Un reciente artículo del periodista Joel Gouveia ha reabierto uno de los debates más interesantes de la industria cultural contemporánea: si el modelo de streaming musical, convertido durante la última década en el centro absoluto del consumo de música, está empezando a mostrar síntomas de agotamiento estructural.
El texto nace a partir de un episodio del podcast Founders, del divulgador y empresario David Senra, centrado en la figura de Jimmy Iovine. Una figura decisiva para entender la conexión entre música y tecnología durante las últimas décadas. Iovine es, posiblemente, uno de los puentes vivos más importantes entre ambas industrias. Cofundó Interscope Records, creó Beats by Dre y posteriormente vendió la compañía a Apple por 3.000 millones de dólares, participando después en el desarrollo de Apple Music. En medio de esa conversación apareció una idea que funciona casi como detonante de todo el análisis: «los servicios de streaming están a minutos de quedar obsoletos».
Lejos de presentar esta idea como una provocación aislada, Joel Gouveia desarrolla una reflexión amplia sobre las fragilidades del ecosistema musical actual y sobre la transformación silenciosa que podría estar viviendo la relación entre artistas, plataformas y público.
Uno de los principales ejes del análisis se centra en la pérdida de control de la industria musical sobre los llamados «medios de consumo». El artículo recuerda cómo, durante gran parte del siglo XX, compañías como Sony, Philips o RCA no solo gestionaban artistas y catálogos, sino también los propios formatos físicos y dispositivos de reproducción: vinilos, casetes, CDs o reproductores portátiles.
Esa situación ha cambiado radicalmente. Hoy las grandes discográficas dependen de plataformas tecnológicas externas para distribuir su contenido, mientras empresas como Spotify, Apple o Amazon concentran los datos de escucha, los algoritmos de recomendación y la relación directa con los usuarios.
A partir de esta transformación, el artículo plantea la idea de que la música habría dejado de percibirse como un producto diferenciado para convertirse en una infraestructura de acceso permanente.
Mientras plataformas audiovisuales como Netflix, HBO Max o Disney+ compiten a través de contenidos exclusivos capaces de definir por sí solos una suscripción, en el streaming musical prácticamente todos ofrecen exactamente lo mismo: una biblioteca de más de cien millones de canciones. Esa ausencia de diferenciación, según plantea Iovine, convierte la música un suministro constante e intercambiable. Como el agua corriente o la electricidad, la música pasa a estar siempre disponible, integrada de forma invisible en la vida cotidiana. Cuando la música se trata como un servicio básico, el consumidor la devalúa inconscientemente.
El análisis también se detiene en la fragilidad económica del sistema. A diferencia de otras grandes plataformas tecnológicas, los servicios de streaming musical operan con márgenes especialmente limitados, ya que una gran parte de sus ingresos debe destinarse constantemente al pago de derechos musicales. Gouveia desliza incluso una idea que sobrevuela buena parte del sector: que se trata de un modelo del que prácticamente todos dependen, pero que muy pocos parecen considerar realmente satisfactorio para artistas, sellos o industria.
Según recoge el artículo, esta fragilidad explica también por qué el modelo parece funcionar con mayor comodidad para gigantes tecnológicos como Apple, Amazon o Google, compañías que no necesitan que sus plataformas musicales sean rentables por sí mismas. Amazon utiliza la música como parte del entorno de Prime; Apple la integra dentro de una maquinaria mucho más amplia orientada a reforzar el valor de sus dispositivos y servicios.
Dentro de esa lógica, el texto señala además las consecuencias del modelo de reparto prorrateado , mediante el cual las cuotas de suscripción de todos los usuarios se agrupan en un fondo común que después se distribuye según el volumen total de reproducciones de la plataforma. Según el análisis de Gouveia, esta dinámica contribuye a concentrar todavía más los ingresos alrededor de las grandes superestrellas, debilitando progresivamente a la llamada «clase media» musical.
Pero quizá una de las reflexiones más interesantes del artículo aparece en torno a la relación entre artistas y audiencia.
Iovine sostiene que las plataformas de streaming han fracasado en la construcción de verdaderos espacios culturales y comunitarios. Aunque facilitan el acceso masivo a la música, limitan al mismo tiempo la posibilidad de que los artistas desarrollen una relación directa con sus seguidores, ya que los datos, la comunicación y la experiencia de usuario permanecen dentro de la propia plataforma.
El artículo interpreta esta situación como un modelo donde el vínculo principal no se produce entre músico y fan, sino entre usuario y plataforma.
Frente a este escenario, el texto apunta hacia una posible transformación del panorama musical: el paso de la «audiencia masiva» a las «microcomunidades». Más allá de perseguir únicamente cifras millonarias de reproducciones, algunos artistas estarían comenzando a construir modelos basados en comunidades reducidas pero altamente comprometidas, apoyadas en newsletters, espacios privados, merchandising, formatos físicos o experiencias en directo.
Lejos de anunciar un final inmediato del streaming, el artículo plantea más bien un cambio de paradigma. Una transición donde el valor de la música ya no dependería exclusivamente de la acumulación infinita de escuchas, sino de la capacidad de generar pertenencia, vínculo y relaciones sostenidas en el tiempo.
Substack: Joel Gouveia
