Las redes sociales y las plataformas de podcasts, streaming y vídeos se han convertido en un auténtico campo de minas para personalidades populares de cualquier tipo.
La razón es la cultura de la cancelación. Los famosos y famosas se enfrentan a la audiencia más informada de la historia y además, es una audiencia que posee herramientas con las que poder juzgar y sentenciar con fundamento y argumentos de peso.
No es hacer de abogado del diablo para nada. Simplemente es poner sobre la mesa el debate que últimamente surge en muchos foros virtuales sobre si la cultura de la cancelación puede acabar con la libertad de expresión. Pero ¿acaso cancelar no es expresarse también?
«Los que la defienden dicen que es un modo de dar voz a las minorías postergadas y de limitar lo inaceptable. Por contra, sus críticos alertan del peligro que supone para la libertad de expresión», Eva Millet, periodista de la BBC.
Quiero partir de la base de que debemos entender cancelar como refutar con argumentos y justificaciones de peso algo que alguien ha dicho o hecho. No vale incluir en el saco de la libertad de expresión el hate gratuito e impune que se estila tanto y cuyo único objetivo es hacer daño por el hecho de hacer daño.
En la Wikipedia, se define cultura de la cancelación como un neologismo que designa a un cierto fenómeno extendido basado en retirar el apoyo, ya sea moral, financiero, digital e incluso social, a aquellas personas u organizaciones que se consideran inadmisibles, ello como consecuencia de determinados comentarios o acciones, independientemente de la veracidad o falsedad de estos, o porque esas personas o instituciones transgreden ciertas expectativas que sobre ellas había.
Se ha definido como «un llamado a boicotear a alguien –usualmente una celebridad– que ha compartido una opinión cuestionable o impopular en las redes sociales». El término cancel culture o cancelling comenzó a utilizarse en 2015, ganando mayor popularidad a partir de 2018, si bien es una política que tiene su origen en las primeras fases de la Alemania nazi hacia los judíos, y quienes no participaban del nacionalsocialismo.
Son muchísimos los casos en los que se han cancelado y se cancelan a personalidades importantes de la cultura, la política y el arte. Da igual a qué época o momento histórico pertenezcan. Si vivieron hace siglos o están vivos actualmente. Los tiempos avanzan y lo que antes podría verse como normal, ahora no lo es porque hay algo que crece en paralelo a la sociedad y es el pensamiento crítico.
Se nos vienen a la cabeza tres ejemplos de actualidad y que ponen de manifiesto cómo se efectúan estos boicots movilizados por masas que generan contenido o teclean en sus móviles a la misma velocidad que un juez dicta sentencia e imparte penas con su mallete.
En una entrevista que recientemente daba el actor Timothée Chalamet para promocionar su candidatura a los Premios Oscar por la cinta Marty Supreme, el joven actor declaraba que le daría mucha pereza tener que hacer ópera o ballet porque son dos géneros que están anticuados y que a nadie les interesa. Las polémicas declaraciones de Chalamet se entendieron menos aún cuando diversos medios recordaron que la madre del intérprete había sido bailarina de ballet.
No se sabe muy bien a qué quiso referirse el actor o si de verdad piensa lo que expresó, pero en cualquier caso fue una opinión como cualquier otra que hizo que un Oscar que llevaba meses siendo para él acabará recayendo en Michael B. Jordan. Realmente, se puede pensar que se tiró piedras sobre su propio tejado, pero ¿qué pasaría si las declaraciones poco afortunadas se hacen durante la promoción de una película? El único afectado no sería él en ese caso.
Rosalía, una de las artistas españolas más trascendentes de los últimos 20 años, también ha sufrido varias veces la cancelación, sobre todo en los últimos meses. Primero se la acusó de no posicionarse sobre el conflicto de Israel y Palestina lo que la llevó a terminar de pronunciarse y aparecer por sorpresa el 29 de enero de 2026 en el Palau Sant Jordi de Barcelona durante el concierto solidario Concert-Manifest per Palestina.
Poco después, en una entrevista en la que se le preguntó si se consideraba feminista, ella dijo que no se identificaba con ningún «ismo», pero por miedo a no estar a la altura de una palabra tan grande como feminismo. Su trayectoria artística ha dejado patente que tiene un espíritu feminista, pero sus palabras no se interpretaron por muchas personas, como ella quería que se interpretaran.
La última de la cantante catalana fue durante una entrevista que realizó en Buenos Aires junto a la famosa escritora argentina Mariana Enríquez. Lo cierto es que en esta ocasión, se metió en un berenjenal del que sólo ha podido salir pidiendo disculpas pocos días antes de arrancar su gira de conciertos Lux Tour. Rosalía decía que admiraba mucho la obra de Picasso, personaje controvertido donde los haya por su misoginia y por sus documentados y demostrados maltratos hacia muchas de las mujeres de su vida.
La intérprete no sólo manifestó su admiración por el pintor, sino que abrió el melón de separar al artista de su obra y puso en duda que todo lo que se ha relatado sobre él fuera verdad porque ella no estaba allí para verlo.
A veces, la ignorancia puede jugarnos muy malas pasadas como explicó Rosalía en su reel de disculpa, algo que sí la honra, independientemente de que muchos y muchas piensen que lo hizo de cara a lavar su imagen para llevar a cabo una gira de la que tiene todo vendido desde hace meses.
Rosalía es el ejemplo claro de que para la cultura de la cancelación no vales más por lo que callas que por lo que dices porque se la ha juzgado cuando ha hablado, pero también cuando ha callado.
Vivimos en una sociedad que ideológicamente está tan polarizada que te exige posicionarse de un lado o de otro y entiende que si no lo haces es porque seguramente tengas miedo de expresar que no estás en el lado correcto de la historia.
El penúltimo ejemplo de que tampoco vales por lo que callas es la actriz Leonor Watling. Leonor en la última gala de los Premios Goya no quiso ponerse el pin con forma de sandía que les dieron a los y las que iban a pisar la alfombra roja. La actriz generó debate al rechazar públicamente la presión sobre los artistas para posicionarse políticamente, calificando de ruin la obligatoriedad de llevar chapas reivindicativas como las de Palestina.
Lo cierto es que muy fina la línea que hay entre lo que debería pasar y lo que no, entre lo que debería decirse y lo que debería silenciarse. Entre lo que podría ser una amplia trama de conflictos de intereses que se nos escapan.
Por un lado, es cierto que asistimos a tiempos muy convulsos en los que son muy pocos y muy pocas los que tienen el privilegio de tener unos altavoces y un alcance poderoso para hacer algo por cambiar el mundo. Muchos sociólogos y sociólogas han manifestado la positiva influencia que en las nuevas generaciones, ejerce la campaña anti Trump que realiza la cantante Taylor Swift.
Pero por otro, también puede que se esté ejerciendo una desmesurada presión sobre lo que los y las artistas deben pensar y, sobre todo, decir según qué temas. ¿Hasta dónde llega su derecho a no pronunciarse sobre algunas cosas sin que se les conceda el beneficio de la duda?
Dejamos el debate totalmente abierto lanzando una última cuestión: ¿un gran poder implica una gran responsabilidad?
