Las dificultades para acceder a una vivienda comprometen también esa posibilidad de construir una vida propia. La acampada por la vivienda de Barcelona que fotografía Jordi Flores convierte esa necesidad en una reclamación colectiva, con los jóvenes como protagonistas de una protesta que pide leyes que garanticen el derecho a un hogar.
De esa intimidad parte Jordi Flores para acercarse, con fotografías y palabras, a los jóvenes de una acampada por el derecho a la vivienda en Barcelona. El hogar, con sus rutinas y sus afectos, se encuentra aquí con la calle.

«Que casa meva és casa vostra, si és que hi ha cases d'algú».
Jaume Sisa
La frase de Sisa invita a entrar y, de paso, deja una pregunta incómoda: ¿de quién son las casas? Podemos reconocer la nuestra por el ruido de una puerta, por dónde están los vasos, por esa forma de caminar a oscuras sin tropezar. Pertenecer a un lugar tiene mucho de ese conocimiento menudo. Pero sentirse en casa no basta para poder quedarse. Entre ambas cosas se abre el conflicto del que habla Flores.

En su texto hay comida, ducha, sexo, café por la mañana. Toallas y pasteles recién salidos del horno. También hay sitio para bailar desnudo, sin esconderse de nadie. Esa acumulación tiene algo de cajón abierto: caben el desorden, los placeres del cuerpo y las personas que han dejado huella.
Los hijos que se fueron, los padres que ya no están, las parejas, los amigos que entran y salen. Una casa contiene ausencias, además de muebles.
Por eso duele perderla. Hablar de vivienda atendiendo solo a superficies y precios deja fuera buena parte del asunto: dónde vas a descansar, a cuidar a alguien, a estar triste sin tener que dar explicaciones. Dónde vas a dejar tus cosas sin preguntarte cuándo tendrás que recogerlas. No son lujos. Tampoco debería hacer falta defenderlos como si lo fueran.

Flores sitúa su trabajo en el contexto de los jóvenes que se organizan en sindicatos y movilizaciones para exigir leyes que garanticen el derecho universal a la vivienda. La acampada de Barcelona forma parte de esa respuesta. Ante las dificultades para acceder a una casa, hay quienes se juntan y reclaman cambios.
Conviene no confundir esa capacidad de organizarse con una obligación de soportarlo todo: la solidaridad no exime a nadie de garantizar derechos.

Cristina, Ismael, Marta, Marisa, David, Vale, Isabella, Claudia, Aina y Uri son algunas de las personas que aparecen en las fotografías. Merece la pena detenerse en sus nombres. Son quienes dan cuerpo a una reivindicación que corre el riesgo de quedarse, para quienes la observan desde fuera, en una noticia sobre «los jóvenes». Cada nombre impide despachar tan fácilmente esa distancia.
Al final de su escrito, Flores les agradece que le hayan dejado entrar en sus casas, «aunque sean de tela», y formar parte de sus vidas durante un tiempo.

Esa gratitud importa. Habla de una intimidad a la que ha sido invitado, no de una que le perteneciera de antemano por llevar una cámara. También propone una manera de acercarnos a las fotografías: prestar atención a las personas, además de a la protesta.
Llamar casas a esas tiendas reconoce la vida que hay dentro. No vuelve deseable la precariedad ni hace de ella una aventura. Podemos admirar el compromiso de quienes las habitan sin olvidar por qué están ahí.





El mantel manchado, el café, el cajón lleno de papeles con los que empieza el texto son cosas pequeñas; poder conservarlas en un hogar no lo es.
Nadie debería tener que plantar una tienda en la calle para que le reconozcan el derecho a cerrar una puerta.
Jordi Flores: Instagram