Ray Caesar nació en 1958 en Londres. A temprana edad se mudó con su familia a Canadá. Durante muchos años trabajó en el departamento de arte y fotografía del Hospital para Niños Enfermos de Toronto, ocupándose de documentar casos de abuso de menores, de reconstrucción quirúrgica, de psicología o de investigación con animales.
Junto con la inspiración de los surrealistas de Kahlo y Dalí, sus experiencias en el hospital siguen influyendo en su obra.
Crea sus modelos en el software de modelado tridimensional Maya y los recubre con texturas fotográficas pintadas y manipuladas que envuelven cada figura como un mapa sobre un globo terráqueo. Después, cada modelo se construye sobre un esqueleto invisible que le permite posar y situar la figura en su entorno tridimensional. A partir de ahí añade luces y cámaras digitales con sombras y reflejos que simulan los de un mundo real.
El proceso empieza esculpiendo los modelos de una forma muy parecida a trabajar con arcilla, empujando y tirando de la superficie. A menudo recuerda cuando estaba en preescolar jugando con un enorme trozo de plastilina. Una vez llegó a modelar un zapato de plastilina, aunque su padre le prohibió usarlo en público. Después crea una estructura interna de articulaciones, similar a un esqueleto, que le permite mover la columna, los hombros, los codos e incluso las articulaciones de los dedos. También modela distintas cabezas con expresiones diferentes que puede combinar para lograr gestos sutiles, como esa mirada que pone su esposa cuando sospecha que está tramando algo.
Al principio colorea los modelos de forma sencilla. Luego cada superficie se cubre con una textura que puede pintarse digitalmente —como un pétalo de flor— o construirse a partir de una fotografía —como la superficie de la madera—. Colecciona texturas como otras personas coleccionan cucharillas de plata, y muchas de ellas guardan una historia: desde la cicatriz de la operación de cadera de su padre hasta una imagen del interior de su colon que consiguió que su gastroenterólogo le facilitara. Sus favoritas son las texturas de piel, en parte porque le dan una excusa perfecta para pedir a la gente que muestre amplias zonas de piel.
Cuando su trabajo se imprime, a menudo le preguntan por el original. Pero ese original solo existe dentro del ordenador, en un espacio tridimensional hecho de profundidad, ancho y alto. Le fascina pensar que ese lugar puede existir como otra realidad. Incluso cuando apaga el ordenador, le ronda la idea de que ese espacio sigue ahí, suspendido como una posibilidad matemática… y que quizá el mundo en el que vivimos no sea tan distinto.
