La conocí en Tinder, un relato sobre dos cuerpos y dos almas

La conocí en Tinder, un relato sobre dos cuerpos y dos almas

Compartimos un relato de Hugo Heck, un escritor nacido en Hurlingham, provincia de Buenos Aires, Argentina, en el año 1978.

Los tiempos actuales reflejan una tensión entre la tecnología de citas y la búsqueda de conexiones más profundas y significativas, que tradicionalmente se asocian con el alma o el espíritu humano.

Fotografía de Martina Matencio.

Tinder, como una de las aplicaciones de citas más populares, representa una forma de conocer personas basada en criterios rápidos y superficiales, como la apariencia física y la proximidad geográfica.

Este enfoque contrasta con la idea de conexiones más profundas, que involucran aspectos como la compatibilidad emocional, intelectual y espiritual. Aunque muchas veces, es esta misma tecnología es la puerta más accesible para el amor real. 

Fotografía de Martina Matencio.

Relato de Hugo Heck:

"La conocí en Tinder. Nos encontramos en un bar en la Capital. Ella era morocha, hermosa, con las tetas ajustadas y tatuajes que delineaban su piel de manera casi perfecta. No podía creer que era real, y mucho menos que habíamos hecho match. Pedimos una birra y, como mandan los códigos no escritos, empecé con el clásico "¿dónde trabajás?". Apenas terminé de pronunciar la frase, me cortó en seco.

"Qué aburrido", dijo con una media sonrisa que mezclaba burla y hastío. "Ahorrémonos el protocolo de seducción y vamos directo al nudo". "¿Y cuál es el nudo?", pregunté, ya un poco malhumorado por su respuesta directa. Con un tono desafiante, me miró a los ojos y respondió: "Coger". Me sorprendió su franqueza, pero no me hice el difícil: "Dale, me gusta", contesté al toque.

Fuimos a mi departamento, que quedaba cerca; vivía solo. En el auto, me soltó algo extraño, algo que en ese momento dejé pasar, pero que me asustó un poco. "Si cogemos rico, me quedo con tu alma", dijo, mirándome de reojo con una media sonrisa. Llegamos, le preparé un Martini Rosé, y le encantó. Puse algo de música suave, Norah Jones, para relajar el ambiente.

Sin más preámbulos, se desnudó y me pidió que hiciera lo mismo. Todo se sentía muy frío, casi mecánico, pero cuando se subió, se encendió con una furia que no había esperado. Cabalgó con intensidad, mordiéndome y rasguñandome con un frenesí que hacía tiempo no experimentaba. Me hizo acabar fuerte, como pocas veces antes. Fue intenso, pero al mismo tiempo, me dejó con una sensación extraña, como si algo no encaja del todo.

Después, se levantó, se vistió sin mucha ceremonia, y me soltó antes de irse: "No merecés mi infierno". Cerró la puerta tras de sí, y yo me quedé ahí, en silencio, con la sensación de un nuevo rechazo para agregar a la lista de las tantas diablas que me usaron. Me quedé pensando en sus palabras, en esa promesa de quedarse con mi alma, y no pude evitar preguntarme si, de alguna manera, ya lo había hecho".

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