La tolerancia discursiva consiste en aceptar que todo argumento puede ser refutado por otro argumento sin
que ninguna persona se sienta agredida por ello.
Cuando hablo de argumentos me refiero a los juicios deliberativos que dependen de la perspectiva personal de quien los desgrana.
Hace unos días participé en una Mesa Redonda en la que recordaba algo que se nos olvida más veces de las deseadas. Cada vez que hacemos un uso público de nuestra opinión estamos simultáneamente admitiendo que nuestros interlocutores puedan refutarla.
El derecho a réplica es un precepto de la deontología discursiva, así que también lo es el deber de facilitarlo a quien quiera acogerse a él. Pronunciarse en una conversación comporta contraer el deber cívico de que nuestra opinión pueda ser objetada por quienes consideren que atesoran argumentos que la pueden mejorar.

Etimológicamente la palabra diálogo expresa esta circulación de palabras entre quienes las articulan con el afán de que sus pensamientos se toquen y se perfeccionen. Educarnos en el ejercicio crítico de las refutaciones estimula una imaginación predispuesta a otear el horizonte y alumbrar alternativas. Al auditorio le comenté entusiasmadamente que aceptar sin enojo ni malestar alguno que nos rebatan es una conquista civilizatoria que aúpa a un estadio superior nuestra filiación a la humanidad.
Dos grandes motivos validan esta idea. El primero es que sobre cuestiones que solicitan ser deliberadas nadie está en posesión de una verdad que haría innecesaria la escucha de otros argumentos, que serían evaluados como falsos o erróneos incluso antes de ser recepcionados.
El segundo motivo que debería enorgullecernos es que el hecho de construir el espacio común de la palabra nos señala como animales lingüísticos, pero sobre todo como inteligentes animales políticos. Existe mucho emborronamiento en torno a qué es la política, o la jibarizamos y la acotamos al dominio de las enconadas disputas de los partidos políticos y sus representantes electos.

La política es el conjunto de deliberaciones nacidas en torno a cómo organizar la convivencia, elegir las opciones más idóneas y finalmente trasladarlas a la acción para que permeen en la vida ciudadana. En este proceso resulta insorteable darle absoluta centralidad a la circulación de argumentos expresados con educación y con el deber contraído con nuestra propia persona de hacer un buen uso de la palabra pública.
Conviene recordar que las palabras nos sacan a un afuera para compartir todo lo que ocurre en nuestro adentro, pero sobre todo apuntalan un espacio intersubjetivo frecuentemente asentado en ambigüedades y ambivalencias que a todas las personas nos atañe problematizar, compartir y dirimir.
Es en ese lugar empalabrado y respetuoso con la dignidad de la que es titular toda persona por el hecho de ser una persona en donde se pueden armonizar las discrepancias y disolver las divergencias. Que las palabras se encuentren para que las personas no se desencuentren.

Filósofo y docente en ámbitos escolares y universitarios e investigador independiente sobre las interacciones humanas, José Miguel Valle se dedica al estudio y análisis de la interacción humana.
Escribe semanalmente en su blog Espacio Suma NO Cero. Es autor de ensayos como La capital del mundo es nosotros, El triunfo de la inteligencia sobre la fuerza y Leer para sentir mejor. Su último libro es La bondad es el punto más elevado de la inteligencia (2024).