«Artes de la tierra». Una exposición en el Museo Guggenheim de Bilbao

«Artes de la tierra». Una exposición en el Museo Guggenheim de Bilbao

La exposición Artes de la Tierra (del 5 de diciembre de 2025 al 3 de mayo de 2026) es una de esas propuestas a las que uno entra con curiosidad y sale con la sensación de que algo se ha desplazado por dentro, planteando preguntas cuyas respuestas están más en las entrañas que en el cerebro.

Bilbao es una de nuestras ciudades predilectas. Volver implica disfrutar de un lugar en el que han conseguido que la arquitectura, el paisaje y la cultura estén en comunión. Y el Museo Guggenheim Bilbao es el espacio al que acudir para ver arte, pero, sobre todo, para pensar desde él.

Es el caso de la exposición Artes de la Tierra, patrocinada por Iberdrola, en la que se propone una relectura de cómo el arte ha ido transformándose en las últimas décadas, a medida que la crisis medioambiental dejaba de ser un concepto abstracto para convertirse en una evidencia cotidiana. Una cartografía amplia y diversa de artistas, materiales, procesos y gestos que comparten la conciencia de que trabajar con la tierra hoy implica hacerlo con cuidado, con respeto y con responsabilidad.

Una de las cosas que más nos llama la atención es que muchas de las obras que encontramos en Artes de la Tierra aceptan e incluso reivindican su carácter efímero. Piezas que se degradan, que dependen de los ecosistemas de los que proceden y a los que regresarán. Frente a la obsesión histórica del arte por la permanencia, aquí se abre paso una economía circular del hacer artístico, donde los materiales tienen el mismo peso que la creatividad.

Unghia e foglie di alloro", Giuseppe Penone. Foto: Alex Yudzon.
Unghia e foglie di alloro", Giuseppe Penone. Foto: Alex Yudzon.

Comenzamos el recorrido por la exposición en la Sala 205, y la sensación inicial es que nada de lo que vemos reclama durar más de lo necesario. Es una primera toma de contacto que marca el tono de toda la muestra.

Las obras reunidas en esta sala nacen, en su mayoría, a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando muchos artistas, desde lugares y culturas muy distintas, empezaron a percibir que algo estaba cambiando de forma irreversible. Antes de que el cambio climático se convirtiera en un término habitual, estas prácticas ya hablaban de desequilibrio, de pérdida, de una relación con la tierra que había dejado de ser inocente.

Michelle Stuart, Extintas (Extinct), 1992. 42 plantas/semillas, impresión manual sobre papel de arroz y pino.
Michelle Stuart, Extintas (Extinct), 1992. 42 plantas/semillas, impresión manual sobre papel de arroz y pino.

Aquí aparecen piezas que tienden a disolverse en el entorno, a confundirse con él, a desaparecer poco a poco. Obras que se entienden como gestos hechos con y desde la tierra, a veces con el propio cuerpo como herramienta. Algunas de estas obras, aunque históricas, han sido producidas de nuevo para esta exposición con materiales locales, apenas unos días antes de la inauguración.

Lo que une las obras que nos encontramos en este espacio es una manera de entender el arte como un cruce entre conocimiento y ritual. Botánica, biología y espiritualidad aparecen entrelazadas, recordándonos que durante mucho tiempo esas disciplinas no estuvieron separadas. En esta sala, Artes de la Tierra plantea ya una de sus ideas centrales: volver a formar parte de la naturaleza, sin necesidad de dominarla o representarla.

Al pasar a la Sala 206, sentimos cómo el espacio cambia de forma radical. La intervención de la artista Delcy Morelos ocupa la sala entera y borra cualquier límite claro entre lo escultórico y lo arquitectónico, introduciéndonos en un entorno que nos envuelve.

La experiencia es sensorial, casi física, y se extiende más allá de esta sala, como si su presencia se expandiera hacia el resto del museo. El suelo, las paredes y el aire parecen impregnados por una mezcla de tierra, arcilla, heno, canela y clavo.

Delcy Morelos. Bruja (Sorgin), 2025. Tierra y barro sobre estructura de madera. Dimensiones variables.
Delcy Morelos. Bruja (Sorgin), 2025. Tierra y barro sobre estructura de madera. Dimensiones variables.

La instalación, titulada Sorgin (bruja en euskera), evoca la sabiduría ancestral de las mujeres del País Vasco: matronas, sanadoras, conocedoras de plantas medicinales, figuras capaces de dialogar con árboles, montes y ciclos naturales. Saberes transmitidos de generación en generación que, durante siglos, despertaron miedo y fueron perseguidos por salirse de los márgenes impuestos por la sociedad católica dominante.

En la Sala 207, el museo se convierte en un lugar de cuidado y de atención, donde observar una planta crecer es también una manera de repensar nuestra relación con el entorno y con los ritmos que lo hacen posible.

Las composiciones alojadas en esta sala funcionan como lugares de observación, como pequeñas ventanas abiertas a los procesos que sostienen la vida. Árboles y plantas crecen lentamente, recordándonos que no hay desarrollo sin interacción. El Guggenheim se adapta para acoger esta flora: la luz, la temperatura y la humedad se regulan para que las especies vivas puedan habitar el espacio en las mejores condiciones posibles.

Isa Melsheimer. Wardian Case, 2023. Vidrio, tierra, semillas y plantas (vista de instalación).
Isa Melsheimer. Wardian Case, 2023. Vidrio, tierra, semillas y plantas (vista de instalación).

Este espacio pone en evidencia también algo que el mundo industrial ha ido separando con el tiempo: el origen común de cultura y agricultura.

La exposición no concede tregua a la reflexión. Llegamos a la Sala 209 y la atención se dirige de forma directa al suelo como materia activa. Barro, arena, serrín, maleza… vemois reunidos múltiples estados de la tierra y también combinaciones inesperadas, donde lo natural convive con restos del mundo industrial.

Muchas de las obras aquí presentes no responden a una forma cerrada ni a una decisión previa del artista. Al contrario, surgen de dinámicas colaborativas en las que los materiales, el entorno y el paso del tiempo tienen tanto peso como la intención inicial. La tierra actúa, responde, modifica. El resultado es siempre provisional, abierto, atento a lo que ocurre en cada momento.

Frederick Ebenezer Okai. Mariposa I (Butterfly I), 2022. Vasija de barro, malla de alambre soldada, luz y horno de leña encendido.
Frederick Ebenezer Okai. Mariposa I (Butterfly I), 2022. Vasija de barro, malla de alambre soldada, luz y horno de leña encendido.

Algunas de estas prácticas están profundamente vinculadas al paisaje cercano. Se utilizan lodos y arcillas de los bosques de Bizkaia o de la ría del Nervión, materiales extraídos muy cerca del museo, que traen consigo la memoria del territorio.

Estas formas de trabajar resuenan con prácticas ancestrales desarrolladas por comunidades indígenas en distintas partes del mundo. Para ellas, la creación artística es una manera de renovar constantemente los lazos afectivos y materiales con la tierra.

El recorrido nos lleva finalmente a las salas 201 y 203. Aquí, Artes de la Tierra se abre de lleno a las realidades complejas de la era posindustrial, a eso que llamamos Antropoceno.

¿Qué hemos hecho con el mundo que habitamos? Esta pregunta nos acompaña. Las estrategias de remediación del desequilibrio ecológico pasan necesariamente por revisar las prácticas modernas y reconocer sus daños. Celebramos que la exposición proponga diálogos entre saberes antiguos y nuevas formas de conocimiento, entre lo ancestral, la innovación y el activismo contemporáneo.

Sumayya Vally. Granos del Paraiso (Grains of Paradise), 2024. Canoa de madera con revestimiento pintado.
Sumayya Vally. Granos del Paraiso (Grains of Paradise), 2024. Canoa de madera con revestimiento pintado.

Aperos y artefactos procedentes del País Vasco y de otras tradiciones agrarias de la Península Ibérica conviven con expresiones de comunidades indígenas, como las amazónicas, que hoy luchan por la continuidad de su existencia. Sus modos de vida han sostenido durante siglos biotopos fértiles y resilientes, capaces de resistir el paso del tiempo y las catástrofes.

Estas salas también presentan nuevas configuraciones situadas entre el arte, la arquitectura y la agro-botánica. La ingeniería experimental y las hipótesis constructivas intentan, desde distintos frentes, invertir una relación de poder demasiado prolongada entre progreso técnico e interés planetario. Aquí, al final del recorrido, llegamos a la conclusión de que Artes de la Tierra nos invita a pensar desde otro lugar. A reconocer que el futuro pasa menos por producir más y más rápido que por aprender a relacionarnos de otro modo con la tierra que pisamos.

El Museo Guggenheim siempre nos recuerda por qué merece la pena volver. Es ese lugar que nos ayuda, una y otra vez, a mirar de otra manera.
Artes de la Tierra deja una huella duradera en quien la visita. Siguió acompañándonos por las calles de Bilbao, con la certeza de haber asistido a algo irrepetible y necesario, y con la sensación íntima de que el arte todavía puede ser un espacio desde el que escuchar mejor al mundo.

Artes de la tierra

Del 5 de diciembre de 2025 al 3 de mayo de 2026
Museo Guggenheim de Bilbao

Gracias a Iberdrola

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