En un mundo que insiste en levantar fronteras visibles e invisibles, la obra de Alfredo Cáliz se abre como un lugar de encuentro. Sus fotografías enlazan a España con Marruecos, al Mediterráneo con el África subsahariana, y nos recuerdan que mirar sin prejuicios es una forma de reconciliarnos con nuestra propia historia.
Una historia en la que España, tantas veces empeñada en negar su herencia árabe, encuentra en la cámara de Cáliz un espejo que devuelve lo compartido más allá de lo que se quiere olvidar.
Alfredo Cáliz (Madrid, 1968) nunca necesitó diplomas para convertirse en fotógrafo. Aprendió a los 19 años en un estudio, como asistente, y pronto decidió que su verdadera escuela serían las calles, los viajes, el contacto con lo cotidiano y con las personas que lo habitan.
En 1994 cubrió el levantamiento zapatista en México. No lo hizo como un corresponsal que llega, dispara y se va; lo hizo con la intención de comprender, de escuchar. Esa forma de estar marcaría toda su trayectoria posterior: entender la fotografía como un ejercicio de inmersión, no de distancia.
Su relación con Marruecos comenzó por azar, en 1992, durante un rodaje. Lo que pudo haber sido una estancia pasajera se convirtió en una vida paralela. Cáliz comprendió que Marruecos no se capta en la primera impresión, porque lo que aparece al principio son los clichés heredados, los prejuicios de siglos, lo que España se empeña en negar de sí misma y de su legado árabe. Él lo resume así: “con Marruecos hay, primero, prejuicios seculares y, luego, un gran malentendido histórico”.
Por eso decidió caminar sin mapa, atravesar medinas, dormir en casas de familias, mirar desde dentro. De esa inmersión nació Inshalláh, un libro fruto de diez años de encuentros y de imágenes que muestran lo cotidiano sin artificio. Mercados, casas, rostros que invitan a ver lo común antes que la diferencia. España, sostiene Cáliz, no podrá entenderse a sí misma hasta que no reconozca su vínculo con Marruecos, esa herencia árabe que durante siglos se ha preferido olvidar y que, sin embargo, forma parte esencial de lo que somos.
El paso siguiente fue natural: cruzar más abajo, hacia Mauritania y el África subsahariana. Allí fotografió la pesca artesanal, la construcción de escuelas, la vida en los campos de refugiados. Nacieron así proyectos como Carnet de terre, Carnet de mer o Carnet d’exil. Libros que no buscan el exotismo ni el dramatismo, sino mostrar a comunidades enteras trabajando por su presente y su futuro.
Ese sur, tantas veces reducido en Europa a estereotipos de pobreza o violencia, se revela en su obra como un lugar de dignidad y creatividad. Para Cáliz, la cámara es la herramienta que permite contar esas historias sin apropiárselas, devolviéndolas a quienes las protagonizan.
En los últimos años, su mirada se ha vuelto también hacia dentro. En su obra más reciente, Fotografía del desastre (2025), Cáliz no entrega un libro de fotografías, sino una novela. Parte de la leyenda familiar de un abuelo que participó en la guerra de Marruecos, llevando a hombros a un joven Franco en el desembarco de Alhucemas.
Lo que empieza como una anécdota heredada se convierte en una investigación sobre heridas colectivas: el Desastre de Annual, la proclamación de la República del Rif, la violencia colonial. Pero también es un viaje íntimo. En palabras del propio autor, la fotografía del desastre no es solo la del Rif, sino también la de las fracturas familiares que deja el silencio. La novela funciona como un proceso de acercamiento a la figura de su padre, de quien se había distanciado. La exploración de la memoria histórica se entrelaza con la reconciliación personal: entender a su padre para poder perdonar, para poder “aligerar” el peso de lo heredado.
Lo que une toda su trayectoria es la convicción de que la fotografía -y la narrativa, en su deriva más reciente- pueden tender puentes. Entre orillas, entre culturas, entre generaciones. Sus imágenes y relatos muestran que el otro nunca es tan distante como creemos.
Quizá por eso su obra resuena hoy con tanta fuerza. Porque en tiempo de muros y olvidos, Alfredo Cáliz nos recuerda que seguimos teniendo un espejo al sur. Y que aprender a mirarlo, sin negar lo que llevamos dentro, puede ser la clave para entender quiénes somos.
