Los ganadores de "Historias de oficina", el Concurso de Relatos Cortos del Grupo Gmp junto a Cultura Inquieta y Cursiva

Conocemos a los ganadores de la IV edición del Concurso de Relatos Cortos, presentado por el Grupo Gmp en colaboración con Cultura Inquieta y Cursiva. Los relatos debían tener una extensión máxima de 500 palabras y seguir la temática "Historias de oficina".

Haciéndonos eco del Concurso de Relatos Cortos organizado por el Grupo Gmp, en colaboración con Cultura InquietaCursiva, os invitamos a escribir sobre historias de oficina, ese lugar en el que pasamos gran parte de nuestras vidas intentando ser todo lo productivos que la sociedad nos exige a cambio de un salario que nos permite vivir más o menos.

Las oficinas son, además, microcosmos en los que pasa la vida; las relaciones con los compañeros, con los jefes, con nosotros mismos, un lugar en el que crecer o del que querer escapar a la hora en punto.

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Fotograma de Mad Men.

Para participar, el relato debía seguir la temática de "Historias de oficina", no superar las 500 palabras de extensión, presentarse en formato PDF y enviarlo a concursorelatosgmp@culturainquieta.com. Además, debíais indicar si erais inquilino de un edificio Gmp, contacto de un inquilino o un externo.

Por fin ha llegado el momento de conocer a los ganadores de este concurso en el que os animamos a dejar volar vuestra imaginación para que divagara en torno a la oficina, ese lugar en el que se desarrolla la vida remunerada.

El jurado formado por Adolfo Gilaberte, novelista y profesor de Escuela de escritores; Roberto Osa, novelista, dramaturgo y guionista; y Silvia García, Jefa de redacción de Cultura Inquieta; ha escogido a los tres ganadores de la IV edición del Concurso de Relatos Cortos.

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Fotograma de The Office.

Los premios se repartirán de la siguiente manera:

Primer premio: 250 euros para gastar en Casa del Libro.

Segundo premio: 150 euros para gastar en Casa del Libro. 

Tercer premio: 50 euros para gastar en Casa del Libro.

Los tres finalistas, además, podrán escoger uno de los siguientes cursos de Cursiva:

− Escritura creativa, por Rosa Montero.

− Novela basada en hechos reales, por Álvaro Colomer.

− Escribe tu novela, por Javier Cercas.

− La vida privada de los otros, por Santiago Rocangliolo.

En resumen, habrá vouchers de hasta 450 euros en La Casa del Libro; 3 cursos masterclass especializados en la escritura de Cursiva; edición física y digital de los 20.

Os dejamos con los relatos ganadores, gracias por participar con vuestro talento y ganas de dar vida a través de la escritura a todas esas historias que guardáis dentro.

Primer premio: Otras vidas

"Los rayos del sol atraviesan la cristalera enmarcada en cemento. Despierta la
ciudad, se encienden los motores que dan vida a los edificios de la administración. Las pantallas se iluminan y el tableteo de los teclados comienzan a sonar.

- Buenos días. -

El becario saluda y enciende su ordenador. Empieza el día, ocho horas esperan por delante. A su alrededor una oficina rutinaria, nada que destacar, salvo el sueño... y los recuerdos oníricos de otras vidas, como la suya, enmarcadas en pasadas oficinas, labor eterna.

¿Cuál sería su origen? Pregunta su ociosa mente. Cierra los ojos y los ve: Años de programación precedidos de décadas de mesas y máquinas de escribir. Mobiliario moderno, colorido y cómodo que sucedían a grises ambientes de escritorio y plumilla, muebles de oficina que se inventaban a nombre de Herman Miller. Diseños arquitectónicos buscaban su espacio de trabajo, rascacielos y escritorios ejecutivos abrían el camino al siglo veinte.

Pero antes..., antes..., ¡Necesitaba saberlo! El taylorismo decimonónico, las
oficinas gubernamentales provenientes de una revolución industrial rompían con la estética rustica anterior. Bibliotecas y escritorios, espacios preindustriales se disponen ante el becario en viaje astral.

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¿Y ahora qué? Se pregunta, ¿Qué hubo antes? Las nieblas del pasado le responden: La Old Admiralty Office, las cancillerías palaciegas, y ese Renacimiento en busca de espacios administrativos en templos, palacios y conventos. Sí, conventos... y donde fuera menester gestionar la administración. La familia Medicci creaba un banco en sus oficinas, el Palacio de los Uffizi... no todo iba a ser arte.

Francesco di Giorgio pasea por las calles de Florencia como primer arquitecto de oficinas. Se cruza con el becario a la sombra del baptisterio. Con un ligero toque ladeado de sombrero emplumado saluda.

- Al vostro servicio.
- Encantando. - responde nuestro protagonista.

Detrás de él se recreaban los estertores del medioevo... tocaba zambullirse en el Gótico, entre grandes catedrales, guerras fratricidas y pestes bubónicas. Y esas cancillerías románicas, casilleros con pergaminos. Nuestro viajero espectral del tiempo alarga la mano para consultar un códex de antaño.

- Non tongere. - espeta un monje copista desde su espacio de estudio manuscrito.

- Ah, no toco, no toco...-

Aquello, intuye el becario, es el descendiente directo de la oficina actual, aunque más allá puede ver que los talleres se alojaban en los hogares, en significados espacios para negocios y cuentas.

-El prototeletrabajo. - sonríe el becario.

Pero no le vale ¿Antes que había? Un paso más hacía el pasado... entre brumas y sueños. Y ¿Quién lo iba decir? Se encuentra en los foros romanos, escribas pergaminosos dedicados a su oficio, el officium, sala que dio nombre a donde se practicaba el oficio: la oficina.

¿Era este el último estadio, la última estación al origen del pensamiento historiográfico de la oficina? Más el viajero en el tiempo quería más conocimiento...

¡Plas! Colleja en coronilla - ¡Trabaja coño! – recrimina el encargado.

– Ah... sí. -

El becario presiona “Inicio” ... la jornada, una vez más, comienza".

Segundo premio: Carta de Felipe Trigo del 2 de septiembre de 1916. Extracto

"..... pero no sería justo en este postrer momento, ni me siento con fuerzas para ello, valorar toda la trayectoria de mi vida. Odiaba el pueblo, odiaba a mi familia de moribundos, me odiaba a mí mismo. Y si tengo que considerar algún hecho como decisivo en mi vida ése sería, sin lugar a dudas, cuando con 14 años mi madre me puso a trabajar con D. José, harta ya de las trastadas de su hijo menor y después de casi llevarme al otro barrio a un chaval de una pedrada en la cabeza.

Era D. José García López el mayor tratante de marranos de la provincia, un buen empresario y, sobre todo, una buena persona. El contrato de suministro de carne con el ejército durante las guerras cantonales de la Primera República hizo que su empresa JOSGARLO SL, prosperase de tal forma que no había guarro que se matase en Extremadura que no estuviera, de una forma u otra, bajo su gestión. Me encontré así de la noche a la mañana bajo la supervisión del señor Cirilo, el escribano mayor, que con una impecable letra inglesa y sus manguitos negros se encargaba de los apuntes de contabilidad. La oficina era rancia, con olor a madera vieja y a caliqueño de a real, donde media docena de oficiales y corredores se encargaban de todos los quehaceres administrativos que el negocio requería. Yo me esforzaba en mis faenas, si bien estas no pasaban de llevarles el café desde el bar de enfrente, traer o endosar giros en el banco o mantener ordenados los expedientes en los anaqueles de la oficina. Era el “Niño”, y estaba a expensas de lo que el Señor Cirilo me encargase, no podía ser de otro modo.

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A veces encontraba a D. José observándome con gesto grave, y era entonces cuando más empeño ponía en mi trabajo.

A la semana, D. José me llamó a su despacho y me dijo:

-Felipe, recoja sus cosas. No hace falta que venga mañana. Aquí tiene su sueldo de esta semana.

Me quedé pasmado. Rojo de ira cogí el sobre que me ofrecía y salí de la oficina sin despedirme de nadie. Fui al despacho de licores y me gasté hasta el último cuarto en vino peleón.

Años después me contó mi madre que D. José le explicó un día:

-Mire Doña Isabel, tuercas redondas, tornillos redondos; tuercas cuadradas, tornillos cuadrados. Desgraciadamente para mi, este no es el lugar de su hijo.

A raíz de mi fugaz paso por JOSGARLO, tuve que replantearme mi vida. Estudié el bachillerato, me hice médico, luché en Cuba y me convertí en un escritor de renombre. Pero hoy, con la pistola con la que pienso saltarme la tapa de los sesos a mi lado, me asalta la duda de si D. José, con toda su buena voluntad, me hizo un favor o si al contrario me marcó ya entonces para ser lo que soy y hacer lo que voy a hacer.

Perdón. Adiós".

Tercer premio: Decreto llama a decreto

"El Real Decreto entraba en vigor ese lunes de agosto. La nueva norma regulaba la temperatura máxima para oficinas en verano. Esta novedad trastornaba a Severo, diligente responsable de mantenimiento.

El lunes, Severo cumplió escrupulosamente; limitó la temperatura y observó la reacción de los oficinistas. El sol apretaba y el acristalamiento ahogaba. La plantilla resoplaba mientras en sus pieles brotaba el sudor.

El martes, para combatir el sofoco, la dirección mandó instalar fuentes de agua. Severo lo supervisó.

Apretabas un botón, y salía agua fresquita. Terminado un botellón, debía traerse otro, levantarlo con destreza y colocarlo del revés sobre la fuente. Los oficinistas perdieron horas preciosas con la refrescante diversión de viajar hasta la fuente.

El miércoles, la plantilla estaba completamente hidratada. El ritmo de consumo era elevado. Severo, anotaba todo. Algo le llamó la atención: en una planta, no se había cambiado el botellón en todo el día. “Qué raro, si no han parado de beber” Extrañado, fue a la fuente protagonista. En la oficina no quedaba nadie. Se aproximó, vio el botellón lleno, observó con desconfianza, puso un vaso y apretó.

El agua salía, pero ninguna burbuja interior se generaba. Severo alucinó. Mantuvo el dedo en el botón. Llenó un vaso, dos, tres, quince. Llenó cincuenta. No lo soltó. Llenó la papelera. La fuente seguía llena. Severo no daba crédito. Siguió apretando. Derramó la papelera por el suelo y volvió a llenarla. Nunca había visto cosa igual. Siguió. Le daba igual empapar el suelo. El sol se puso y Severo persistía. “Esto no es normal”. Febrilmente, continuó.

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El jueves por la mañana, Severo seguía apretando alucinado. La plantilla que fue llegando, alucinó también. A Severo tuvieron que vendarle un dedo. Hicieron turnos para apretar el botón sin parar. El agua salía ya del edificio. El director general llamó a los bomberos por si hubiera anomalías. No vieron nada. “¡Milagro!” gritaron los más beatos. Decidieron llamar al párroco, éste, al exorcista, éste, al obispo y éste, llamó al Papa por teléfono, que descartó que fuera milagro, por no ser agua bendita. El caudal era ya importante y colapsaba el tráfico circundante. Los curiosos se arremolinaban. El agua no paraba. La prensa se hizo eco de la noticia. La oficina estaba llena de gente, eso sí, los más listos con katiuskas.

Entrevistaron a Severo en directo. El Delegado del Gobierno tomó cartas en el asunto. Se personó con el Ministro del Interior y el de Medio Ambiente.
Ambos descartaron una acción terrorista y optaron por responsabilizar al cambio climático.

Informaron al Presidente y a Casa Real. La gente dejó sus trabajos y acudió extasiada a ver caer el agua desde aquel piso 16 de Castellana, como si fuera Iguazú.

El viernes por la mañana, el Consejo de Ministros, reunido de manera extraordinaria, mediando estudio preliminar de la Conferencia Hidrográfica pertinente, bautizó el nuevo caudal con el nombre de su descubridor: el Río Severo. Y lo declaró afluente del Tajo.

Y así quedó plasmado, para la posteridad, en otro REAL DECRETO".

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Cursiva: Web

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