivamente, esto es, visto desde afuera y sin tener en cuenta que el hombre es un inicio y un iniciador, la posibilidad de que el futuro sea igual al pasado es siempre abrumadora. No tan abrumadora, por cierto, pero casi, como lo era la posibilidad de que ninguna tierra surgiera nunca de los sucesos cósmicos, de que ninguna vida se desarrollara a partir de los procesos inorgánicos y de que ningún hombre emergiera a partir de la evolución de la vida animal. La diferencia decisiva entre las ‘infinitas improbabilidades’, sobre la cual descansa la realidad de nuestra vida en la Tierra, y el carácter milagroso inherente a esos eventos que establece la realidad histórica es que, en el dominio de los asuntos humanos, conocemos al autor de los ‘milagros’. Son los hombres quienes los protagonizan, los hombres quienes por haber recibido el doble don de la libertad y la acción pueden establecer una realidad propia”.

La libertad es el don de poder alterar la realidad, de crear esos pequeños “milagros”, que no son más que “infinitas improbabilidades” que terminan por cumplirse y hacerse realidad, cambiando los procesos automáticos de la realidad y su carácter estático, tal y como diría Hannah Arendt.

h/t: Bloghemia

 

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