'Sardinillas', un relato breve de Pedro Martí Muñoz

Pedro Martí nació en Vigo. Lleva escribiendo 20 de los 30 años que tiene. Nunca había publicado nada, tampoco lo había intentado. Hasta ahora. Nos hizo llegar hace unas semanas su 'Insomnio', un relato breve y afilado. Nos alcanza ahora con una segunda entrega, 'Sardinillas'. Vamos a por ellas.

 

sardinillas
Foto: Sardinillas por Unsplash

 

Sardinillas

Por Pedro Martí

 

Nunca como sardinillas en lata, las odio. No es por su sabor, ni si quiera lo recuerdo. No las pruebo desde 1999. Mis amigos creen que es un odio irracional. Pero no lo es, hay una razón, cuando veo esos pececitos sin cabeza, en un mar de aceite o escabeche, me acuerdo de Jorge y de lo mucho que me dolió perderle. Aunque eso no lo sabe nadie, siempre me ha dado vergüenza reconocerlo.

El tema es que yo estudié en un colegio de curas. La mayoría eramos chavales de clase media. Pero, supongo que por aquello de la caridad cristiana, en todos los cursos solía haber unos cuantos chicos que se encontraban en una situación complicada. Sobretodo huérfanos y hijos de los yonkis de los ochenta que seguían enganchados. Con el paso de los años, casi todos acababan siendo huérfanos.

Al final, ni proyecto hombre, ni la policía, ni la cárcel; el problema de la heroína, lo solucionó la heroína a golpe de sobredosis. A la mayoría de la gente no le importó una mierda que se muriesen todos aquellos desgraciados, algunos se alegraron de que por fin podrían ir de compras tranquilos, sin miedo a que les atracasen.

Yo estaba muy contento en el colegio de curas. Ahora soy ateo, pero por aquel entonces creía en Dios, aunque lo hacía como en los reyes magos o el ratoncito Pérez. Recuerdo rezar para aprobar y para que mis padres me compraran un perro o un ordenador. Aunque mi principal motivo de satisfacción no era religioso, si estaba contento era porque tenía buenos amigos y perdíamos muchísimas horas de clase con todo tipo de actividades religiosas, deportivas y teatrales.

Una de esas actividades era la Operación Kilo, se celebraba todos los años, a principios de diciembre. Cada alumno debía llevar una bolsa con alimentos no perecederos para los pobres, la entregábamos en el colegio y después los curas las repartían entre los más necesitados de la ciudad. Casi todos llevábamos conservas y arroz. Recuerdo que pensaba que los pobres no debían disfrutar mucho comiendo eso.

Con todo aquello perdíamos 2 horas de clase, se montaba un auténtico circo con música y discursos del director y algún cura . Los niños teníamos reservado el papel más importante, desfilábamos ordenadamente y dejábamos nuestra bolsa en el lugar correcto del patio para que todas juntas formasen una figura gigante, estrellas y cosas de ese estilo. Piénsalo, hacer un mosaico con la comida que donas a los pobres. Una ceremonia absurda.

Cada día de Operación Kilo, yo buscaba a Jorge nada más llegar al colegio cargado de comida. Era mi mejor amigo en aquella época. Recuerdo que siempre comparábamos el contenido de nuestras bolsas y yo siempre le ganaba por goleada. Sus dos paquetes de arroz y dos latas de sardinillas, no tenían nada que hacer contra mis lentejas, arroz, garbanzos y surtido de latas. Yo le restregaba la victoria por la cara, cada año le daba un discurso sobre que los pobres no pueden comer sólo arroz y sardinillas; él se ponía rabioso y yo me partía el culo, se quejaba de que aquella no era una competición justa, que no era culpa suya que sus padres pasaran olímpicamente de los pobres.

Pero en 1999, cuando estábamos en sexto de primaría, Jorge preparó algo especial. Llegué muy contento al colegio, un par de días antes mi tía me había dado mil pelas por mi cumpleaños y las llevaba guardadas en la mochila para invitar a Jorge a un banquete de chcuches y bollos. Además, aquel año mi bolsa era mejor que nunca.

Cuando llegué al colegio, y lo vi en la distancia, supe que le ganaría una vez más. Yo ya tenía 11 años y podía cargar con más peso que el año anterior, así que había vaciado la despensa de mi casa. Esa vez había incluido incluso chocolates, turrón y un bote de colacao. Él llevaba las mismas 4 cosas de siempre. El muy cabrón esperó a que comparásemos las bolsas y yo me pusiera chulito. Pero aquella vez fue diferente, mientras yo me jactaba de lo mucho que ayudaba a los pobres y le daba mi discurso acerca de que también ellos necesitan una dieta variada, el no se enfadaba, su cara y sus orejas no se ponían rojas. Sólo me miraba y sonreía. Cuando acabé de hablar, sacó un papel de su bolsillo y me lo dio para que lo leyese.

Era su letra, ya no recuerdo que ponía exactamente, pero sí que hablaba sobre la amistad y la solidaridad, me pareció un texto precioso. Yo no entendía nada, le pregunté si era para mí desconcertado, pensé que quizás quisiera agradecerme mi amistad incondicional. “No, es para los pobres, para que se la encuentren en las sardinilas”, respondió con una media sonrisa que nunca le había visto en la boca. Se sentó en el suelo, sacó una barra de pegamento de su bolsillo y una caja de sardinillas de la bolsa. Abrió la caja de cartón que contenía la lata con cuidado de no romperla, doblo la carta varias veces hasta hacerla bien pequeña y la metió dentro de la caja. Por ultimo la cerró con cuidado usando el pegamento

Era brillante, en seguida me di cuenta de que no podía superar aquello, mi simple comida no podía competir con su mensaje oculto. Jorge estaba pletórico, sonreía y me decía que, ahora, esa lata de sardinillas valía más que toda mi bolsa junta, que los pobres recibirían cientos de bolsas como la mía, pero sólo una con una como la suya, con un mensaje de autentica amistad.

Tenía razón y yo estaba cada vez más rabioso, no podía soportar la derrota e intente una jugada sucia y desesperada. Me senté en el suelo, cogí el billete de mil que me había dado mi tía y escribí encima cuatro frases cursis y cutres, intentando imitar el estilo de mi amigo sin demasiado éxito. Después lo metí en mi caja de sardinillas tal como había hecho Jorge. Ya había dos bolsas con bonitos mensajes, pero la mía era la que llevaba las mil pelas. Creo recordar que Jorge ni siquiera me dijo nada, su cara y sus orejas se pusieron rojas, sus ojos brillantes. Sólo recogió su bolsa y se alejó de mi para siempre.

Creo que aquel día dejamos de ser amigos, se enfadó mucho conmigo, estuvo años sin hablarme. Tenemos 30 y seguimos sin ser amigos. Pero al menos, en una noche de borrachera, hace dos años, volvimos a hablar. Estaba en un bar con mi mujer y él se acerco a saludarme. Yo estaba un poco borracho, él sudaba mucho y me tocaba todo el rato el cuello y el hombro con su mano grande y mojada.

Estuvimos un buen rato contándonos nuestras vidas. Yo casado, dos hijos, una hipoteca y un curro de oficina. El parado, sus padres murieron y vive ahora en la casa familiar con sus 2 hijos, su mujer le dejó. Hablamos del enfado, de lo que pasó en la operación kilo de 1999, creo que saqué yo el tema. Me explicó que sí, al principio estaba enfadado, no podía ser que jugase tan sucio y no pudiera aceptar que él ganase por una vez. Pero me dijo que pasados unos días me había perdonado, que si se pasó años sin hablare fue más por vergüenza que por enfado. El problema fue que su padre abrió una lata de sardinillas para acompañar la birra y se encontró un billete de mil pintarrajeado.

Por Pedro Martí

 

 

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