Una de las máximas que se nos ha inculcado a través de nuestra educación heteropatriarcal es que los hombres no lloran. Nunca hubo una mentira más cruel.
Durante siglos, a hombres y mujeres se les han impuesto unos roles socio-afectivos que han generado peligrosas y absurdas brechas entre géneros y aunque las gran perjudicadas siempre han sido ellas, también es cierto que los hombres han sufrido las consecuencias de la masculinidad tóxica.

Para muchas personas, el grado de virilidad de un individuo siempre ha sido inversamente proporcional a su grado de sensibilidad. En otras palabras, cuanto más insensible eres, más "hombre" puedes considerarte.
Desde pequeños nos han dicho que llorar es de débiles y que si alguna vez sucumbimos a esa debilidad, debemos llevar a cabo nuestro vergonzoso acto en la intimidad. También, si se da el caso de que no podemos reprimirlo en público, debemos disfrazar nuestros sentimientos de rabia o impotencia.




De estas creencias culturales, que muchos han transformado en verdades universales, surge la serie fotográfica Crying Men (realizada entre los años 2002 y 2004) de la fotógrafa, directora de cine y artista visual británica Sam Taylor-Johnson.
Como ella misma cuenta, la idea de llevar a cabo estos poderosos retratos llenos de rostros conocidos surgió durante una cena en la que escuchó pronunciar la siguiente frase: Women cry and men get angry (Las mujeres lloran y los hombres se enfadan).


Ante esta absurda opinión, Taylor-Johnson decidió responder con un proyecto fotográfico en el que participaron grandes actores como Benicio del Toro, Daniel Craig y los ya fallecidos Robin Williams y Philip Seymour Hoffman.
“Algunos de esos hombres lloraron incluso antes de que terminara de cargar mi cámara de fotos, aunque a otros les resultó muy difícil”, comenta la fotógrafa.



Las fotografías de Taylor-Johnson no sólo nos emocionan, sino que nos invitan a pensar en que ojalá en un mundo futuro, no existan hombres a los que les resulte difícil llorar.
Sam Taylor Johnson: Instagram