Al alarmante hilo de todas esas noticias que están surgiendo en torno a la IA, es inevitable pensar en qué hay detrás de el empeño por seguir creando cosas que van en detrimento de desarrollarnos en un entorno seguro y armonioso.
También, es inevitable pensar en que la realidad está empezando a superar a ficciones de corte apocalíptico y distópico que están dejando de ser simples mundos imaginarios. Por ejemplo, la famosa novela de ciencia ficción de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? que inspiró Blade Runner, o cintas y series como La rebelión de las máquinas, Yo, robot, Westworld o Terminator podrían llegar a ser escenarios reales de un futuro más cercano que lejano.
En los últimos años, hay muchas voces expertas que se están alzando para afirmar que los avances en el campo de las inteligencias artificiales están yendo a un ritmo vertiginoso y que además, tienen el potencial de transformar los patrones sociales y económicos en algo que puede ser incontrolable y totalmente desconocido para todos y todas.

Los primeros temores surgieron en torno al entorno laboral, con respecto a todas las profesiones que podrían desaparecer. Si las autoridades competentes no regulan el uso de la IA, millones de puestos de trabajo podrían acabar siendo desempeñados por máquinas.
En El Economista (citamos textualmente), aseguran que «muchos y muchas no sabemos que dentro del concepto de Inteligencia Artificial hay bastantes modelos distintos, y uno en los que más se está trabajando es en la Inteligencia Artificial General (AGI), que es un tipo hipotético de IA que posee la capacidad de comprender, aprender y aplicar conocimientos en cualquier tarea intelectual que un ser humano pueda realizar.
Lo cierto es que todavía no se ha diseñado un modelo de AGI funcional como se espera que sea, pero podemos estar seguros que más pronto que tarde alcanzaremos a desarrollarla. De hecho, desde OpenAI, empresa matriz de ChatGPT, han presentado GPDval, un test que evalúa lo cerca que está la IA actual de convertirse en AGI.
Este examen hace el cálculo en base a la cantidad de trabajos en los que la IA ya supera a los humanos. En este examen ponen a prueba hasta 44 profesiones de nueve sectores diferentes como farmacéuticos, periodistas, abogados, programadores, asistentes sociales, vendedores y creativos, entre otros.

Según los resultados publicados por la compañía, la IA ya nos iguala o supera en el 49% de las 44 profesiones estudiadas, aunque no todas las IA tienen estas capacidades, y curiosamente ChatGPT tampoco es la más avanzada en este aspecto, sino que es la IA de Claude de la empresa Anthropic.
Los resultados muestran que la versión más avanzada de ChatGPT, Gpt-5-high ha quedado en segunda posición, pudiendo realizar un 40,6% de las tareas, mientras que Gemini (Google) cae a un 24,1% y Grok (X) a un 23,4%.
Lo cierto es que tampoco sabemos muy bien qué validez le podemos dar a esta evaluación, debido a que OpenAI no explica a qué pruebas sometió a las IA. Desde la compañía creadora de ChatGPT indican que seguirán mejorando este test para ser más preciso y poder analizar mejor las capacidades de la IA, que según ellos, por ahora tan solo está al 50% de su proceso para poder sustituirnos a todos».
El futuro laboral próspero parecía que podría quedar relegado a esas profesiones que sólo pudieran realizarse con las manos y ya ni tan siquiera. Por ejemplo, en el sector de la carpintería, desde hace años existe maquinaria capaz de cortar, labrar y esculpir con una precisión que jamás tendría el humano. Hasta en el mundo de la cirugía, desde el año 2000, opera el sistema quirúrgico Da Vinci. Por no hablar de las impresoras 3D y otros avances del estilo. Aún así, seguimos fieles al empeño de generar tecnologías que más que ayudarnos, podría sustituirnos.
El debate generado por la IA, ha hecho que también proliferen detractores y detractoras que se acogen a que este tipo de tecnología jamás podrá brillar en campos creativos por carecer de la esencia y el alma humanos. De nuevo, este hecho sería cuestionable debido a las posibilidades que la IA ofrece.
Según el diario El Mundo (citamos textualmente) «la IA ya está sacudiendo la industria editorial casi cada mes lo que ha llevado a un colapso estrepitoso de grandes acuerdos editoriales por sospechas sobre el uso de IA y las verdaderas naturalezas de las autorías. Peligra la relación entre escritores y editoriales y la supervivencia a largo plazo del sector, y nadie parece ponerse de acuerdo sobre quién debe asumir la responsabilidad de resolver el problema, ni siquiera sobre hasta qué punto supone un verdadero problema».

Pero estos problemas que plantea el uso descontrolado de la IA, parecen broma al lado de los que exponen esas decenas de investigadores, directivos y expertos que abandonaron OpenAI, Google o Anthropic y han alertado en los últimos años de fallos de seguridad, usos militares y sistemas cada vez más difíciles de controlar por estas compañías.
Zora Vance, una creadora de contenido enfocado en la Inteligencia Artificial, recientemente publicaba en su perfil de Instagram un post protagonizado por un discurso de Geoffrey Hinton, uno de los pioneros de la IA moderna que fue galardonado con el Premio Nobel en 2024 por su trabajo en redes neuronales.
Hinton es a menudo conocido como el padrino de la IA por haber codesarrollado el algoritmo de retropropagación en la década de 1980, el cual sentó las bases de los sistemas actuales de aprendizaje profundo (deep learning).
Hasta 2023, trabajó en Google, donde ayudó a liderar la investigación en IA. Dejó la empresa para poder hablar libremente sobre los riesgos que, a su juicio, plantea actualmente la IA.
En su discurso de aceptación del Nobel, Hinton advirtió que la IA ya no es solo una herramienta para el progreso. Señaló que ya está causando daños al crear cámaras de eco en línea, permitir a los gobiernos realizar vigilancia masiva y ayudar a los delincuentes a llevar a cabo estafas de phishing a escala mundial.

Fue más allá al afirmar que la IA podría utilizarse pronto para crear nuevos virus o armas autónomas capaces de elegir sus propios objetivos. Sin embargo, la preocupación más grave, según Hinton, es que estamos en camino de crear seres digitales más inteligentes que los humanos. Afirmó que todavía no tenemos idea de si seremos capaces de controlarlos.
Y si son creados por empresas que priorizan los beneficios a corto plazo, la seguridad pública no será la principal preocupación. Hinton hizo un llamamiento a los gobiernos y a las instituciones internacionales para que actúen con urgencia. Estos riesgos, dijo, ya no son ciencia ficción.
En otras fuentes como El País (citamos textualmente), la periodista Patricia Fernández de Lis informa sobre que «dentro de la compañía Anthropic, hay una palabra que circula entre pasillos y chats y que, hasta hace unos días, nunca había salido de ahí: crunch time, hora de la verdad. Los empleados la usan, según ha contado uno de ellos, para referirse a un plazo muy concreto: el año o los dos años que quedan, calculan, antes de que se decida si la inteligencia artificial que están construyendo se les va de las manos.
La otra palabra que circula es más corta y más antigua en la jerga de Silicon Valley, pero aquí ha adquirido un significado distinto: endgame, la partida final.

La persona que ha sacado esas dos palabras a la luz pública se llama Jacob Coxon, tiene 27 años y hasta el 8 de septiembre trabajaba en Anthropic entrenando los modelos que hoy, reconoce, le dan miedo. No es el primero en irse de una gran empresa de inteligencia artificial advirtiendo públicamente de sus riesgos.
Antes que él lo hicieron al menos una decena más de empleados de OpenAI, Anthropic y Google, entre ellos, el ya mencionado Geoffrey Hinton, una miembro del consejo de administración de una de esas empresas, media docena de investigadores de seguridad y, más recientemente, personas que ni siquiera trabajaban en alineamiento, ese concepto difuso que utilizan estas compañías para asegurar que sus modelos de IA actúan de forma beneficiosa para la humanidad.
Este verano, en cuestión de semanas, las mayores compañías de inteligencia artificial (IA) han anunciado, una tras otra, que habían sorprendido a sus modelos haciendo cosas que nadie les había pedido, incluso que les habían prohibido: han entrado en sistemas de otras empresas, se han organizado en enjambres, tal y como los describen sus creadores, han compartido información, han delatado a otras IAs y han mentido para tapar sus huellas.
El incidente de este verano en el que varias IAs parecieron rebelarse y tomar el control ha sido el detonante de varias dimisiones posteriores y de una carta en la que más de 1.300 empleados de compañías de IA piden detener urgentemente esta carrera».

Aún así, en medio de esta oleada de noticias y hechos que ponen los pelos de punta, hay otras voces que se alzan advirtiendo que el trasfondo de toda esta información desasosegante y amenazadora es el de siempre: el dinero. Así lo aseguraba hace unos días, Carlos Castillo, periodista especializado en derechos digitales, en el programa de radio Carne Cruda.
Explicaba que en un sistema capitalista liderado por los de siempre con Estados Unidos en cabeza, el país norteamericano era el principal interesado en difundir este estado de alarma y en aconsejar que se finalizara el desarrollo de las tecnologías de IA para frenar el mercado de China que está llevando a cabo más avances a un menor coste generando una competencia imbatible.
Es difícil saber qué pensar ante tanta información contradictoria y sesgada, pero de lo que estamos seguros es de que preguntarle a ChatGPT al respecto, no va a ser nuestra opción.