Si hay algo que despierta nuestros instintos más primarios, que hace que actuemos como si no hubiera un mañana, que nos lleva a beber como si tuviéramos un hijo en la cárcel o desarrolla nuestro lado más bochornosamente descarado, eso es una despedida de soltero; si sois de los que sufrís ese absurdo sentimiento llamado verguenza ajena, no sigáis leyendo, si os va la party hard destroyer, continuad.

Blackpool es una localidad en Inglaterra que es como el Benidorm inglés; popular por sus despedidas de soltero y sus fiestas 24x7, sus calles se han convertido en el contínuo desfile de un parque de atracciones sexuales aderezadas por alcohol y químicos de todas clases.
Un festín inagotable de imágenes bizarras y kistch que son todo un placer para la lente de la fotógrafa Dougie Wallace.



El trabajo de Wallace se centra en captar la euforia y el desnfreno que causan las noche previas que hay a dar el paso definitivo a la monogamia y la fidelidad hasta que la muerte nos separe, si no morimos en el intento.




Calles infestadas (e infectadas) de gente que visten las galas más sexis y baratas que han encontrado en el chino de sus barrios, disfraces que harían las delicias de John Waters o Aramis Fuster y complementos de sex shop proporcionan estampas propias del mejor vídeo de Katy Perry.





De día o de noche, no importa la hora, el material grotesco que Wallace captura con su cámara está en cualquier rincon de la localidad; las playas, los pubs, los bares o los sitios de comida rápida parecen el plató de un mashup entre "The Rocky Horror Picture Show" y un capítulo de "Walking Dead".







Esperamos que os divirtáis tanto como nosotros con estas escenas llenas de esa realidad que no percibimos como tal cuando estamos on fire; que el fin del mundo nos pille bailando.







