Ilustraciones con apariencia futurista descifran los espacios humanos a través de una visión lineal que descompone la realidad.
Uminga pasea por la ciudad nocturna para reencontrarse consigo mismo. Escucha la radio y camina, sin rumbo fijo, viviendo el momento en primera persona mientras deja volar sus pensamientos y da alas a su imaginación. No busca la inspiración, le espera en cada rincón de cada calle.
Lo cotidiano de la sociedad al aire libre le da ideas. Un edificio, un paso de peatones, un semáforo prohibiendo el paso, un estanque en mitad de un parque, todo tiene un desorden y un equilibrio en su mente. Al interactuar con ello, las posibilidades fluyen y las obras, una a una, aparecen de la nada en su cabeza. A partir de ese momento, ‘solo’ tiene que enfrentarse al temible espacio en blanco y traducir su pensamiento en formas y colores.
Su trabajo es pura geometría. Apila cientos de capas para crear paisajes vibrantes, tanto urbanos como naturales, que llegan a la retina como una explosión de color. Juega con las gamas, con las estructuras superpuestas, con las soledades de un individuo perdido entre los edificios y crea atmósferas que pesan sobre suelos de tierra y asfalto.
Edificios que se levantan de sus cimientos como si fueran estalagmitas; un paraje natural con montañas triangulares que cortan el cielo a tijeretazos; una lluvia de estrellas que quema un campo de rascacielos; así ve el mundo Uminga, o al menos, así es su mundo interior cuando lo saca a relucir fuera de sí. Con su obra, el autor nos permite imaginar paisajes urbanos desconocidos, y nos muestra, con intención de crítica o sin ella, un mundo de humanos donde las vidas se cuentan a miles y se organizan en colmenas prefabricadas sin personalidad.
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Por Adela M. Sevilla













