Las llamas han dejado tras de sí un escenario devastador en Galicia y Castilla y León. Desde el aire, las imágenes muestran con crudeza la magnitud de la catástrofe: montañas ennegrecidas, horizontes convertidos en ceniza y pueblos enteros marcados para siempre.
Nos hacemos eco del trabajo publicado por Greenpeace, que documenta desde el aire el impacto de los incendios forestales que han devastado parte del territorio español.
Estas imágenes son una llamada urgente a dejar a un lado los discursos huecos y a construir una gestión forestal efectiva. El clima ya nos ha puesto contra las cuerdas, y no queda espacio para mirar hacia otro lado.
2025 ya se cuenta entre los peores años de la historia reciente, con cerca de 400.000 hectáreas quemadas. No se trata solo de naturaleza perdida, sino también de patrimonio, de hogares y de vidas truncadas.
El fuego alcanzó lugares que parecían intocables, como la cima de Peña Trevinca, el punto más alto de Galicia y Zamora, y se extendió hasta parajes de valor histórico como Las Médulas, Patrimonio de la Humanidad. En San Vicente de Leira, el incendio arrasó 60 viviendas, 15 de ellas hogares habituales. El golpe, además de humano, ha sido económico: la destrucción de más de 7.700 hectáreas de cultivos y pastos supone un mazazo para la agricultura y para quienes dependen directamente del campo.
Las consecuencias se han sentido también en las comunicaciones: la autovía A-52, que une Pontevedra, Ourense y Zamora, permaneció cortada durante días y con ella el ferrocarril, dejando aisladas a miles de personas en pleno verano. Patrimonio en riesgo, economía herida, familias destrozadas: el incendio no distingue objetivos, lo arrasa todo.
Estas imágenes no deberían quedar relegadas a la memoria de un verano más. Reflejan la urgencia de afrontar una emergencia climática que no admite excusas. Durante años se ha perpetuado el abandono de los montes y la falta de gestión forestal, un caldo de cultivo perfecto para que el fuego avance sin control.
La lección es clara: sin prevención, sin cuidado y sin una gestión activa del territorio, el coste de cada nueva ola de incendios será todavía mayor. No hablamos de cifras o estadísticas, hablamos del futuro de nuestros bosques, de nuestras casas y de nuestras vidas.
La implicación de todos es necesaria para exigir que estas soluciones se hagan realidad.
