Magosto: cuando el fuego se convierte en el alma del otoño

Magosto: cuando el fuego se convierte en el alma del otoño

Noviembre es, por naturaleza, un mes de tránsito: el mes de los difuntos, de la luz que se va, de los días fríos y lluviosos que llegan tras la expansión del verano. Quizá por eso necesitamos un poco más de fuego, una claridad añadida, algo que nos recuerde que, aunque fuera parezca oscuro, seguimos teniendo ese pequeño fueguito interior que no se apaga.

En cuanto el aire se vuelve frío y las hojas se tiñen de cobre, en muchos pueblos del noroeste peninsular ,sobre todo en Galicia, El Bierzo, León, Asturias y el norte de Portugal, la gente se reúne alrededor del fuego para asar castañas, beber vino nuevo y celebrar que el ciclo de la tierra se renueva.

Fotografía de Martín Sánchez.

El origen del Magosto (del latín magnus ustus, «gran fuego») se remonta probablemente a los ritos paganos de agradecimiento por la cosecha y al culto a los espíritus de los antepasados, que se creía regresaban por estas fechas.
No es casual que coincida con Samhain en las tradiciones celtas o con el Día de Todos los Santos en la liturgia cristiana: todas evocan el mismo tránsito, el fin del verano y el comienzo de un tiempo interior, de recogimiento y memoria.

Fotografía de Edgar Chaparro.

Las castañas, fruto humilde pero esencial en la dieta de la antigua Galicia y del norte peninsular, se convirtieron en símbolo de vida y renovación. Antes de la llegada del maíz y la patata desde América, la castaña era el pan del bosque. Su piel dura guardaba la promesa de la tierra. Su sabor dulce, el consuelo del invierno.
Comerla asada junto al fuego era, además de una necesidad, una comunión con la tierra que había alimentado a generaciones.

Fotografía de Allec Gomes.

Cada Magosto es distinto, pero el elemento central es siempre el fuego, que tiene algo de frontera y de puente. Une lo que el calendario separa: el final del verano y el comienzo del invierno, la cosecha y la espera, la vida y el recuerdo. A su alrededor se cantan coplas y se cuentan historias que, como las llamas, cambian de forma sin apagarse nunca.

El fuego también se enciende para quienes ya no están. En muchos lugares, aún se lanzan algunas castañas al aire «para los difuntos». Se abre la cortina que separa el mundo de los muertos de los vivos, para que por por un momento pueden acercarse junto a nosotros al calor del fuego y sentirse parte de la conversación que mantenemos en su nombre.

La fiesta de San Martiño, el 11 de noviembre, marca tradicionalmente el momento álgido del Magosto. Es el día en que, según el refrán, «a todo porco lle chega o seu San Martiño», recordando que también era tiempo de matanza y de llenar las despensas antes del invierno.

Fotografía de Nathan Lumbao.

Aunque hoy el Magosto se vive como una fiesta popular, su trasfondo conserva un profundo respeto por el ritmo natural y la memoria colectiva.

Cada año,nos recuerda que el fuego aún nos une, que el ciclo de la vida sigue girando, y que las cosas más simples pueden contener siglos de historia.

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