Cada 12 de julio se celebra el Día Mundial de la Esperanza, esa palabra que, con el paso de los años, empieza a funcionar como ancla, salvavidas y soporte férreo en momentos oscuros.
Para mí, es una de las palabras más importante del diccionario porque describe a esa última cosa que perdemos cuando sentimos que lo hemos perdido todo.

Esperanza proviene del latín tardío sperantia, que a su vez deriva del verbo sperare (esperar con confianza) y del sustantivo spes (esperanza). El sufijo -anza indica cualidad o acción. Por lo que, etimológicamente, significa «confianza en que se cumplirá un deseo o sucederá algo».
Analizando su gran poder semántico y su origen, me da por pensar en algo realmente curioso: en cómo cambia la percepción que tenemos del verbo esperar a lo largo de nuestra vida. Va evolucionando al mismo ritmo que la piel se llena de arrugas, el pelo se inunda de canas y el cuerpo mengua como la Luna.
La concepción que tenemos de la acción de esperar va adquiriendo nuevos significados en paralelo a cómo van cambiando nuestras esperanzas vitales. De nuestra infancia a nuestra adultez, lo que esperamos va siendo cada vez más importante y determinante.

Recuerdo perfectamente, que cuando era niño, esperar era aburrido. Esperaba ansiosamente la mañana de Reyes; esperaba pacientemente a que me eligieran el último para formar equipo; esperaba a que mi hermano se atara los cordones para seguir corriendo; esperaba a que me pelaran la fruta; esperaba a que mi padre me recogiera en la puerta del colegio o esperaba a que me tocara montarme en el columpio.
Las esperas eran interminables, pero se hacían llevaderas gracias a una ilusión que por aquel entonces era inquebrantable.
Conforme fui creciendo y llegué a la adolescencia, las esperas empezaron a adquirir matices más grises, incluso oscuros. Esperaba a ser visto en los pasillos del instituto; esperaba a que alguien me invitara a esa fiesta a la que iban todos y todas; esperaba un regalo en el absurdo día de San Valentín; esperaba un «me gustas» que no llegaba; esperaba que se me fuera el dolor del pecho mientras escuchaba canciones en mi habitación; esperaba que alguien me besara.

Las esperas eran punzantes, pero se hacían llevaderas gracias a una ilusión que por aquel entonces, ya empecé a percibir como algo inconstante.
Entrado en la veintena y la treintena, las esperas empezaron a tornarse terroríficas porque, casi siempre, se convertían en la antesala de algo desconocido que, muy posiblemente, me hiciera encontrarme con otra versión de mí mismo. Otra versión que asumir y con la que convivir.
Esperaba los resultados de los exámenes más importantes de mi vida; esperaba encontrar un trabajo que me diera cierta independencia; esperaba saber besar cuando por fin tuve la oportunidad de hacerlo; esperaba que mis padres comprendieran al adulto que estaba dando sus primeros pasos; esperaba que algunas noches no acabaran nunca; esperaba cosas de los demás que a veces llegaban y otras no.

Las esperas eran relevantes, pero se hacían llevaderas gracias a una ilusión que por aquel entonces, ya empecé a entender que podía perder en cualquier momento.
Transitados los treinta y entrado en los cuarenta, las esperas empiezan a impregnarse de la necesaria relativización. Es imposible sobrellevar la espera sin relativizar lo que esperas. No importa lo que duela, nada es tan importante como para dejar de seguir intentándolo, como para dejar de seguir, a secas.
En los últimos años, he esperado resultados médicos míos y de gente a la que amo; he esperado encontrar respuestas en terapia; he esperado poder superar la pérdida de mi padre y recordarlo sin encontrarme cara a cara con la melancolía; he esperado poder adquirir una vivienda para tener una vejez medianamente digna; he esperado llegar a fin de mes sin hacer malabarismos; he esperado para hacer y decir cosas que llevo años callándome; he esperado que la gente que quiero siga a mi lado; he esperado no romperme al dejar a muchos y a muchas por el camino; he esperado no envejecer solo.

Las esperas son cada vez más decisivas, pero se hacen llevaderas gracias a una ilusión que ahora he entendido que reside en la esperanza, en creer y confiar en que estaré bien, pase lo que pase; espere lo que espere.
Porque sí, lo único que me queda es seguir esperan(za)do.
Foto de portada: Ragan Taylor en Pinterest.