Llega el verano, y la pregunta es tan obligatoria que podría aparecer en la Constitución española: «¿dónde vas a ir de viaje este año?»
Todavía hay gente a la que le sorprende la respuesta «a ningún sitio». En sus caras se dibuja una mueca que rezuma desprecio, incredulidad y lástima a partes iguales que se podría traducir en otra pregunta: «¿no vas a hacer nada?»
Ante esas preguntas que en cierto modo incomodan porque se sienten como un juicio injusto e innecesario, se puede lanzar otra de manera automática: ¿en qué momento NO HACER NADA se ha convertido en algo malo?

De un tiempo a esta parte, la obsesión por viajar se ha convertido en una empresa mastodóntica al servicio del capitalismo y la cultura del postureo. Todos los sectores interesados en que hagamos las maletas y elijamos un destino, se erigen alrededor de una idea de éxito que implica que el término turista sea sinónimo de persona triunfadora y socialmente integrada.
Una de cada 11 personas en el mundo trabaja en turismo y viajes, un sector que genera más de siete billones al año, lo que supone el 10% de la riqueza mundial.
Muchas veces lo pienso. No sé si la mayoría de las personas se suben a un avión pensando en lo que va a enriquecerles el privilegio de conocer un sitio diferente o una cultura que no es la suya, o por el contrario se suben planificando reels, fotos y stories que van a convertir en contenido para alimentar esos escaparates virtuales que los convierten en personas dignas de admiración y envidia.
La pasión por conocer mundo, ha pasado a ser presión por conocer mundo.
Es como si no fuera negociable dedicar las vacaciones a quedarse en casa a hacer esas cosas que es difícil hacer relajadamente durante el año. Cosas tan descabelladas como leer libros, ver películas, acostarse tarde y levantarse más tarde aún, desayunar sin hora, ir a caminar o poder comprar en el mercado diseccionando con detenimiento qué tomates son los más óptimos para un buen gazpacho.

Descansar y desconectar también podría ser optar por un verano contemplativo dedicado a redescubrir el placer de muchas pequeñas cosas que se han automatizado en nuestros vertiginosos ritmos de vida. Una persona también puede elegir dejarse invadir por la magia de hacer y ser sin prisa ninguna.
Aparte de que esta cultura de estar en constante producción y exprimiendo la vida (y los euros) a tope no es una realidad alcanzable para la mayoría de la ciudadanía, cada vez entiendo menos el concepto «descanso» cuando está ligado a coger aviones, trenes, coches, autobuses o barcos que te van a llevar a sitios en los que tienes contratados excursiones, actividades, reservas y visitas varias. Me canso solo de pensarlo.
Además, hay otro concepto muy ligado a las vacaciones que me resulta contradictorio: desconexión. Los últimos años en los que he llevado a cabo la osadía de no hacer nada en mis vacaciones, lo que he deseado con todas mis fuerzas ha sido conectar con ese yo que no puede hacer con tranquilidad casi nada durante el año.
Mi verdadera búsqueda ha sido la de conectar con la sensación de estar presente de una manera que no implique producir de manera desaforada.
Por descontado está que respeto lo que cada persona quiera hacer con su tiempo libre y con qué experiencias quiera llenar su mapa vital. En mis últimos veranos, yo mismo he elegido un destino diferente para cambiar el escenario en el que desarrollar mi vaguería y mi contemplación.

Lejos de esta opinión totalmente subjetiva en contra de lo que ya se conoce como «sobreturismo», me gustaría aportar datos reales de las consecuencias negativas que han surgido ante este fenómeno.
La web OSTELEA asegura que los impactos que ha ocasionado el turismo en masa (y que sigue ocasionando) van en detrimento del mantenimiento del planeta y de las poblaciones anfitrionas. La OMT (Organización Mundial del Turismo) ha tenido que implementar el turismo sostenible con la idea de generar nuevas formas de viajar mucho más respetuosas y amigables en todos los sentidos.
Entre los choques que provoca el turismo de masas están:
1. Producción en serie
Anteriormente, obtener un souvenir en un viaje era una forma de honrar y de llevarse de vuelta a casa un pedazo de la cultura disfrutada. Ese producto era casi exclusivo, lo que en la actualidad no sucede, pues los propios artesanos se han visto obligados a empezar a producir en serie para abarcar la alta demanda de turistas que quieren sus obras.
2. A más medios de transporte, más CO2
El uso de los diferentes medios de transporte para viajar y desplazarse en los lugares ha traído consigo el aumento de las emisiones de CO2. Los aviones y los barcos, especialmente los cruceros, son los principales responsables de ese incremento que le inyecta más fuerzas al cambio climático.
3. Basuras y residuos en exceso
Innumerables lugares turísticos no cuentan con la infraestructura apropiada para albergar la cantidad de aventureros que recibe y esto se traduce en contaminación y excesos de basura y residuos, que en muchas ocasiones van a parar directo al mar.

4. Aparición de modelos de alojamiento y gentrificación
Son tantos los turistas que llegan cada año a las diversas ciudades que los mismos hoteles se ven en aprietos para ofrecerles alojamiento. De allí, que surjan nuevos modelos de hospedaje de la talla de Airbnb, los conocidos Bed & Breakfast y demás locaciones que se encargan de brindar camas para dormir.
Esto ha dado lugar a la gentrificación turística que ocurre cuando un barrio o destino empieza a transformarse para satisfacer principalmente las necesidades de los visitantes, desplazando progresivamente a los residentes locales.
5. Una nueva cara al paisaje
La masificación del turismo está empujando a la construcción de hoteles, complejos hoteleros y similares en áreas que se suponen le pertenecen a la naturaleza y a su fauna y flora. Por eso, no es raro ver que en los últimos tiempos se han disparado las jornadas de tala de árboles y readecuación de zonas verdes.

Personalmente, tras varios años de contemplación pura y dura, este verano, haré un viaje a Croacia con amigos en el que probaré la piel del turista masivo e invasivo. Quizás suponga un antes y un después en mi perspectiva pasiva, un cambio de paradigma.
O Quizás sea mi reafirmación a favor de todas esas personas que creen que contra la obsesión de viajar puede estar el placer de contemplar y encontrar la felicidad en la mediocridad.