Hay historias, cuentos, leyendas y fábulas que forman parte de nuestro imaginario infantil como un bello recuerdo, pero en realidad no surgieron de la fantasía, surgieron de realidades oscuras.
La historia de El flautista de Hamelín, que los hermanos Grimm popularizaron en 1816, relataba un castigo. Un pueblo que no pagó a su deudor tras ser liberado de una plaga de ratas, sufría la lección de un misterioso hombre (mitad trovador, mitad diablo) que regresaba para quitarle a los habitantes algo mucho más preciado que su dinero: sus hijos. Se llevó a 130, cuenta la leyenda. A todos, menos a tres: un niño ciego, uno mudo y uno que volvió por su abrigo. Los demás, fueron tragados por la montaña, por la música y por la historia.
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Pero el eco que deja esta leyenda, tiene una realidad escondida detrás del velo del folclore. Una historia que ocurrió de verdad. En carne y llanto. En el siglo XIII, cuando la fe era fuego y la inocencia, una ofrenda.
Era el año 1212. Europa hervía entre pestes, cruzadas y supersticiones. Y entonces, ocurrió lo impensable: una cruzada hecha por niños. Ni soldados, ni reyes. Ni siquiera hombres. Niños. Millares de ellos. Convocados por un pastorcillo francés de apenas doce años, Esteban de Cloyes, que aseguraba haber recibido una carta de Jesucristo en persona. El mensaje: liberar la Tierra Santa. No con espadas, sino con pureza. No con ejércitos, sino con milagros.
A este joven profeta lo siguieron 30.000 niños, según los cronistas. Caminaron bajo el sol de julio, convencidos de que el mar se abriría, como se abrió ante Moisés. Que la tierra prometida era posible, si caminaban lo suficiente. En paralelo, en Alemania, un niño llamado Nicolás emprendía la misma hazaña desde Colonia, reuniendo otro rebaño de jóvenes que creían que la fe podía vencer al hierro.
Cruzaron los Alpes. Murieron de frío, de hambre, de sed. Se perdieron en senderos que no llevaban a Jerusalén, sino al abismo. Algunos llegaron a las costas de Génova y Marsella. Se plantaron ante el mar esperando el milagro. Pero el agua no se abrió nunca. No hubo señal. Solo promesas rotas.
Y entonces aparecieron los verdaderos demonios: dos mercaderes marselleses, Hugo el Hierro y Guillermo el Cerdo que ofrecieron llevarlos por mar de manera gratuita, "por la gloria de Dios". Esteban aceptó. De los siete barcos que zarparon, dos se hundieron cerca de Cerdeña. Los otros cinco llegaron a África. Los niños fueron vendidos como esclavos en Argel y Alejandría. Los que no murieron terminaron sembrando campos para gobernadores extranjeros. Algunos sobrevivieron hasta que, en 1229, un tratado imperial los liberó. Otros jamás volvieron a ver el sol de Europa.
¿Qué tiene que ver este hecho con el cuento de Hamelín?
Porque esa ciudad alemana —de donde se dice que desaparecieron todos los niños el 26 de junio de 1284— nunca supo explicar con certeza lo ocurrido por lo que sólo quedó la leyenda, adornada con flautas y colores. Pero los registros municipales, tallados en madera siglos después, hablaban de una migración masiva, sin especificar razones. Y las fechas coinciden con migraciones provocadas por hambre, guerras, o, como muchos creen, por otro brote del mismo fanatismo: niños marchando hacia la nada, creyendo que los llevarían al Edén.
El flautista, en este contexto, no es solo un músico encantador, es el símbolo de los líderes que seducen con palabras dulces, que prometen salvación y conducen al abismo. Esteban, Nicolás, los cruzados de la infancia: todos flautistas y todos niños a la vez. Todos víctimas de una época que santificaba la ignorancia y glorificaba el martirio como moneda de cambio con el cielo.
El cuento que nos contaron, con su melodía hipnótica, esconde una tragedia aún más dolorosa. Porque no fue magia lo que se los llevó. Fue la fe ciega. Fue la desesperación. Fue la miseria de una Europa medieval que no tuvo empacho en entregar a sus hijos al fuego sagrado de una guerra que ni siquiera entendían.
Fotografía de portada: Óleo de 1881 hecho por James Elder Christie. Galería Nacional de Escocia, Edimburgo.
