Atención: esta es una lista de regalos imperfecta, humana, un poco punk y, quizás, un poco tierna. Recoge unas ideas de lo que podemos regalar a esa persona, planta, cuerpo etéreo o animal al que amamos profundamente.
Empezaré hablando de regalos que no se rompen y, sobre todo, que no nos rompen y que nos ayudan a pegar las grietas, como hacen los japoneses con los jarrones que vuelven a la vida después de estallar en mil pedazos.
Ese arte, esa terquedad hermosa de reconstruir lo roto con algo valioso, debería aplicarse también a las personas.
A nuestros vínculos.
En estos tiempos raros en los que casi todo parece frágil, nosotros seguimos aquí, buscando qué regalar, como un acto de rebeldía contra el mundo que habitamos.

Y entonces, sin más dilación, esta sería mi lista:
Te regalo un salvavidas, para cuando te dé por bajar el río Zambeze, sin miedo, sin plan y sin conocimiento.
Te regalo el lado de la ventanilla del avión, para que veas las auroras boreales o la ciudad bajo tus pies.
Mi cara fría, para que te pegues a ella cuando necesites calor.
Postales desde lugares que no existen y que un día escribirás o dibujarás en un libro de éxito mundial.
Te regalo una lectura de cartas que te confirme que todo va a salir bien.
Un viaje a Júpiter, por ahora figurado o desde algún simulador que nos haga creer que volamos.
Un billete de vuelta a casa, eso siempre.
Te regalo una noche entera bailando northern soul bajo el cielo de un viejo pub inglés.
Te regalo mis oídos, sin despistes, sin distracciones. Abiertos como las antenas que pilaban las señales extraterrestres en El Área 51.
Toda mi suerte, o al menos unas dosis de ella cuando a ti te haga falta un extra.
Te regalo mi plato estrella, tortilla con cosas y gazpacho que huele a infancia.
Te regalo acompañarte al médico y planear viajes en la sala de espera para espantar al miedo.
Te regalo tiempo, años de vida, que me quitaría para que tú pudieras vivir más. ¿Dónde se puede hacer esto?

Pero hay otro puñado de regalos que te haría sin dudar:
Unos patines para huir o para llegar.
Una montaña de chorradas que te hagan reír hasta que te duela mucho la barriga.
Una tarde en el cine que nos haga olvidar eso que nos sacude.
Regalar un “me quedo yo" vete a dar un paseo y respira"
Regalar un “paso a tu casa a por ti y nos echamos a las calles”.
Regalar un “aquí estoy”.
Regalar un “ahí te quedas”, cuando sea necesario.
Regalar una manta eléctrica para cuando el frío te cale los huesos y el alma.
Regalar humor absurdo cuando menos lo esperes, porque será cuando más lo necesites.
Regalar una visita todos los domingos y apretar tus manos bajo el brasero. Regalar un libro en blanco, cargado de futuro.

Un salvavidas, otra vez, esta vez para cuando te dé por lanzarte por otro río desbocado. Cederte la ventanilla del avión, una y otra vez. Una vuelta a casa, siempre, siempre. A tu casa, a nuestra casa.
Si alguien pregunta qué clase de lista es esta, puedo decir la verdad: Es una conspiración pequeña para cuidarnos como si fuéramos tesoros arqueológicos, un complot doméstico para no dejar que el mundo nos oxide.
Porque quizá este año no tenga grandes certezas, pero aún tengo esto: quiero hacer regalos que no se rompan. Que no nos rompan. Que nos pegan a la vida y a los otros, aunque todo arda alrededor.
Una lista para estos días inciertos. Una lista que, ojalá, nos haga sentir menos solos.
Esta es mi lista.
Lo demás… son solo cosas.
Por Silvia García.