Para entender los secretos del corazón no hay nada como la magia de las palabras, esas que algunos y algunas supieron usar con tanta maestría que las convirtieron en poesía.
De Mario Benedetti a Lorca y de Gabriela Mistral a Gloria Fuertes, fueron muchos y muchas los que tuvieron el don de materializar sentimientos como el amor, el desamor, la muerte, la tristeza, la melancolía y la fugacidad de la vida.
A veces, no es necesario recurrir a la extensión de un libro para expresar emociones que plasmadas en una hoja, sirven de refugio cálido para todo aquel y aquella que lo necesite. Te dejamos con 30 poemas cortos que van a engrandecer tu alma.
1. Síndrome, de Mario Benedetti
«Todavía tengo casi todos mis dientes
casi todos mis cabellos y poquísimas canas
puedo hacer y deshacer el amor
trepar una escalera de dos en dos
y correr cuarenta metros detrás del ómnibus
o sea que no debería sentirme viejo
pero el grave problema es que antes
no me fijaba en estos detalles».
2. A un general, de Julio Cortázar
«Región de manos sucias de pinceles sin pelo
de niños boca abajo de cepillos de dientes
Zona donde la rata se ennoblece
y hay banderas innúmeras y cantan himnos
y alguien te prende, hijo de puta,
una medalla sobre el pecho
Y te pudres lo mismo».
3. En las noches claras, de Gloria Fuertes
«En las noches claras,
resuelvo el problema de la soledad del ser.
Invito a la luna y con mi sombra somos tres».
4. Deletreos de armonía, de Antonio Machado
«Deletreos de armonía
que ensaya inexperta mano.
Hastío. Cacofonía
del sempiterno piano
que yo de niño escuchaba
soñando... no sé con qué,
con algo que no llegaba,
todo lo que ya se fue».
5. Despedida, de Alejandra Pizarnik
«Mata su luz un fuego abandonado.
Sube su canto un pájaro enamorado.
Tantas criaturas ávidas en mi silencio
y esta pequeña lluvia que me acompaña».
6. Desvelada, de Gabriela Mistral
«Como soy reina y fui mendiga, ahora
vivo en puro temblor de que me dejes,
y te pregunto, pálida, a cada hora:
¿Estás conmigo aún? ¡Ay, no te alejes!
Quisiera hacer las marchas sonriendo
y confiando ahora que has venido;
pero hasta en el dormir estoy temiendo
y pregunto entre sueños: ¿No te has ido?»
7. Rima LX, de Gustavo Adolfo Bécquer
«Mi vida es un erial,
flor que toco se deshoja;
que en mi camino fatal
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja».
8. La montaña rusa, de Nicanor Parra
«Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
Echando sangre por boca y narices».
9. La seis cuerdas, de Federico García Lorca
«La guitarra
hace llorar a los sueños.
El sollozo de las almas
perdidas
se escapa por su boca
redonda.
Y como la tarántula,
teje una gran estrella
para cazar suspiros,
que flotan en su negro
aljibe de madera».
10. Mi árbol pequeño, de Antonio García Teijeiro
«Mi árbol tenía
sus ramas de oro.
Un viento envidioso
robó mi tesoro.
Hoy no tiene ramas
Hoy no tiene sueños
mi árbol callado
mi árbol pequeño».
11. Yo no soy yo, de Juan Ramón Jiménez
«Yo no soy yo.
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera…»
12. Menos tu vientre,de Miguel Hernández
«Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo es oculto.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre,
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo».
13. Fe mía, de Pedro Salinas
«No me fío de la rosa
de papel,
tantas veces que la hice
yo con mis manos.
Ni me fío de la otra
rosa verdadera,
hija del sol y sazón,
la prometida del viento.
De ti que nunca te hice,
de ti que nunca te hicieron,
de ti me fío, redondo
seguro azar».
14. Amo, amas..., de Rubén Darío
«Amar, amar, amar, amar siempre, con todo
el ser y con la tierra y con el cielo,
con lo claro del sol y lo oscuro del lodo:
amar por toda ciencia y amar por todo anhelo.
Y cuando la montaña de la vida
nos sea dura y larga y alta y llena de abismos,
amar la inmensidad que es de amor encendida
¡y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!»
15. Contigo, de Luis Cernuda
«¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.
¿Mi gente?
Mi gente eres tú.
El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.
¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?»
16. Copla VIII, de Garcilaso de la Vega
«Nadie puede ser dichoso,
señora, ni desdichado,
sino que os haya mirado.
Porque la gloria de veros
en ese punto se quita
que se piensa en mereceros.
Así que, sin conoceros,
nadi puede ser dichoso,
señora, ni desdichado,
sino que os haya mirado».
17. David, de Pier Paolo Pasolini
«Apoyado en el pozo, pobre joven,
vuelves hacia mí tu cabeza gentil,
con una risa grave en los ojos
Tú eres, David, como un toro en un día de abril,
que de la mano de un muchacho que ríe
va dulce a la muerte».
18. Como si cada beso, de Fernando Pessoa
«Como si cada beso
Fuera de despedida,
Cloé mía, besémonos, amando.
Tal vez ya nos toque
En el hombro la mano que llama
A la barca que no viene sino vacía;
Y que en el mismo haz
Ata lo que fuimos mutuamente
Y la ajena suma universal de la vida».
19. Ya no mana la fuente, se agotó el manantial..., de Rosalía de Castro
«Ya no mana la fuente, se agotó el manantial;
ya el viajero allí nunca va su sed a apagar.
Ya no brota la hierba, ni florece el narciso,
ni en los aires esparcen su fragancia los lirios.
Sólo el cauce arenoso de la seca corriente
le recuerda al sediento el horror de la muerte.
¡Mas no importa! A lo lejos otro arroyo murmura
donde humildes violetas el espacio perfuman.
Y de un sauce el ramaje, al mirarse en las ondas,
tiende en torno del agua su fresquísima sombra.
El sediento viajero que el camino atraviesa,
humedece los labios en la linfa serena
del arroyo que el árbol con sus ramas sombrea,
y dichoso se olvida de la fuente ya seca».
20. A la luna, de Encarnación Cubas Báez
«Ya se tiñe el horizonte
de indecisa claridad
Silenciosa está la noche
y en su lecho duerme el mar.
Las estrellas palidecen
cansadas de velar ya,
y la luna se despide
otro mundo a iluminar.
Su mirada cariñosa
al tenderse con afán
sobre las doradas tierras
que en su curso alumbrará,
solo llanto y desconsuelo
por do quiera va a encontrar.
¡Oh, luna, tal vez por eso
es tan triste tu mirar!»
