La felicidad sin significado caracteriza una vida relativamente superficial, decía Frankl, y ese es uno de los signos de nuestro tiempo.
Ya lo dijo Kant: entre más nos ocupemos en ser felices, más lejos estaremos de la verdadera satisfacción. No es coincidencia que en una era en que nos fuerzan a alimentarnos de mantras narcisistas y ultimadamente insignificantes, sobre el imperativo de ser felices surjan decenas de estudios sobre “la felicidad”. Pero también, y precisamente por ello, hoy más que nunca uno debe ser selectivo con los consejos a tomar en cuenta. Habría que escavar entre el cardumen de literaturas sobre el tema para encontrar aquellas que vayan más allá de las dietas, los decretos superficiales y las frases prefabricadas que se olvidan rápidamente. Salir de una vez de la trivialidad que implica esta búsqueda.
“Las grandes mentes piensan parecido”, reza el dicho, y si pensamos en la vida de Oliver Sacks, de Jung, de Kant, de Rilke o de Frankl, entendemos por qué es verdad. Todos estos hombres fueron infelices. Pero nunca buscaron la felicidad. Buscaron, más bien, algo que le diera sentido a su vida y con ello quedaron para siempre impresos en lo que ninguna catástrofe puede borrar. “Ningún hombre puede vivir sin significado”, dijo Jung alguna vez.
El psiquiatra austriaco Viktor Frankl averiguó lo mismo después de haber estado en un campo de concentración junto a su esposa y sus padres. Él sobrevivió, su esposa (que estaba embarazada) y sus padres fueron asesinados.
Las personas cuyas vidas tienen un alto nivel de sentido a menudo buscan sentido activamente incluso si saben que vendrá en detrimento de la felicidad. Ya que se han involucrado en algo más grande que sí mismos, también se preocupan más y tienen niveles más altos de estrés y ansiedad en su vida que la gente feliz.
Frankl acierta en decir que esta búsqueda moderna es más bien una manera de convertir a las personas y eventos en meras herramientas para nuestro beneficio personal. Que la felicidad, cuando sólo se trata de uno mismo y no de ayudar a los demás, no sólo es impermanente, también francamente superficial.
La felicidad sin significado caracteriza una vida relativamente superficial, narcisista o incluso egoísta, en que las cosas van bien, los deseos y necesidades son fácilmente satisfechos, y los enredos difíciles o repercusivos son evitados.
Algo realmente grave sucede cuando el ser humano deja de buscar un sentido más grande que sí mismo y se dedica a recibir placer. La búsqueda de sentido implica, desde luego, discusiones, angustia, tristeza y decepción. Pero sin estos mecanismos de duda es difícil trascender o llevar una vida que, aunque no feliz, sea un poco más plena. Si existe un sentido del todo, escribió Frankl, entonces debe haber sentido en el sufrimiento.
El ser humano siempre apunta, y está dirigido, a algo o alguien distinto de uno mismo; ya sea un sentido de satisfacer o el conocer a otro ser humano. Entre uno más se olvida de sí mismo –al entregarse a una causa para servir o a otra persona que amar– más humano es.
via aleph

