Un hogar corresponsable es el primer paso hacia una sociedad equitativa. Es el lugar donde la organización de la vida cotidiana se comparte con la misma naturalidad con la que se comparten las alegrías.
Hay realidades que creemos conocer hasta que las atravesamos y entendemos que no eran exactamente como imaginábamos. La crianza es una de ellas.
Durante mucho tiempo, la crianza se ha contado como una sucesión de momentos luminosos. Acompañar, cuidar, enseñar, ver crecer. Lo que cabe en un vídeo o en una foto: la primera palabra, los primeros pasos tambaleantes hacia unos brazos emocionados, una voz que acuna en la penumbra hasta que llega el sueño, saltar las olas juntos mientras el tiempo parece detenerse, un dibujo con tu retrato imposible pegado en la nevera, una tarde de cine que se queda a vivir en el álbum de la memoria familiar. Escenas que se dejan mirar y que construyen el imaginario colectivo de lo que significa tener hijos.
Pero cualquiera que haya convivido con niñas y niños sabe que la vida familiar se sostiene sobre otra materia mucho menos visible. Un entramado constante de pequeñas decisiones, recordatorios, previsiones y gestiones que no ocupan espacio en las redes sociales, pero que hacen que todo funcione.
Al igual que en ciertos procesos artísticos, donde el material y el tiempo tienen tanto peso como la intención inicial, la crianza se revela como una práctica sostenida en el tiempo. Todo está en permanente revisión, en constante ajuste.
Pensar con antelación. Anticiparse. Sostener. La crianza también es eso.
La crianza es cortar uñas diminutas mientras alguien no deja de moverse.
La crianza es parar lo que estés haciendo, también el trabajo, para no faltar a la cita con el pediatra.
La crianza es limpiar mochilas donde aparecen plátanos pasados y mandarinas olvidadas desde la semana pasada.
La crianza es revisar cabezas con minuciosidad por si hay piojos.
La crianza es comprar el regalo del cumpleaños trimestral de la clase para un niño al que apenas conoces.
La crianza es desenredar nudos imposibles en el pelo mientras alguien protesta porque duele.
La crianza es sobrevivir al grupo de WhatsApp del colegio sin perder la cordura.
La crianza es cambiar la ropa del armario cuando llega otra estación; es descubrir que todo vuelve a quedarse pequeño.
La crianza es encontrar un disfraz de carnaval cuando ya es casi de noche y hay que llevarlo al día siguiente.
La crianza es adelantarse al invierno y tener listos jarabes, termómetros, asumiendo que habrá noches en vela.
La crianza es coser botones, remendar rodilleras y eliminar manchas que parecían imposibles.
La crianza es conseguir que, al final de la semana, aún quede ropa limpia en los cajones.
La crianza es apuntar a extraescolares y reorganizar los sábados en torno a horarios, trayectos y esperas.
La crianza es ir a tutorías y a excursiones de la escuela. Acompañar lo que empieza a construirse fuera de casa.
La crianza es escuchar historias infinitas del recreo, entender silencios y decepciones.
La crianza es estar pendiente de todo aquello que nadie más está mirando.
Durante años, se asumió que gran parte de este trabajo correspondía a las madres. Una forma de entender los cuidados como una extensión natural de su papel, que aún hoy sigue presente en muchos casos: distintos estudios, como los efectuados por el Instituto Europeo para la Igualdad de Género o el Observatorio de Igualdad de Género de América y el Caribe, siguen mostrando que son ellas quienes sostienen la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados, dedicando incluso varias veces más tiempo que los hombres a estas tareas.
Es lo que ahora llamamos carga mental: la lista interminable que vive en la cabeza de alguien. Recordar lo que falta. Planificar lo que viene. Detectar lo que puede torcerse. Un trabajo que rara vez se reconoce
Sin embargo, cuando esa misma estructura se comparte, lo que se produce no es solo una redistribución de tareas, sino un cambio de fondo en la forma de sostener la vida. El tiempo se reparte. La responsabilidad también. Y el bienestar familiar deja de depender de una sola persona haciendo equilibrismos para mantener todo a flote.
Se genera un entorno donde nadie tiene que preguntar si puede ayudar en algo que también le corresponde. Un espacio en el que cuidar es una práctica cotidiana y compartida. Donde participar no es una excepción que se celebra y nadie recibe aplausos por hacer lo que simplemente toca.
Cuando se comparten los cuidados la vida se vuelve más amable para todo el mundo.Ojalá la corresponsabilidad deje de ser una conversación pendiente para convertirse en una forma más justa de estar en el mundo
