Así eran las tribus urbanas del Madrid del siglo XVIII

Así eran las tribus urbanas del Madrid del siglo XVIII

Mucho antes de los hipsters, de los mods, rockers, punks o de los modernos de los códigos de barrio contemporáneos, el Madrid del XVIII ya estaba dividido en identidades callejeras reconocibles: formas de vestir, de hablar, de caminar y de ocupar la ciudad.

Cada grupo tenía su territorio, su actitud y su manera de entender el mundo.
Y todos convivían en una capital que acababa de convertirse en el gran laboratorio social de España.

Así eran algunas de las tribus del Madrid castizo:

Los manolos: orgullo de Lavapiés
Los manolos nacieron en los barrios populares del sur de Madrid, especialmente en Lavapiés. Eran hijos del pueblo llano: artesanos, vendedores, mozos, trabajadores humildes y familias mestizas que convivían en una ciudad llena de migraciones internas.

Su identidad estaba profundamente ligada al casticismo madrileño. Vestían con capas cortas, pañuelos, chalecos llamativos y una actitud desafiante que mezclaba ironía, descaro y supervivencia. El manolo representaba al madrileño orgulloso de serlo, alguien que rechazaba las maneras refinadas de la aristocracia afrancesada.
Tenían fama de buscavidas, teatrales y respondones.

Madrid empezó a reconocerse en ellos porque representaban algo muy concreto: la calle como identidad cultural.

Relieve en bronce del monumento a los chisperos y saineteros (Foto: Ayuntamiento Madrid).

Los chisperos: fuego, hierro y barrio
Los chisperos eran los trabajadores del metal y las fraguas situadas alrededor de Barquillo y Maravillas. Su nombre venía literalmente de las chispas que saltaban del hierro candente mientras trabajaban. Pero pronto dejaron de ser solo un oficio para convertirse en una identidad popular masculina asociada al carácter duro del Madrid obrero.

Eran conocidos por su temperamento explosivo, su orgullo de barrio y cierta fama pendenciera. En el imaginario popular aparecían como hombres fuertes, impulsivos y profundamente castizos. Durante el levantamiento del 2 de mayo de 1808 muchos relatos populares los situaron entre los madrileños que se enfrentaron a las tropas francesas.

El chispero encarnaba el Madrid que trabajaba con las manos y defendía la ciudad como si fuera una extensión de su propia casa.

El Quitasol, de Goya. Madrid, Museo del Prado.

Los majos y majas: cuando el pueblo marcó tendencia
Los majos y majas fueron probablemente la tribu urbana más influyente del Madrid ilustrado. Nacieron en los barrios populares de Maravillas, el actual Malasaña, y se convirtieron en una respuesta estética contra la moda francesa impuesta por la élite borbónica.

Mientras la aristocracia imitaba Versalles, los majos reivindicaban lo español: chaquetillas bordadas, mantones, peinetas, fajines, navajas y una elegancia orgullosamente popular.

Lo fascinante es que acabaron conquistando incluso a las clases altas. Muchos aristócratas comenzaron a disfrazarse de majos para parecer auténticos. Goya inmortalizó esa estética en sus cuadros y convirtió a las majas en uno de los grandes símbolos visuales de España. Los majos eran provocadores, seductores y teatrales. La primera gran contracultura madrileña.

Majas al balcón, de Goya.

Los chulapos: el mito castizo definitivo
Aunque hoy parecen eternos, los chulapos aparecieron más tarde, entre finales del XIX y principios del XX, heredando elementos de todas las identidades castizas anteriores.

El chulapo terminó convirtiéndose en el símbolo popular de Madrid: la parpusa, el clavel, el traje ajustado, el mantón y el chotis. Pero más allá de la estética, había una actitud reconocible: ironía elegante, orgullo de barrio y esa mezcla madrileña de distancia y cercanía.

El término “chulo” originalmente hacía referencia a alguien arrogante o desafiante, pero en Madrid acabó transformándose en una identidad popular ligada a las verbenas y a la vida callejera. San Isidro consolidó esa imagen hasta convertirla en patrimonio emocional de la ciudad.

Grabado de perimetre.

Los petimetres: los influencers del siglo XVIII
Si los majos representaban la calle, los petimetres representaban la obsesión por parecer modernos. El petimetre era un hombre excesivamente preocupado por la moda, las apariencias y las costumbres francesas. Usaban pelucas empolvadas, perfumes, bastones, telas importadas y un lenguaje lleno de galicismos. La palabra se utilizaba muchas veces de forma burlona. Eran vistos como superficiales, afeminados o ridículamente sofisticados por las clases populares madrileñas.

En cierto modo, fueron los primeros dandis urbanos: hombres que convertían su imagen pública en espectáculo social. Madrid siempre los miró con mezcla de fascinación y desprecio.

Porque Madrid, incluso entonces, ya funcionaba como ahora: una ciudad donde la identidad era una mezcla de clase social, actitud y apariencia. Y quizá por eso San Isidro sigue emocionando.

Porque durante unos días la ciudad recuerda que nació en las calles, entre el ruido, la mezcla, el orgullo de barrio y la gente que convirtió la actitud en una manera de existir.

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