De entre todos los lugares del mundo en los que Claudia Andujar habitó a lo largo de su agitada vida: Suiza, su país natal, Transilvania, que la vió crecer o Nueva York donde se formó; la artista encontró en São Paulo su refugio en el mundo para encontrarse como persona y desarrollar su carrera como fotoperiodista.
Su otro gran descubrimiento personal y profesional fue la fotografía. Pudo haberse convertido en pintora abstracta, inspirada por los trazos del pintor informalista Nicolas de Staël, pero descubrió en las imágenes la mejor herramienta para documentar su compromiso con las comunidades indígenas brasileñas.
Aunque en nuestro país pudimos asomarnos al trabajo de la fotógrafa en dos ediciones de PHoto España, en 1999 y en 2012, ahora el Centro de Fotografía KBr de la Fundación MAPFRE en Barcelona le dedica una gran retrospectiva.

Se trata de la muestra más amplia dedicada hasta la fecha a la fotógrafa, que desde la década de los 70 convirtió la protección y defensa de los Yanomami, uno de los grupos indígenas más grandes y amenazados en Brasil, en su particular misión de vida.
“Estoy conectada con el pueblo indígena, con la tierra, con una lucha esencial. Todo esto me conmueve profundamente. Todo parece necesario (…). Quizás siempre busqué la razón de la vida en esa esencialidad; y por eso llegué a la selva amazónica, de modo intuitivo, mientras me buscaba a mí misma”, explica Claudia Andujar.

Además de alrededor de 200 fotografías, la exposición incluye una serie de dibujos realizados por el pueblo Yanomami, así como libros, proyecciones audiovisuales y documentos que recogen la trayectoria de la artista desde sus inicios como fotorreportera en la publicación Realidade.
Fue en Realidade donde publicó, entre 1966 y 1971, diversos fotorreportajes sobre grupos marginales: inmigrantes, homosexuales, toxicómanos... y también retrata por primera vez para las páginas de esta revista las costumbres de los Yanomami.
En mitad de la selva amazónica, la fotógrafa se topó con esta enigmática comunidad indígena tan asombrosa como vulnerable, de la quedó inmediatamente prendada.

En un principio se aproximó a los aborígenes desde una perspectiva documental, casi etnográfica, pero a medida que se ganaba la confianza de los nativos, sus tomas adquirieron un cariz más personal, libre de encorsetamientos estéticos. Experimentó con varias técnicas, uniendo arte y compromiso, como la película infrarroja o la aplicación de vaselina a los bordes del objetivo para dar sensación de movimiento.
A lo largo de dos décadas Andujar se convirtió en una más de la comunidad, siendo la encargada de registrar con película fotográfica ese universo mágico y misterioso, revelando lo que hasta entonces era invisible para los ojos de todos aquellos ajenos a la comunidad.

Documentó así la cotidianidad del pueblo: las familias conviviendo en sus yanos (las chozas comunitarias que agrupa a decenas de familias), los jóvenes bañándose en el río, los rituales funerarios, las costumbres ancestrales, los chamanes en pleno éxtasis alucinógeno… a través de sus instantáneas aprendió a comprender la sintonía de esta comunidad con la naturaleza, con el cosmos y con unos valores que la civilización occidental había devaluado y denostado.

La fotógrafa, no obstante, no sólo desempeñó una labor documentalista. La presión derivada por el desarrollo económico de Brasil inicia un paulatino y dramático proceso de destrucción y aculturación de la comunidad Yanomami, lo que empuja a Andujar al activismo.
Sus series fotográficas se pusieron entonces al servicio de la denuncia de la explotación de los recursos naturales del Amazonas, la esclavitud laboral de los indígenas, la mendicidad, la prostitución y las epidemias provocadas por la alteración del ecosistema.

Con su valioso testimonio fotográfico Claudia Andujar consigue preservar fragmentos de vida de un mundo que se extingue inexorablemente ante la impasible mirada de la sociedad occidental.